Capítulo 9: Un instante de calma
Habían pasado varios días desde su visita a París. Días en los que Versalles había seguido girando con su habitual teatralidad dorada, como si nada hubiera cambiado. Pero para María todo había cambiado. Cada saludo en los corredores parecía medido.
Y el silencio era peor que el enfrentamiento.
La noche ya se había instalado completamente en Versalles cuando María volvió a cerrar la puerta de sus aposentos tras la última visita protocolaria del día. La estancia quedó en penumbra, iluminada apenas por un par de candelabros encendidos.
Se llevó una mano a la sien.
Gabrielle, que había permanecido discreta junto a la chimenea, la observaba con atención.
"Majestad," dijo finalmente, con suavidad, "lleva días sin descansar realmente."
María no respondió. Caminó hasta el tocador y se quitó lentamente los pendientes, dejándolos sobre la superficie con un leve sonido metálico.
Gabrielle se acercó un paso más. Hizo una pequeña pausa antes de añadir. "Quizá le haría bien salir un momento. Un paseo corto por los jardines. El aire de la Noche suele ser más honesto que el de estos salones."
María levantó la vista hacia ella.
Un paseo.
La alternativa era quedarse allí, tumbada en la cama, repasando una y otra vez la conversación con Böhmer, la confesión sobre Adelaide, la expresión humillada de Rohan. Voces superpuestas que no se callaban nunca.
“Sí”, dijo María finalmente, el sonido de su propia voz sorprendiéndola un poco por lo ronca que sonaba. “Sí, creo que es una buena idea. Solo un rato.”
Gabrielle asintió, aliviada por haber encontrado una solución intermedia. “Entonces déjeme buscar algo abrigado, Majestad. La noche está fría ya.” Se dirigió al armario y comenzó a hurgar entre los roperos menos usados, sacando una capa de lana gruesa de color verde oscuro, sin bordados. También encontró un chal más ligero para poner debajo. “Esto mantendrá el frío alejado.”
María se dejó vestir sin protestar, levantando los brazos mientras Gabrielle la envolvía en las capas. La lana era áspera contra su piel, un contraste con las sedas y terciopelos habituales. Gabrielle le ajustó el cierre bajo el cuello, asegurándose de que quedara bien cerrado. Luego agarró un pequeño candil de plata que siempre tenía a mano para los pasillos oscuros.
“¿Irá con eso?” preguntó María, señalando la luz.
Gabrielle dudó. “Los senderos están oscuros, Majestad. Y si quiere discreción… una luz podría llamar la atención desde lejos.”
María pensó en ello un momento. La luna estaba casi llena, una gran moneda pálida colgando en el cielo despejado que podía verse desde la ventana. Proporcionaría suficiente claridad para caminar por las avenidas principales. “Déjalo”, decidió. “La luna bastará. Y si tropiezo, al menos no habrá testigos.”
Gabrielle no pareció completamente convencida, pero dejó el candil sobre la mesa. Abrió la puerta que conducía al corredor privado y asomó la cabeza para comprobar que no había nadie. El pasillo estaba en silencio, solo iluminado por las antorchas distantes en los cruces principales. Le hizo una señal a María.
Salieron con sigilo, cerrando la puerta sin hacer ruido. Caminaron por el corredor lateral que María conocía bien, el que usaban los sirvientes para llegar a las terrazas inferiores sin pasar por los salones de estado. Las losas de mármol estaban frías incluso a través de las suelas de sus zapatos. Al llegar a una puerta de cristal alto enmarcada en hierro forjado, Gabrielle la abrió solo lo justo para que María pudiera pasar.
El aire nocturno golpeó su rostro de inmediato, limpio y cortante como una cuchilla de cristal después del aire estancado del palacio. Hizo una breve pausa en el umbral, respirando hondo. Olía a tierra húmeda, a hierba cortada recientemente y al perfume lejano de los jazmines que trepaban por los muros orientales. Un olor honesto.
