Capítulo 6: La Rutina y la Oportunidad

Dos semanas después del baile, el rey Luis XVI regresó a Versalles. Su llegada trajo consigo un tren de carruajes polvorientos, cajas de documentos y la habitual comitiva de ministros cansados. El palacio, que había respirado un aire ligeramente diferente durante su ausencia, volvió a tensarse con la familiaridad de su presencia.

Para María, los días siguientes fueron un ejercicio de memoria muscular. Se levantaba a la hora exacta, se vestía con las prendas que sus damas le presentaban y asistía a las audiencias con una sonrisa grabada en el rostro. La rutina de las audiencias y consejos parecía restablecerse, como si el intermedio del baile hubiera sido un sueño vívido pero irrelevante. Los peticionarios se sucedían unos a otros con sus quejas sobre impuestos y disputas de tierras, y el aire en la sala del consejo olía otra vez a cera vieja y ambición contenida.

Sin embargo, algo había cambiado dentro de ella. Una parte de su mente, antes adormecida por la repetición, ahora estaba permanentemente alerta. Cada vez que las puertas del consejo se abrían para dar paso a los miembros, su pulso se aceleraba un instante. Esperaba verlo. Y cuando Lafayette entraba, con su paso firme y su expresión habitual de concentración severa, el mundo se reducía un poco. Observaba cómo saludaba al rey, cómo tomaba asiento, cómo sus dedos tamborileaban ligeramente sobre la mesa mientras escuchaba algún argumento especialmente obtuso.

Nunca la miraba directamente. Al menos, no más de lo que el protocolo exigía. Un breve inclinación de cabeza al inicio de la sesión, eso era todo. Pero María había aprendido a leer los pequeños gestos. La rigidez de sus hombros cuando alguien mencionaba el baile de máscaras en tono de burla. La forma en que sus ojos se perdían por la ventana durante los debates más tediosos, como si buscaran algo más allá del mármol y los jardines geométricos. Ella sabía lo que buscaba. O a quién.

Esa mañana en particular, la reunión del consejo avanzaba con la lentitud habitual. El tema eran los informes de cosecha de las provincias del norte, y los números se mezclaban con predicciones sobre el precio del grano. Luis XVI escuchaba desde el extremo de la larga mesa, apoyando la barbilla en una mano. Parecía más interesado en el dibujo de la madera que en las estadísticas.

Fue hacia el final, cuando el secretario empezaba a recoger los papeles, que el rey habló.

“Hay un asunto pendiente para mañana,” dijo, su voz monótona cortando el murmullo residual. Todos giraron hacia él. “La ceremonia de entrega de pan en el barrio de Saint-Antoine. La caridad mensual.”

Asintieron en silencio. Era un ritual, una de esas apariciones públicas diseñadas para demostrar la benevolencia de la corona. Un gesto vacío, según algunos, pero necesario para mantener cierta apariencia.

“La reina debe asistir, naturalmente,” continuó Luis, dirigiendo una mirada vaga hacia María. “Pero dada la… efervescencia reciente en esos distritos, considero prudente que vaya acompañada. Un gesto de seguridad, más que nada.”

El ambiente en la habitación se cargó ligeramente. “Efervescencia” era la palabra educada para referirse a los murmullos de descontento que empezaban a escucharse desde París. No era una rebelión aún, pero sí un malestar constante, como un diente que empieza a doler.

El Conde Fersen, que estaba sentado a unos puestos de distancia de Lafayette, se inclinó hacia adelante casi de inmediato.

“Su Majestad, si me lo permite,” dijo con esa voz suave y segura que siempre usaba en estos entornos. “Sería un honor para mí acompañar a la reina. Conozco bien el itinerario y tengo cierta experiencia en gestionar multitudes.”

María contuvo un suspiro. Fersen era amable, eficiente y terriblemente aburrido. Su compañía sería tan estimulante como escuchar llover durante tres horas seguidas.

Pero antes de que el rey pudiera responder, el ministro Blaisdell, sentado a su derecha, carraspeó.

