Capítulo 10: Pasos en la grava

María no tomó ni el sendero a la izquierda. En su puño aún apretaba el reloj frío, y esa pequeña pieza de metal con su ‘R’ enigmática pesaba más que toda su corona. La idea de regresar directamente a sus aposentos, de recostarse en la cama mientras ese descubrimiento se fermentaba en la oscuridad, le resultó insoportable. El aire nocturno, al menos, era real.

Era una ruta amplia, bien iluminada por la luna, bordeada por altas hileras de bojes recortados con precisión geométrica. Aquí no había escondites fáciles ni sombras profundas donde pudieran aguardar impostores. Esta era la ruta que los guardias patrullaban con más frecuencia, pero también, como ella recordaba vagamente, el camino que el Marqués de Lafayette solía recorrer durante sus propias rondas nocturnas. Él decía que caminar ayudaba a ordenar las ideas políticas, o algo por el estilo.

Ahora, envuelta en su capa oscura de lana áspera, María caminaba con una determinación que no había sentido minutos antes. El manto oscuro la fundía con las sombras de los setos, creando una silueta anónima que se movía con la elegancia inconsciente de quien ha caminado por esos mismos senderos desde la infancia.

La luna llena colgaba alta y clara, bañando el mundo en un tono azulado pálido que eliminaba los colores pero acentuaba las formas. Las fuentes estaban silenciosas, sus chorros detenidos para la noche. El único sonido era el crujido tenue y distante de la grava en otros caminos, llevado por la brisa. Se sentía completamente sola, una sensación tan rara como preciosa. Por un momento, las voces superpuestas en su cabeza, la del hombre llamando ‘Reina’ a la impostora, la de Adelaide acusándola, la de Rohan balbuceando, se amortiguaron. Quedó solo el silencio vasto y el ritmo de sus propios pasos.

Y entonces, sin realmente planearlo, su mente volvió a un silencio diferente. Al de una sala de baile abarrotada donde el único sonido importante era la música y la respiración de un hombre cerca de su oído. El vals del baile de máscaras. Podía escuchar los primeros compases de la orquesta, el violín que se elevaba sobre el rumor de la multitud. Recordaba el peso de una mano en su cintura y la otra sosteniendo la suya con una presión que era una pregunta constante.

Sus pies, que habían estado avanzando con propósito, aminoraron el paso. Luego se detuvieron por completo en medio de la avenida desierta. Allí, bajo la luna que era el único testigo, el recuerdo se volvió más tangible que el mármol bajo sus zapatos. Ya no importaba el reloj en su puño ni la mujer del manto. Por un instante robado, solo importaba esa sensación de libertad giratoria.

Comenzó a girar suavemente.

Fue un movimiento pequeño al principio, apenas un cambio de peso de un pie al otro, siguiendo el ritmo interno que su memoria proporcionaba. Luego el giro se hizo más amplio, su capa ondeando ligeramente alrededor de sus piernas mientras describía un círculo lento y preciso sobre los adoquines. No eran los pasos complejos de una corte formal, sino la versión íntima y simplificada de aquel vals anónimo, la que se bailaba cuando no había ojos críticos observando cada flexión de rodilla. Su brazo derecho se elevó ligeramente, como si sostuviera a un compañero invisible, y su cabeza se inclinó hacia un hombro imaginario.

Los pasos se sucedían con una fluidez olvidada. Un paso lateral, una pausa, un giro. Otro paso. La música en su cabeza ganaba volumen, llenando el vacío del jardín con cuerdas y oboes que solo ella podía oír. Cerró los ojos, entregándose a la ilusión. Aquí no era la reina. Aquí era solo una mujer dando vueltas bajo la luna, capturada por el eco de un momento en que había sido deseada por lo que era y no por el título que llevaba.

Giró una vez más, esta vez con un poco más de impulso, permitiendo que el dobladillo de su vestido se levantara unos centímetros sobre las piedras frías. Una sonrisa leve, involuntaria, tocó sus labios. Era una locura, por supuesto. Si algún guardia la viera, el informe sería patético o preocupante. Pero en ese instante, la locura sabía a libertad.