“¿Debo acompañarla, Majestad?” murmuró Gabrielle desde dentro.
María negó con la cabeza sin volverse. “Quédate aquí. Si alguien pregunta por mí… estoy descansando. Nadie debe saber que he salido.”
“Como ordene.”
La puerta se cerró tras ella con un chasquido suave, dejándola completamente sola en la vasta extensión de los jardines.
Comenzó a caminar por la avenida central, sus pasos apenas un susurro sobre la grava fina. La luz de la luna bañaba el paisaje en un baño de mercurio líquido, transformando las estatuas de mármol en fantasmas pálidos y alargando las sombras de los setos podados hasta convertirlas en formas grotescas. El silencio era absoluto, roto solo por el leve crujido de sus propios pasos y el ocasional susurro del viento entre las hojas de los bojes. Era un silencio diferente al de sus aposentos.
Avanzó sin un rumbo fijo, dejando que sus pies la llevaran. Pasó junto a la fuente de Latona, donde las figuras mitológicas parecían congeladas en medio de sus dramas eternos bajo el resplandor plateado. Más allá, el Gran Canal se extendía como una lengua de obsidiana negra reflejando el cielo estrellado. La inmensidad ordenada del lugar siempre le había parecido abrumadora de día, una demostración demasiado obvia de poder humano sobre la naturaleza.
Se desvió de la avenida principal, tomando un sendero más estrecho que serpenteaba entre un laberinto ornamental de tejos. Aquí la luz de la luna se filtraba a través del follaje denso, creando un mosaico cambiante de claros y sombras profundas sobre el camino. El aire era aún más frío aquí, atrapado entre las paredes vegetales.
Fue entonces cuando lo vio.
Un movimiento al borde de su visión periférica, hacia donde el sendero hacía una curva cerrada alrededor de una estatua de Apolo. Se detuvo en seco, conteniendo la respiración. Al principio pensó que sería un guardia haciendo su ronda nocturna, aunque esa zona solía estar desatendida durante los banquetes importantes. Pero no había uniforme, ni el ritmo pesado de unas botas.
Eran dos figuras, apenas siluetas recortadas contra la sombra más oscura de un gran ciprés. Se movían con una cautela que no era propia de alguien que tuviera derecho a estar allí. Una era más alta, ancha de hombros; claramente un hombre. La otra era más esbelta, con la silueta de una mujer envuelta en lo que parecía una capa o un manto amplio.
María se quedó inmóvil, pegada a la sombra que proyectaba un pedestal cercano. Su primer impulso fue dar media vuelta y regresar al palacio inmediatamente. Cualquier encuentro nocturno en los jardines privados del Rey estaba cargado de implicaciones, normalmente románticas y siempre clandestinas. No era asunto suyo.
Pero algo la retuvo. Quizás fue el instinto agudizado por las conspiraciones del día, esa sensación constante de estar siendo observada y manipulada. O quizás fue solo la curiosidad pura y simple ante un fragmento de vida real desarrollándose fuera del guion palaciego. Se acuclilló ligeramente, haciendo su perfil más pequeño, y observó.
Las dos figuras parecían conversar, aunque desde esa distancia no podía escuchar ni una palabra. Sus cabezas estaban juntas, inclinadas la una hacia la otra en un gesto que hablaba de confidencia o de intimidad. El hombre hizo un movimiento con la mano que no pudo distinguir.
Había una formalidad en sus posturas, una especie de ceremonia contenida incluso en su clandestinidad. El hombre se inclinó ligeramente ante la mujer, un gesto demasiado cortés para un encuentro meramente pasional.
María frunció el ceño, intentando distinguir algún detalle en la penumbra. El manto de la mujer era claro, quizás gris o beige pálido, y le cubría la cabeza como una capucha. El hombre vestía ropas oscuras que se fundían con las sombras.