“Con todo respeto, Conde,” dijo Blaisdell, ajustando las gafas sobre su nariz afilada. “Su presencia es vital aquí mañana. La investigación sobre las desviaciones en los fondos para los astilleros de Bretaña requiere su atención personal. Los documentos solo están disponibles por la mañana y necesitamos su firma para proceder con la auditoría.”

Fersen abrió la boca para protestar, pero Blaisdell continuó con una sonrisa delgada que no llegaba a sus ojos.

“Es un asunto delicado, como usted bien sabe. Cualquier demora podría interpretarse como… negligencia.”

La amenaza velada quedó flotando en el aire. Fersen cerró la boca y se reclinó en su silla, una leve mancha roja apareciendo en sus mejillas. Sabía perder cuando era necesario.

El rey asintió, claramente aliviado de que alguien más hubiera tomado la decisión por él.

“Entonces Blaisdell tiene razón,” murmuró Luis. “Necesitamos resolver lo de los barcos. Pero eso nos deja sin acompañante.”

Un silencio incómodo se extendió por la mesa. Varios nobles bajaron la mirada hacia sus manos o sus documentos, súbitamente fascinados por el grano de la madera o la textura del papel. Nadie quería esa tarea. Significaba horas en un carruaje incómodo, sonreír a una multitud hambrienta y potencialmente hostil, y todo por ningún beneficio político tangible.

María respiró hondo. El aire olía a polvo.

Su corazón comenzó a latir con un ritmo rápido y sordo contra las costillas del corsé. Era una idea absurda, imprudente hasta el extremo. Pero también era una posibilidad tangible, un espacio de horas lejos del palacio donde las reglas podían relajarse un poco. Donde podrían hablar sin docenas de ojos observando cada movimiento.

“Podría sugerir,” dijo ella, y su propia voz le sonó extrañamente calmada pese al torbellino interno, “al Marqués de Lafayette.”

Las palabras resonaron en el silencio como una campanada.

Todos los ojos se volvieron hacia Lafayette, quien había permanecido inmóvil durante todo el intercambio anterior. Ahora levantó la cabeza lentamente, sus cejas arqueándose apenas una fracción.

María mantuvo su expresión serena, aunque sentía que la sangre le quemaba las orejas.

“Sus reformas agrarias demuestran una comprensión de sus necesidades. Su presencia podría transmitir un mensaje de… compromiso real con el bienestar público.”

Era un argumento endeble y lo sabía. Cualquier noble con un mínimo de sentido común podría hacer el trabajo igual de bien, o igual de mal.

Lafayette la miró directamente entonces. No era la mirada cortés y distante del cortesano hacia su reina. Era una mirada intensa y escrutadora, como si intentara leer las palabras no dichas detrás de su propuesta cuidadosamente elaborada. Sus ojos azules, siempre tan expresivos incluso cuando su rostro permanecía impasible, parecían hacerle una pregunta silenciosa.

¿Por qué yo?

María sostuvo su mirada, negándose a apartar los ojos primero. Un desafío pequeño y privado en medio de la sala llena de gente.

El rey masculló algo para sí mismo, revisando mentalmente la agenda.

“Lafayette,” dijo finalmente. “¿Tiene compromisos mañana por la tarde?”

Todos esperaron.

Lafayette desvió su mirada de María para dirigirse al rey. Su expresión se reconectó con la seriedad profesional habitual.

“Ninguno que no pueda ser reprogramado, Su Majestad,” respondió con voz clara y formal.

“¿Acepta entonces acompañar a la reina?”

Hubo otro momento de pausa, tan breve que quizás solo María lo notó. Un instante donde Lafayette pareció sopesar algo invisible dentro de su cabeza.

“Por supuesto,” dijo al fin, inclinando la cabeza en un gesto de asentimiento. “Es un honor servir a Su Majestad en esta tarea.”

Confirmó su disponibilidad con seriedad, con esa voz neutra que usaba para los asuntos oficiales. Pero cuando volvió a mirar hacia María, solo por un segundo fugaz antes de bajar los ojos hacia la mesa, ella vio algo más.

No era enfado. Pero que era?