El hechizo se rompió no con un pensamiento intrusivo, sino con un sonido físico y repentino que atravesó la burbuja de su ensueño.

Fueron pasos. No los pasos medidos y pesados de un guardia haciendo su ronda habitual, sino unos pasos apresurados y decididos que venían por detrás de ella, desde la dirección del palacio. Crujían contra la grava del camino lateral que desembocaba en la avenida principal, y se acercaban rápido.

María se detuvo en seco.

Todo su cuerpo se tensó de golpe. Los músculos de sus piernas, relajados hacía un segundo por el baile, se prepararon para correr antes de que su mente procesara el peligro. El corazón le latió con fuerza contra las costillas, un golpe sordo y acelerado que pareció resonar en el silencio súbito. Abrió los ojos.

¿Era él? ¿El hombre del reloj? ¿Había vuelto? ¿O era alguien más?

No tuvo tiempo para pensar en huir ni para decidir una dirección.

Antes de que pudiera reaccionar, antes incluso de que pudiera empezar a girarse para enfrentar lo que viniera, una mano firme se posó en su hombro desde atrás.

La presión no fue brutal, pero sí innegablemente sólida y rápida. Los dedos se cerraron sobre la gruesa lana de su capa y sobre el hueso de su hombro debajo, deteniendo cualquier movimiento hacia adelante que ella pudiera haber iniciado.

Quedó paralizada, anclada al suelo por ese contacto inesperado. El aire le faltó en los pulmones.

El impulso fue instintivo, un movimiento brusco de defensa. María se giró de golpe, arrancando su hombro de ese agarre con una torsión que hizo crujir la tela de la capa. Se preparó para enfrentarse al hombre de la voz familiar, al portador del reloj, quizás incluso a un guardia demasiado zeloso.

Pero no era ninguno de esos.

A la luz blanca y fría de la luna, el rostro que encontró fue el del Marqués de Lafayette. Estaba cerca, demasiado cerca, su brazo aún extendido de donde ella se había liberado. Su expresión no era de sorpresa por su resistencia, sino de una urgencia concentrada y aguda. Sus cejas estaban fruncidas, sus ojos, oscuros bajo esa luz, escudriñaban su figura envuelta con una intensidad, la había seguido, la había visto moverse en la oscuridad, y su intención clara había sido interceptarla y detenerla. Parecía alguien que acababa de alcanzar a un mensajero crucial en mitad de la noche, con la determinación de obtener respuestas antes de que escapara.

Esa determinación se desvaneció en el instante en que sus ojos se posaron en el rostro de María.

Fue un cambio tan radical que pareció físico, como si una máscara se hubiera desprendido de sus facciones. El ceño fruncido se suavizó de golpe, las líneas tensas alrededor de su boca desaparecieron. Sus ojos, que un momento antes estaban fríos y alertas como los de un halcón, se ensancharon. Hubo una conmoción absoluta que lo dejó inmóvil. El asombro era tan completo que por un segundo ni siquiera pareció respirar. La luna iluminaba cada detalle: el ligero estremecimiento que recorrió su mandíbula apretada, la manera en que su mirada saltó de sus ojos a su cabello suelto y luego de vuelta a sus ojos, como si estuviera verificando una imagen imposible.

“Majestad,” salió de sus labios, pero la voz no era más que un soplo aturdido, casi inaudible.

Entonces, como si el contacto con ella quemara, Lafayette retiró su mano por completo y retrocedió un paso. El movimiento fue rápido, casi torpe. La grava crujió bajo sus botas.

“Perdón,” dijo, y esta vez la palabra sonó más fuerte, aunque desordenada. “Perdóneme, Majestad. Yo… no era mi intención.” Tragó saliva visiblemente, su mirada bajándose hacia el suelo entre ellos antes de volver a alzarse, incapaz de sostenerla por mucho tiempo. “La he confundido con… con otra persona.”

Su tartamudeo era genuino, una torpeza que chocaba violentamente con la imagen del hombre resuelto y seguro que la había agarrado segundos antes. Parecía un adolescente sorprendido en una travesura, no un marqués y militar. Se ajustó inconscientemente el dobladillo de su casaca, un gesto nervioso que María nunca le había visto.