Entonces el viento cambió ligeramente, llevando hasta ella no palabras claras, sino el murmullo bajo y constante de sus voces. Un tono grave masculino respondiendo a uno más agudo y suave femenino. No podía entender qué decían, pero la cadencia le resultó extrañamente familiar, como una canción medio recordada.
Se encontró avanzando unos pasos casi sin darse cuenta, impulsada por esa vaga sensación de reconocimiento. Se mantuvo pegada al seto, moviéndose con cuidado para no hacer ruido con la grava bajo sus pies. Si podía acercarse un poco más, quizás alcanzar a escuchar algo, o distinguir un rostro a la luz de la luna cuando salieran del parche de sombra profunda.
El murmullo era más claro ahora, aunque las palabras seguían siendo indistintas. María avanzó otro paso, luego otro, deslizándose junto al seto, el corazón latiéndole con fuerza contra las costillas.
Finalmente, encontró un punto donde las voces llegaban en fragmentos comprensibles.
“…esperaba que viniera”, decía el hombre. Su tono era bajo, educado, pero con una nota de ansiedad palpable. Había algo en el timbre, una cualidad nasal y un poco forzada, que le hizo fruncir el ceño a María. La conocía de algún lado, estaba segura. De alguna recepción interminable, quizás, o de una audiencia en los salones del ministerio.
“Usted dijo que tenía una señal”, respondió la mujer. Su voz era más suave, deliberadamente modulada, como si estuviera cuidando cada palabra. “Algo que solo yo reconocería.”
“Por supuesto.” El hombre hizo un movimiento rápido con la mano. A la luz de la luna que se filtraba entre las ramas del ciprés, María distinguió el pálido destello de una flor. “Una rosa blanca. Como acordamos.”
La mujer inclinó la cabeza hacia el objeto, y por un instante un rayo de luna iluminó su perfil bajo la capucha. Era una nariz recta, una barbilla suave. Nada definitivo, pero suficiente para confirmar que no era ninguna de las damas de mayor edad que María conocía bien.
“Muy bien”, dijo la mujer, aceptando la rosa con un gesto que parecía estudiado, casi teatral. “Eso confirma que es usted.”
María se aferró a la corteza rugosa del olmo. ¿Una cita secreta? Tenía todo el aspecto. Un amante adinerado, quizás casado, concertando un encuentro clandestino con su amante usando una flor como contraseña. Era el tipo de trama romántica barata de la que hablaban las doncellas. Casi se sintió decepcionada; después del drama de falsificaciones y conspiraciones del día, esto era simplemente vulgar.
El hombre pareció animarse. “Gracias”, dijo, y su voz ganó un poco de volumen, suficiente para que esa extraña familiaridad se clavara un poco más en la mente de María. “Gracias por darme esta oportunidad.” Hizo una pausa, como buscando las palabras correctas. “He preparado un regalo muy valioso para usted. Y espero… espero que lo acepte como muestra de mi sinceridad.”
Ahí estaba otra vez. Ese tono. No era la voz profunda y segura de un estadista, ni el susurro seductor de un cortesano experto.
La mujer permaneció en silencio por un momento, como sopesando la oferta. Finalmente, respondió: “Entonces… lo aceptaré.”
El hombre soltó un suspiro audible, una exhalación de alivio enorme. “¡Es maravilloso!” La emoción hizo que su voz subiera otro tono, perdiendo por completo su control previo. “Mi Reina… el regalo que tanto ha anhelado será suyo pronto. Y estoy seguro… estoy seguro de que es la única digna de llevarlo.”
El aire alrededor de María pareció solidificarse.
¿Mi Reina?
Las dos palabras resonaron en su cabeza con el impacto sordo de una campana cubierta. No podía haberlas entendido mal. Las había escuchado con toda claridad. El hombre acababa de llamar ‘Reina’ a esa mujer envuelta en un manto anónimo en medio de la noche.