La reunión terminó poco después, con el rey despidiendo a los presentes con un gesto cansado de su mano. Los nobles se levantaron, las sillas chirriaron contra el suelo de mármol y el murmullo de conversaciones regresó, llenando la sala con planes para el almuerzo y comentarios sobre el informe de las cosechas.

María se puso de pie. Mientras lo hacía, observó a Lafayette por encima del hombro. Él estaba hablando con Blaisdell junto a la puerta, su perfil marcado contra la luz que entraba por los altos ventanales. Asentía a algo que el ministro decía, pero su mirada vagaba por la habitación hasta encontrarse con la de ella.

No hubo un gesto. Solo ese contacto visual sostenido durante un segundo antes de que Blaisdell dijera algo más y Lafayette tuviera que volver a prestarle atención.

Ella estaba a punto de dirigirse hacia la salida privada reservada para la familia real cuando su voz la detuvo.

“Su Majestad.”

Lafayette se había separado de Blaisdell y se acercaba con pasos decididos. Los demás cortesanos en su camino se apartaron discretamente, fingiendo interés en sus propias conversaciones mientras escuchaban.

“Marqués,” dijo María, haciendo una pausa.

“Sobre la ceremonia de mañana,” comenzó él, manteniendo su tono formal y público. “Para asegurar la puntualidad y el orden, me encargaré personalmente de los preparativos. Supervisaré la carga del pan en los carruajes y revisaré el itinerario con la guardia.”

Anunció que prepararía el carruaje y la carga de pan como si estuviera informando sobre un movimiento de tropas. Su voz era plana, profesional.

“Eso es muy considerado,” respondió María, correspondiendo al tono. “Aprecio su eficiencia.”

“El carruaje estará listo en el patio este a las diez en punto,” continuó él. “Le sugiero un atuendo sencillo, Majestad. Las calles alrededor de Saint-Antoine suelen estar llenas de polvo."

La advertencia era práctica, pero en sus palabras había un eco de algo más. Un recordatorio tácito de que mañana no estarían en el salón de los espejos, sino en un mundo donde el protocolo se deshilachaba en los bordes.

“Tendrélo en cuenta,” dijo ella. “Gracias, marqués.”

Él hizo una reverencia superficial, la exacta medida requerida para un superior en un espacio semipúblico. Luego se dio la vuelta y se marchó, su figura alta desapareciendo entre las columnas del pasillo.

María respiró hondo, sintiendo cómo la tensión que había mantenido en sus hombros comenzaba a ceder un poco. Mañana. Tenía horas por delante para prepararse, para pensar en lo que podría decir o no decir. Para recordar cómo se sentía su mano alrededor de la suya durante el baile.

Al día siguiente, después de un desayuno que apenas probó, María se retiró a sus aposentos para cambiarse. Rechazó los vestidos elaborados que le presentaron sus damas, eligiendo finalmente un traje de lana color gris perla, simple y sin bordados excesivos. El corsé seguía siendo necesario, por supuesto, pero la falda era más estrecha, más práctica para subir y bajar de un carruaje. Se dejó el cabello recogido en un moño bajo, cubierto por un sombrero sencillo con un velo corto que oscurecía ligeramente sus facciones sin ocultarlas por completo. Se miró en el espejo largo. No parecía una reina; parecía una dama de la alta burguesía, quizás la esposa de un funcionario serio.

Cuando el reloj dio las diez, salió del palacio por una entrada lateral que daba al patio este. El aire olía a establos y a hierba recién cortada. Y allí estaba, exactamente como había dicho.

El carruaje no era el dorado y ornamentado que usaba para las procesiones oficiales. Era una berlina más modesta, de color azul oscuro con el escudo real pintado discretamente en la puerta. Dos caballos bayos esperaban impacientes, moviendo las colas contra las moscas. Lo más llamativo era la carga: otro carruaje más pequeño, tipo carreta, estaba estacionado justo detrás, cubierto con una lona gruesa. Bajo ella, María podía ver las formas cuadradas de los panes apilados.

Lafayette estaba junto a la puerta abierta del carruaje principal. Se había cambiado también, llevando una casaca militar más sencilla que su uniforme de gala, de un azul más oscuro y sin tantas condecoraciones. Al verla acercarse, se enderezó.