“Otra persona,” repitió María, encontrando su voz. Sonaba más tranquila de lo que se sentía. Su corazón todavía martilleaba contra sus costillas, pero ahora por una razón completamente distinta al miedo. Lo observaba, captando cada microgesto.

Lafayette asintió con demasiada energía. “Sí. Alguien que… que creí ver.” Su explicación era vaga, evasiva. Pero entonces, al mencionar a esa ‘otra’, algo cambió en su rostro.

María lo notó de inmediato. Mientras hablaba de esa persona desconocida, la urgencia y la sorpresa en sus ojos se fundieron, transformándose en algo distinto. Los ojos que habían estado fríos y alertas se llenaron de una calidez repentina e inusual. No era el calor de la vergüenza o la cortesía forzada; era algo más profundo. Una dulzura que parecía aflorar desde dentro al evocar a esa ‘otra’, ablandando la línea severa de su boca y relajando la tensión alrededor de sus ojos. Era la misma expresión que había vislumbrado en el baile, bajo la máscara, cuando creía estar hablando con una extraña.

“La vio aquí,” preguntó María, manteniendo su tono neutral. “¿En los jardines, a esta hora?”

Lafayette parpadeó, como si la pregunta lo sacara de un breve ensueño. La calidez en sus ojos no desapareció por completo, pero se mezcló con un nuevo destello de incomodidad. “Es posible que me haya equivocado,” dijo, desviando la mirada hacia los setos oscuros. “La luz es engañosa. Y yo…” Hizo una pausa, buscando palabras. “Yo estaba distraído con mis propios pensamientos.”

Pero María ya no escuchaba las excusas. Estaba atrapada en esa transformación que había visto en él. El contraste era demasiado revelador. Un instante antes era un hombre en una misión, duro y determinado. Ahora, solo al pensar en otra mujer, una mujer a la que claramente había estado buscando con pasión, se derretía por dentro. ¿Quién podía inspirar eso en el frío y reformista Marqués de Lafayette? La pregunta le ardía en la mente, mezclándose con el recuerdo aún fresco de sus giros bajo la luna y del peso imaginario de su mano en su cintura.

Él seguía allí parado, visiblemente perturbado, su postura militar relajada en un desconcierto poco característico. La noche alrededor de ellos seguía silenciosa, pero el aire entre ambos ahora vibraba con una tensión completamente nueva, cargada no de peligro político, sino de una verdad emocional que acababa de filtrarse a través de una grieta en su armadura.

Una parte de María, la parte que siempre calculaba riesgos, le ordenaba que diera media vuelta. Que aceptara su torpe disculpa, que murmurara algo sobre el aire fresco y regresara al palacio con su secreto y su reloj. Pero otra parte, más profunda y temeraria, se sintió repentinamente divertida. Divertida por su reacción, por la forma en que este hombre, usualmente tan dueño de sí mismo, se desarmaba completamente ante ella, o más bien, ante la idea de ella confundida con otra. Y debajo de esa diversión, una punzada de algo más complejo: conmoción. Conmoción al ver la intensidad genuina de su impresión, esa calidez que había iluminado sus ojos al hablar de esa mujer fantasma. Era un fuego real, no la cortés chispa de un cumplido de corte.

Esa conmoción le dio un valor inesperado.

“Debe de ser alguien muy especial,” dijo María, y su voz sonó más suave de lo que había pretendido. El aire nocturno pareció llevarse las palabras y acercárselas a él. “Para que la busque con tanta… determinación.”

Lafayette desvió la mirada, fijándola en una estatua distante de Diana Cazadora. “Es un asunto personal, Majestad. Nada que merezca la atención de la corte.”

“¿Solo personal?” María inclinó ligeramente la cabeza. La luna iluminaba su perfil. “Me agarra en mis propios jardines, en mitad de la noche, porque cree que soy ella. Eso parece algo más que un simple asunto personal. Parece algo urgente.”

Él se puso a la defensiva de inmediato, como si ella hubiera pisado un terreno minado. Su espalda se enderezó, recuperando algo de su porte militar. “Con todo respeto, no concierne a nadie más. Son… sentimientos privados.” La palabra ‘sentimientos’ salió con dificultad, como si le quemara la lengua. “No hay nada más que decir.”