Un hormigueo frío le recorrió la columna vertebral. Todo su cuerpo se tensó, los músculos listos para la huida o el ataque antes incluso de que su mente procesara completamente la implicación. Sus ojos se clavaron en la figura femenina con una intensidad nueva.
La mujer pareció encogerse ligeramente ante el apasionado estallido del hombre. Dio un pequeño paso atrás, y al hacerlo, el borde de su manto rozó una rama baja del ciprés con un sonido distintivo: el leve crujido de una tela pesada y de calidad, seguido por el tintineo casi imperceptible de lo que podrían ser cuentas o pequeños adornos metálicos en el dobladillo.
La mujer se enderezó entonces, ajustando la capucha con un gesto que era una imitación casi perfecta del hábito nervioso de María: llevarse la mano izquierda al borde de la tela cerca de la oreja y tirar ligeramente hacia abajo antes de soltarla.
La imitación era tan precisa, tan íntima, que a María se le encogió el estómago.
¿Me está suplantando?
Los nombres desfilaron ante sus ojos: Gabrielle, que conocía cada uno de sus tics pero cuya lealtad parecía inquebrantable; Adelaide, que la observaba con odio pero desde la distancia; incluso Jeanne de Valois, la intrigante del mercado, con sus ojos escrutadores.
Una oleada de pánico puro, frío y nítido, la inundó. Necesitaba verle la cara. Tenía que saber quién era esa mujer que se hacía pasar por ella en la oscuridad, recibiendo promesas y regalos de un hombre cuya voz le taladraba la memoria sin darle un nombre.
Sin pensar, impulsada por ese pánico, dio un paso fuera de la protección del olmo. Su pie cayó no sobre la grava compactada del sendero, sino sobre una piedra suelta y redonda al borde del macizo de flores.
La piedra giró bajo su peso.
María tropezó hacia adelante con un ahogado sonido de sorpresa, agitando los brazos para recuperar el equilibrio. Su rodilla golpeó el suelo con fuerza, no suficiente para hacerse daño serio pero sí para producir un ruido seco y claro en el silencio nocturno.
Las dos figuras bajo el ciprés se separaron bruscamente como marionetas cuyas cuerdas se hubieran cortado.
La mujer dio media vuelta hacia el ruido, su capucha oscilando. “¡Oh… cielos!” exclamó. La voz era un agudo susurro de genuino pánico ahora, perdiendo toda afectación previa. “¡Debo irme ahora!”
“Su Majestad, por favor”, imploró el hombre, alcanzando una mano hacia ella aunque ya estaba retrocediendo hacia las sombras más profundas detrás del árbol. “No olvide lo que me ha prometido. Y por favor… perdóneme.”
La mujer no respondió. Giró sobre sus talones y salió disparada por el sendero opuesto al que había usado María, desapareciendo entre los setos altos con una velocidad sorprendente.
El hombre vaciló solo un segundo más, mirando entre la dirección en que había huido la mujer y el lugar donde María ahora se incorporaba torpemente del suelo. Luego, optando por la discreción, se esfumó por un estrecho sendero lateral que conducía hacia los invernaderos, perdiéndose en la oscuridad antes incluso de que a María se le ocurriera gritar pidiendo guardias.
Quedó sola junto al olmo, respirando entrecortadamente, con el frío del suelo empapándole la rodilla a través de la lana del vestido. El jardín volvía a estar vacío y silencioso, como si las dos figuras hubieran sido solo un producto de su imaginación agotada y paranoica.
Pero no lo eran.
Se levantó, sacudiéndose la tierra de las manos y del dobladillo. El lugar donde habían estado era ahora solo un parche de sombra vacío bajo el ciprés. Se acercó a él lentamente, cada sentido alerta.
Primero siguió la dirección en que había huido la mujer. No había nada. Ni un rastro en la grava bien cuidada, ni un jirón de tela en las ramas. Solo quedaba en el aire un perfume pesado y dulzón que empezaba a dispersarse con la brisa nocturna. No era su perfume; ella usaba una mezcla ligera de agua de rosas y bergamota que mandaba traer desde Austria. Este aroma era barato y empalagoso, como el que vendían en los puestos del mercado para las sirvientas que querían oler a damas.