“Su Majestad,” dijo con una inclinación de cabeza.

“Marqués.” Ella se detuvo frente al carruaje, mirando el escalón que subía al interior. La altura era considerable.

Sin que ella tuviera que pedirlo o siquiera parpadear, Lafayette extendió una mano enguantada. Su oferta fue natural, el gesto instintivo de cualquier caballero ayudando a una dama a subir. María puso su mano sobre la suya, sintiendo la firme presión de sus dedos a través del cuero fino mientras él la ayudaba a subir el paso.

La ayuda fue eficiente y breve. Sus manos se separaron tan pronto como ella estuvo segura dentro del compartimento.

“Gracias,” murmuró ella, acomodándose en el asiento de terciopelo azul.

Lafayette asintió y cerró la puerta. Ella lo vio dar la vuelta al carruaje por la ventanilla y subir por el otro lado. La berlina se balanceó ligeramente bajo su peso cuando tomó asiento frente a ella.

El interior era espacioso pero no lujoso. Los asientos estaban uno frente al otro, lo que significaba que se mirarían directamente durante todo el viaje a menos que alguno decidiera desviar la vista hacia la ventana. El espacio entre sus rodillas era quizás el ancho de dos pies, suficiente para ser correcto pero lo suficientemente cercano para sentir la presencia del otro.

El conductor dio una orden desde arriba y los caballos comenzaron a moverse con un tirón suave. El carruaje empezó a rodar, saliendo del patio empedrado hacia el camino que llevaba fuera de los terrenos del palacio.

El silencio cayó sobre ellos como una manta pesada.

María miró por la ventana, observando cómo los jardines perfectamente simétricos daban paso a los bosques menos domesticados que rodeaban Versalles. El día estaba nublado, con una luz grisácea que aplanaba los colores del paisaje.

Arriesgó una mirada hacia Lafayette. Él también miraba por la ventana de su lado, su perfil delineado contra el cristal. Su expresión era seria, los labios apretados en una línea fina y los ojos fijos en algo lejano fuera del carruaje. No parecía enfadado exactamente, pero sí profundamente ensimismado, como si estuviera repasando mentalmente una lista compleja de problemas.

El viaje transcurrió en ese silencio incómodo durante varios minutos. Solo el traqueteo constante de las ruedas sobre el camino y el ocasional relincho de un caballo rompían el mutismo. María empezó a preguntarse si había cometido un error enorme al sugerir su nombre. Quizás él sí estaba enfadado por haber sido asignado a esta tarea mundana e ingrata. Quizás veía esto como una pérdida de tiempo valioso que podría estar usando para sus reformas o para cualquier otra cosa más importante que hacer de escolta real.

Cada minuto que pasaba en silencio hacía que esa interpretación pareciera más sólida. La expresión seria en su rostro se transformaba en su mente: ya no era concentración, era irritación reprimida. Dirigida hacia ella por haberlo puesto en esta situación.

La culpa comenzó a crecer dentro de su pecho, mezclándose con la decepción. Había imaginado este viaje como una oportunidad, tal vez incluso como un pequeño respiro compartido. En cambio, había creado una situación incómoda donde él estaba claramente disgustado y ella se sentía como una niña tonta por haberlo deseado.

No podía soportarlo más.

“Lafayette,” dijo ella finalmente, rompiendo el silencio con una voz que sonó más débil de lo que le habría gustado.

Él parpadeó y giró lentamente la cabeza hacia ella, sacándose de sus pensamientos. Sus ojos azules se enfocaron en su rostro con una intensidad repentina que casi la hizo retroceder.

“Sí, Majestad?”

María tomó aire, buscando las palabras correctas.

“Quiero disculparme,” dijo, manteniendo la mirada en las manos entrelazadas sobre su regazo para no tener que ver cómo su decepción se confirmaba en sus ojos.

Él permaneció en silencio, esperando.

“Por haber sugerido su nombre para esto,” continuó ella, hablando más rápido ahora. “No pensé… es decir, no consideré completamente si esta tarea sería una imposición para usted. Sé lo ocupado que está con los asuntos del consejo y sus propias reformas.” Levantó la vista brevemente antes de volver a bajarla. “Puedo ver que está… molesto. Y lamento ser la causa de ese mal humor.”