Mientras hablaba, sus ojos, que habían estado evitando los suyos, volvieron a posarse en su rostro. Esta vez no fue una mirada de sorpresa, sino una observación más lenta, más detenida. Recorrió sus rasgos con una atención que no era apropiada, deteniéndose en sus ojos, en la línea de su mandíbula. María contuvo la respiración, preguntándose qué podía estar viendo a la luz de esta luna engañosa.

Entonces, su mirada descendió.

No fue un vistazo casual. Bajó desde su rostro, pasando por el cuello cubierto por la capa, hasta detenerse en sus pies. Se quedó mirando sus zapatos, apenas visibles bajo el dobladillo del vestido y la capa. María siguió su mirada, confundida. Sus zapatos eran sencillos, de cuero oscuro, sin adornos, los que usaba para caminar en privado. No había nada notable en ellos.

Pero Lafayette los observaba como si fueran la pieza clave de un rompecabezas. Su expresión se volvió abstracta, ausente, como si estuviera reconstruyendo mentalmente una escena. Los ojos se le entornaron un poco. María pudo casi ver los engranajes girando dentro de su cabeza: el giro que había visto desde lejos, la silueta girando sobre los adoquines… ¿y los pies? ¿Habría algo en la postura, en el movimiento de sus pies al bailar sola?

Un destello cruzó sus ojos.

No fue un reconocimiento pleno y triunfante. Fue algo más rápido y más devastador: un relámpago de duda tan intensa que se convirtió en certeza por un microsegundo. Fue el destello de alguien que acaba de conectar dos ideas separadas y el resultado es tan explosivo que amenaza con desbaratarlo todo.

El destello desapareció tan rápido como llegó, ahogado por lo que parecía puro pánico.

Lafayette quedó mudo.

Su boca, que había estado a punto de añadir otra excusa defensiva, se quedó entreabierta. Todo el color se drenó de su rostro bajo la luz lunar, dejando su piel con un tono pálido y cerúleo. Parecía una figura de cera. Ni siquiera parpadeaba. Solo miraba a través de ella, o a algún punto en el espacio entre ellos, mientras esa conexión mental reverberaba en su interior con fuerza destructiva.

Luego, como si la sangre huida regresara toda a la vez en una ola abrasadora, el rubor llegó.

No fue un sonrojo tenue y cortés. Fue una oleada intensa e incontrolable que le subió desde el cuello, tiñendo sus mejillas y hasta sus orejas de un rojo oscuro y vivo que era visible incluso a la luz plateada de la luna. Parecía un hombre a quien acabaran de pillar en la mentira más vergonzosa de su vida, o quizás en la verdad más peligrosa. El contraste con su palidez anterior era chocante. Bajó la cabeza con brusquedad, pero ya era demasiado tarde; María lo había visto todo: la palidez del shock y el rubor ardiente que le seguía.

No dijo nada. No podía. Se quedó allí plantado, consumido por una vergüenza tan profunda y abrumadora que parecía física, mientras el frío de la noche y el calor de su propio rostro luchaban en él. El silencio se prolongó, un espacio lleno sólo por el crujido lejano de la grava en otra ronda de guardias. Lafayette respiró hondo, un sonido audible y forzado. Cuando alzó la cabeza de nuevo, la expresión de conmoción y vergüenza había sido reemplazada por una máscara de formalidad rígida. Los hombros se cuadraron, la mandíbula se apretó.

“Esto es inapropiado,” dijo, y su voz ya no tartamudeaba. Sonaba plana, como si la hubiera ensayado. “Su Majestad no debería estar aquí sin escolta a estas horas. Los jardines no son seguros después del anochecer.”

María lo observó, notando cómo cada palabra parecía costarle un esfuerzo físico. Hablaba como si recitara un informe.

“Yo suelo caminar aquí,” respondió ella, manteniendo su tono deliberadamente suave para contrastar con su rigidez.