Nada útil allí.
Entonces se volvió hacia el sendero lateral que había tomado el hombre. Avanzó unos pasos por él, escudriñando el suelo a la luz de la luna. El sendero estaba cubierto de arena fina aquí, mejor para marcar huellas.
Y ahí estaba.
Un pequeño destello metálico a un lado del camino, justo donde el hombre debió de girar bruscamente para escapar. Se agachó y lo recogió.
Era un reloj de bolsillo.
Pesaba considerablemente en su palma. La carcasa era de oro blanco o quizás platino, grabada con una intrincada filigrana que representaba enredaderas y pájaros diminutos. La artesanía era exquisita, sin duda obra de un maestro joyero, probablemente parisino y muy caro. En el centro de la tapa había una inicial grabada con elegantes trazos cursivos: una ‘R’ estilizada.
No era su ‘M’. Ni la ‘L’ del Rey Luis.
Una ‘R’.
Lo giró entre sus dedos hasta encontrar el broche para abrirlo. Con un clic suave, la tapa se abrió revelando la esfera interior. Los números eran romanos en esmalte negro sobre fondo nacarado. Las manecillas, finísimas y también doradas, marcaban una hora incorrecta: se habían detenido a las tres y diecisiete minutos. En el interior de la tapa había otra inscripción grabada: Pour le mérite et l’éternité.
Para el mérito y la eternidad. Una frase pomposa y pretenciosa.
Cerró el reloj con otro clic y lo apretó en su puño cerrado. El metal estaba frío al principio pero pronto empezó a calentarse con el calor de su piel. Este no era un objeto que alguien dejara caer sin darse cuenta; era demasiado valioso, demasiado personal. El hombre debió sacarlo quizás para consultar la hora en su nerviosismo después del tropiezo y se le cayó al huir precipitadamente.
Solo los nobles más ricos o los cortesanos más exitosos podían permitirse semejante pieza o recibirla como regalo honorífico.
Se quedó allí plantada en medio del sendero arenoso con el reloj oculto en su puño contra el pecho.
Si iba ahora mismo al Rey con esta historia: una mujer haciéndose pasar por ella recibiendo regalos prometidos por un hombre desconocido, ¿le creería? Sonaba a fantasía histérica, a los delirios de una reina estresada por los escándalos recientes. Sin testigos más que ella misma y sin pruebas más contundentes, el reloj podría haber sido robado o perdido por cualquiera, su credibilidad sería nula después del asunto Böhmer.
Y eso era sin contar lo más perturbador: alguien dentro del palacio conocía sus maneras íntimas lo suficiente para imitarlas ante otra persona importante.
No podía confiar esto a nadie todavía. Ni siquiera a Gabrielle sin pensarlo mucho antes.
El frío empezaba a calarle los huesos ahora que la adrenalina disminuía. Tenía que regresar antes de que notaran su ausencia prolongada.
Saliendo del sendero lateral, volvió al cruce principal cerca del olmo donde todo había comenzado. Unas nubes finas pasaban frente a la luna sumiendo brevemente los jardines en una penumbra más profunda.
Ante ella se abrían dos opciones claras iluminadas apenas por antorchas lejanas donde ahora estaban todos seguramente disfrutando aún del banquete real.
A la izquierda, el sendero mas estrecho, un camino que tantas veces la habia visto aminar en secreto hacia Fersen, parecia llamarla de nuevo, con esas promesas entre murmullos y risas complices.
A la derecha se extendia el camino principal, visible, muy visible. Era el trayecto que El solia recorrer.
Cualquiera de los dos caminos la llevaría de vuelta al palacio. Pero no cualquiera la llevaría con la misma concidencia.
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