Se disculpó por haberlo nombrado para la tarea, creyendo con toda sinceridad en ese momento que ella era la razón detrás del semblante sombrío que había malinterpretado como enfado. El peso de haber arruinado algo incluso antes de empezar pesaba sobre sus palabras.

La reacción de Lafayette fue inmediata. Sus ojos se abrieron un poco más, la seriedad de su expresión se quebró por completo, reemplazada por una genuina sorpresa.

“¿Enfadado?” dijo, y su voz sonó más fuerte, casi incrédula. “No, Majestad, para nada. No estoy enfadado.”

Se apresuró a asegurarle que no estaba enfadado, moviendo la cabeza con un gesto que parecía casi consternado por haber dado esa impresión.

“Lo lamento profundamente si mi expresión le ha hecho pensar eso,” continuó, bajando la voz un tono. “No es enfado. Es solo que…” Hizo una pausa, buscando las palabras. “Estaba absorto en mis pensamientos. Es un hábito terrible, lo sé. Me desconecto del presente y me quedo atrapado dentro de mi propia cabeza.” Un destello de frustración cruzó su rostro. “Pido disculpas por mi expresión. No tenía intención de parecer brusco, y mucho menos molesto con usted.”

Sus palabras eran sinceras, demasiado sinceras quizás para el tono formal que deberían mantener. María sintió cómo un nudo de ansiedad se deshacía en su pecho, dejando a su paso un alivio tan intenso que casi la mareó. No estaba enfadado.

“No hay necesidad de disculparse,” dijo ella, y esta vez pudo mirarlo directamente. “Yo soy quien asumió.”

Él asintió, una esquina de su boca se levantó en lo que casi era una sonrisa de alivio compartido. Luego su mirada se desvió hacia la ventana otra vez, pero la rigidez había desaparecido de sus hombros.

Otro breve silencio cayó entre ellos, pero este era diferente. Ya no era incómodo; estaba cargado de algo más, de todas las cosas no dichas que habían pasado entre ellos en las últimas semanas. El traqueteo del carruaje se convirtió en un ritmo constante, una banda sonora para sus pensamientos.

María respiró hondo. Era el momento. Si no lo hacía ahora, la oportunidad se desvanecería en la rutina de la ceremonia y el viaje de regreso.

“Marqués,” comenzó, haciendo que él volviera a mirarla. “Hay un asunto pendiente entre nosotros.”

Él arqueó una ceja, interrogante.

“El trato del baile,” dijo ella, manteniendo su voz lo más neutral posible. “Usted aceptó ir si yo lograba identificarlo bajo la máscara.”

La atmósfera dentro del carruaje cambió instantáneamente. Lafayette se enderezó ligeramente en su asiento.

“Así es,” confirmó él, su tono cuidadosamente neutro.

“Pues bien,” continuó María, sosteniendo su mirada. “Voy a reclamar el favor prometido.”

Anunció que iba a reclamar el favor como si estuviera solicitando un informe, pero el efecto fue eléctrico. Lafayette la miró fijamente, y ella vio cómo una oleada de reconocimiento y ncredulidad, quizás, pasaba por sus ojos.

“¿En serio?” preguntó, y luego, como si se diera cuenta de lo directa que era su pregunta, añadió rápidamente: “Quiero decir… ¿cómo?”

La sorpresa lo había hecho descuidar la formalidad por completo.

“¿Cómo qué?”

“¿Cómo me reconoció?” preguntó él, su curiosidad ahora completamente despierta, superando cualquier pretensión de protocolo. “Aquella noche. Yo… no estaba actuando precisamente como yo mismo. O al menos eso creía.” Su mirada se volvió inquisitiva, escrutando su rostro como si las respuestas pudieran estar escritas allí. “¿Fue la voz? ¿Algún gesto? Dígame.”