“Pues no debería.” La réplica fue rápida, casi cortante. Lafayette miró más allá de ella, hacia las sombras del sendero por donde ella había girado. “Los acontecimientos recientes… las tensiones. No es prudente.” Hizo una pausa breve y luego añadió, como si la frase tuviera un sabor amargo, “Uno nunca sabe lo que puede encontrar en la oscuridad.”

María entendió la doble capa de sus palabras. Él no solo hablaba de peligro general, sino de lo que acababa de pasar, de lo que él mismo había hecho al perseguirla. Y quizás también de lo que ella misma había visto antes, bajo el ciprés.

“Entonces me acompañará usted,” dijo María. No era una pregunta.

Lafayette asintió, un movimiento seco. “Por supuesto. Es mi deber.” La palabra ‘deber’ resonó con un peso especial. Extendió un brazo rígidamente, indicando el camino de regreso hacia el palacio, un gesto de pura protocolo que no invitaba a más conversación.

Comenzaron a caminar. Él se mantuvo a una distancia precisa, exactamente un paso detrás y a su izquierda, la posición correcta para un escolta. Sus botas contra la grava marcaban un ritmo constante y militar, mientras los pasos de María eran más suaves. El silencio entre ellos era denso, casi tangible.

María miraba al frente, hacia las luces amarillentas de las ventanas del palacio que empezaban a vislumbrarse entre los árboles. Pero su atención estaba completamente enfocada en el hombre a su lado. Podía sentir la tensión que irradiaba de él, como el calor residual de una fragua apagada.

Y luego, notó las miradas.

Eran breves, fugaces. Un vistazo lateral que duraba menos de un segundo antes de que sus ojos volvieran a fijarse en el sendero por delante o en los setos oscuros, escrutando amenazas imaginarias. No eran miradas de evaluación cortesana ni de preocupación profesional.

En el instante en que sus ojos se posaban en ella, toda la frialdad de su rostro se quebraba. Por una fracción de segundo, la dulzura que había visto antes, esa calidez profunda e incómoda, inundaba su mirada. Era como si, por un momento, olvidara quién era ella y quién era él, y solo viera a la mujer del jardín girando bajo la luna. Veía sus labios apretados relajarse ligeramente, la línea severa de sus cejas suavizarse.

Luego, como si se quemara, desviaba la vista. Y la máscara regresaba.

Ocurrió dos veces más mientras ascendían por la terraza baja hacia las puertas de la galería. Cada mirada furtiva era una confesión muda más elocuente que cualquier palabra que hubiera podido balbucear antes. María caminaba en silencio, el reloj de bolsillo pesando en su puño cerrado dentro de un pliegue de la capa, y sabía con certeza absoluta lo que esas miradas significaban.

Él lo sabía. O al menos, lo sospechaba con tal fuerza que el miedo le paralizaba la lengua.

Llegaron a la puerta de cristal alto donde Gabrielle aguardaría. Lafayette se adelantó para abrirla, un acto mecánico de caballerosidad. Al pasar tan cerca, María pudo ver el pulso acelerado en su cuello.

“Majestad,” dijo él, mirando al marco de la puerta y no a ella. “Le ruego que no vuelva a hacer esto. Por su seguridad.”

María se detuvo en el umbral, el aire cálido del interior encontrándose con el frío de la noche en su rostro.

“Gracias por su escolta, Marqués,” dijo simplemente. No prometió nada.

Él asintió otra vez, sin palabras. Sus ojos se encontraron con los de ella por última vez, y en ellos no hubo dulzura esta vez, solo un conflicto tan profundo que parecía dolor físico. Luego bajó la cabeza en una reverencia correcta y demasiado formal para la intimidad del momento.

María entró y la puerta se cerró tras ella con un chasquido suave, dejándolo fuera, solo otra vez en la noche fría con sus pensamientos y sus certezas imposibles.

Gabrielle emergió de las sombras del corredor, sus ojos llenos de preguntas silenciosas al ver el rostro pensativo de su reina. María no dijo nada sobre Lafayette. Solo abrió la mano y mostró el reloj de bolsillo que brillaba a la luz de las antorchas.

“Gabrielle,” susurró, mientras el eco de unas miradas furtivas aún le quemaba la piel. “Necesito que averigües algo.”

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