Era la pregunta peligrosa, la que siempre había temido. María sintió un pánico frío en la base de su espina dorsal. No podía decirle la verdad: que lo había reconocido porque lo observaba desde hacía años, porque conocía cada inflexión de su voz en el consejo, cada forma particular que tenía de cruzarse de brazos cuando estaba impaciente.

En lugar de responder directamente, adoptó una expresión levemente ofendida, frunciendo el cejo y apartando la mirada hacia la ventana con un aire de dignidad herida.

“Vaya,” dijo, dejando que un toque de frialdad entrara en su voz. “Qué poca fe tiene en mis poderes de observación, marqués. O quizás cree que fue simple suerte.”

Fingió ofenderse por su duda, desviando la pregunta con una leve reprimenda social. Era un movimiento arriesgado, pero funcionó.

Lafayette pareció retroceder un poco, una sombra de vergüenza cruzando su rostro.

“No, Majestad, no quise insinuar eso,” dijo rápidamente. “Perdóneme. Fue… una curiosidad mal planteada.” Se reclinó en su asiento, aceptando tácitamente que no obtendría esa respuesta. “El favor es suyo, por supuesto. ¿En qué consiste?”

El corazón de María latía con fuerza contra sus costillas. Este era el precipicio. Podía pedir algo inocuo, algo relacionado con los asuntos del consejo o una recomendación para algún proyecto benéfico.

Pero ya no quería lo seguro.

Miró hacia sus manos otra vez, luego levantó la vista para encontrarse directamente con sus ojos azules, que la observaban con una mezcla de cautela y expectación.

“Quiero saber,” dijo ella, pronunciando cada palabra con claridad deliberada en el espacio reducido del carruaje, “en qué estaba pensando.”

Él parpadeó. “¿Disculpe?”

“Durante el silencio,” aclaró María. “Hace unos minutos, cuando yo creía que estaba enfadado y usted dijo que solo estaba absorto en sus pensamientos.” Hizo una pequeña pausa, dejando que el significado se asentara. “Ese es mi favor. Quiero saber en qué estaba pensando durante el silencio en el carruaje.”

La solicitud fue tan íntima, tan invasiva en su simplicidad, que Lafayette se quedó completamente quieto. No era una pregunta sobre política o reformas; era una llave directa a sus pensamientos privados en un momento específico y compartido. Una intrusión consentida, pero una intrusión al fin.

Él la miró durante lo que pareció una eternidad. El carruaje seguía avanzando, pero el mundo exterior había desaparecido otra vez. Finalmente, bajó la vista hacia sus propias manos enguantadas, que descansaban sobre sus rodillas.

Después de un momento de silencio aún más profundo que el anterior, Lafayette habló.

“Desde el día del baile,” comenzó, su voz baja pero clara en el espacio cerrado, “encuentro un cierto parecido entre usted y una dama que conocí.”

María contuvo la respiración.

“Era diferente a las otras,” continuó él, y ahora su tono perdió toda traza de formalidad ministerial. Hablaba con una suavidad reflexiva, como si estuviera describiendo un sueño del que no quería despertar. “Incluso un poco imprudente.” Al decir esto, esbozó una leve sonrisa que transformó completamente su rostro; era una sonrisa pequeña y privada, llena de un cariño tan genuino por el recuerdo que a María le dio un vuelco el corazón.

“Así que no estaba enojado,” comentó ella sutilmente, apenas por encima de un susurro. “Sino que pensaba en ella.”

Lafayette asintió lentamente, sin levantar la vista.

“Sé que fue algo breve,” dijo, y ahora su voz se tornó apagada, cargada de una emoción contenida que resonaba en el aire quieto entre ellos. “Pero para una persona como yo… alguien que necesita una máscara para acercarse a alguien sin que sea un movimiento político… ese momento fue maravilloso.” Al pronunciar la última palabra, levantó la mirada hacia ella.

Sus hermosos ojos azules mostraban una tristeza desnuda y palpable. No era la melancolía teatral de un poeta; era la pena simple y confusa de un hombre práctico atrapado en un sentimiento que no entendía.

“No debo pensar en ella,” confesó, y cada palabra parecía costarle un esfuerzo. “Pero no puedo dejar de hacerlo. No puedo deshacerme de mis sentimientos.” Hizo una pausa breve y frustrada. “Y ni siquiera sé cómo hacerlo.”

Miró a María a los ojos mientras decía esto, buscando algo. Consuelo quizás. O comprensión. O quizás solo un reflejo de su propia confusión.

El marqués, no, el hombre que tenía enfrente, parecía totalmente distinto a cualquier versión que ella hubiera visto antes. La armadura del reformista serio y del cortesano correcto se había desintegrado por completo. En sus ojos ahora solo había confusión cruda, preocupación auténtica y un anhelo tan profundo que era casi físico.

La idea le llegó no como una revelación dramática sino como una certeza tranquila y devastadora. Eso era lo que estaba viendo: a un hombre enamorado y aterrado por estarlo.

La compasión la impulsaron hacia adelante casi sin que ella lo decidiera. Se inclinó involuntariamente hacia él sobre el pequeño espacio que separaba sus asientos.

“Gilb—” comenzó a decir, y el nombre casi salió completo antes de que pudiera morderse la lengua.

Pero nunca terminó de pronunciarlo.

Una sacudida repentina y violenta sacudió el carruaje. Las ruedas habían golpeado un bache profundo en el camino o quizás una piedra grande. El vehículo se ladeó bruscamente hacia un lado con un crujido de madera y herrajes tensos.

“¡Cuidado!” gritó el conductor desde arriba, su voz distorsionada por el viento y la sorpresa.

La advertencia llegó demasiado tarde.

María ya no estaba sentada. La fuerza del impacto la arrojó hacia adelante desde su asiento inclinado. No tuvo tiempo siquiera para gritar o para extender los brazos.

Terminó entre las piernas de Lafayette.

El mundo se detuvo en un caos de extremidades y telas arremolinadas. Un instante después del impacto encontró su posición: estaba arrodillada en el suelo del carruaje frente a su asiento, su cuerpo aprisionado entre los suyos. Su rostro estaba peligrosamente cerca del de él tan cerca que podía ver las diminutas motas doradas en el azul de sus iris y sentir el calor de su aliento.

Sus propias manos habían volado hacia los lados para buscar apoyo instintivo durante la caída. Ahora descansaban a los lados de la cabeza de Lafayette, recostadas contra las paredes acolchadas del carruaje a cada lado de sus sienes.

Las manos de Lafayette habían reaccionado por instinto para atraparla o amortiguar su caída, o quizás ambas cosas, cuando ella se precipitó hacia él. Su mano derecha estaba firmemente plantada en su espalda, a la altura exacta de la cintura donde el corsé se estrechaba. La presión era firme y segura.

Su mano izquierda, sin embargo…

Su mano izquierda se encontraba también en su cintura, pero ligeramente más arriba debido al ángulo torcido de su caída. Lo suficiente como para que el dedo índice, extendido por el impacto contra su cuerpo, tocara justo el borde inferior del busto de María a través de las capas de lana y lino.

El contacto fue instantáneo y eléctrico a pesar de las telas. No era lascivo; era accidental pero innegablemente íntimo en el confinamiento súbito del espacio entre ellos.

El carruaje se enderezó con otro balanceo y luego continuó tambaleándose por el camino desigual como si nada hubiera pasado.

Pero dentro, todo había cambiado.

María permaneció completamente inmóvil, incapaz de moverse o respirar o pensar. Todo lo que podía registrar era la sensación: sus manos junto a su cabeza, sus manos en su cuerpo, una en la espalda sólida y segura, la otra con ese dedo que quemaba a través del tejido y sus rostros separados por menos de un palmo.

Los ojos azules de Lafayette estaban muy abiertos, reflejando la misma conmoción paralizante que ella debía tener en los suyos. Su respiración era superficial y rápida.

Pasaron tres segundos. Cuatro.

Entonces Lafayette parpadeó y tragó saliva con dificultad.

“Ma-majestad…” tartamudeó finalmente, rompiendo el hechizo helado con dos palabras cargadas de un evidente nerviosismo absoluto.

Su voz era apenas un hilo ronco en el silencio atronador que había llenado el carruaje después del ruido.

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