Capítulo 5
María se quedó quieta durante varios segundos. La mancha de luz del candelabro sobre el mármol la había hipnotizado. La sala de baile existía como un rumor lejano, un zumbido amortiguado por la gruesa tapicería y el arrullo de las conversaciones. Al final del pasillo, un par de cortinas de terciopelo oscilaban con una brisa que se colaba desde una ventana entreabierta. Alejarse de aquella esquina significaba volver a la multitud, a las miradas que ahora percibía como pequeños alfileres clavándose en su espalda. Pero quedarse era una rendición, un reconocimiento tácito de que no podía soportar la idea de perderlo de vista. Dio un paso hacia adelante.
Caminó con una lentitud calculada, fingiendo interés en los arreglos florales que decoraban las columnas. Las rosas blancas empezaban a marchitarse en los bordes, sus pétalos cayendo sobre los manteles de lino. Un sirviente pasó junto a ella con una bandeja vacía, sus ojos bajos y cansados. María lo observó un momento, preguntándose si él también llevaba una máscara todos los días, aunque de otro tipo. Luego giró la cabeza.
Allí estaba. Lafayette no había cambiado de posición. Se erguía junto a un pedestal que sostenía un jarrón de porcelana azul, sus manos cruzadas a la espalda. La postura era rígida, casi militar. Una mujer con un vestido verde esmeralda y una máscara de plumas plateadas se acercaba a él con una sonrisa coqueta que María reconoció de inmediato: la duquesa de Valois, famosa por su persistencia en los salones. Vio cómo Lafayette inclinaba la cabeza en una negativa cortés pero firme. Los labios de la duquesa se fruncieron un instante antes de que la sonrisa volviera, más forzada esta vez. Dio media vuelta y se alejó con un susurro de seda.
María sintió una punzada de algo que no era empatía. Era satisfacción. Una satisfacción mezquina y prohibida que la hizo avergonzarse de inmediato. Aprovechó el espacio vacío que la duquesa había dejado y se acercó.
“Buenas noches, señor.”
Él se volvió. Sus ojos, visibles a través de las aberturas de su máscara azul oscuro sencilla, la escudriñaron sin reconocimiento alguno. Eso era lo esperado, pero aun así le produjo un pequeño choque. Para él, ella era solo otra figura anónima en una habitación llena de ellas.
“Buenas noches,” respondió. Su voz era plana, el tono que uno usaría con un extraño cuyo nombre no importa recordar. “Si viene a pedir un baile, temo decepcionarla. No estoy bailando esta noche.”
María notó cómo sus dedos, todavía entrelazados a su espalda, se apretaban unos contra otros. La tensión en sus hombros era palpable incluso bajo la capa perfectamente cortada de su frac. Ella había visto esa misma tensión en las sesiones del consejo, cuando algún noble obstruccionista bloqueaba una de sus propuestas de reforma agraria.
“No vengo a pedirle nada,” dijo, manteniendo su voz en un registro medio, suave pero no afectado. “Solo quería saludar. Vi que estaba solo.” Hizo una pausa breve, observando su reacción. No hubo ninguna. “Pero no quiero molestar. Me retiro.”
Giró levemente, preparándose para alejarse. El movimiento era parte del protocolo, una retirada elegante que cualquier dama haría para no importunar. Pero también era una prueba.
“Un momento.” La palabra salió más rápido de lo que él probablemente había planeado. María se detuvo, volviendo la cabeza hacia él. Lafayette soltó las manos de detrás de la espalda y las dejó caer a los costados, como si no supiera bien qué hacer con ellas. “Le ruego me disculpe. He sido descortés.” Un suspiro apenas perceptible escapó de sus labios. “Estas veladas… no son mi entorno natural. A veces me hacen parecer más brusco de lo que intento ser.”
“No hace falta disculparse,” dijo María, dando media vuelta para enfrentarlo completamente otra vez. “Todos tenemos nuestras razones para estar aquí.”
“Algunas más voluntarias que otras,” murmuró él, y su mirada vagó por un instante hacia el centro del salón donde las parejas giraban.
María siguió su mirada. Un grupo de jóvenes cortesanas los observaba desde cerca, sus cabezas juntas en un cuchicheo mal disimulado. Eran evaluadoras, como las de los halcones antes de un picotazo.
“Parece que su presencia genera cierto… interés,” comentó María, volviendo la vista hacia él.
Lafayette hizo un gesto con la mano, un ademán de desprecio cansado. “Interés político disfrazado de interés social. Es lo habitual.” Se frotó el puente de la nariz bajo el borde de la máscara. “La verdad es que solo asisto por un acuerdo.”
“¿Un acuerdo?”
“Con cierta dama.” Habló como si las palabras tuvieran un sabor amargo. “Una promesa hecha en un momento de… bueno, en un momento.”
María sintió que el corazón le daba un vuelco dentro del corsé. Él estaba hablando de ella. De su trato absurdo. Ahora ese acuerdo lo tenía aquí, atrapado en una fiesta que despreciaba, convirtiéndolo en el centro de murmuraciones que detestaba.
“Esa dama que mencionó,” dijo María, eligiendo sus palabras con cuidado, “puede haber hecho el acuerdo con usted porque parece demasiado tenso.” Hizo una pausa, dejando que la idea se asentara. Él la miró directamente, sus cejas levantándose un milímetro detrás de la máscara. “Sería una buena oportunidad para relajarse,” añadió, dirigiendo su propia mirada hacia el salón de baile donde la orquesta comenzaba un nuevo vals.
Lafayette no respondió de inmediato. La estudió con una intensidad renovada, su cabeza ladeándose ligeramente.
“Es curioso,” dijo al fin, y su tono cambió, perdiendo parte de la frialdad inicial. “Usted me resulta familiar.”
El aire alrededor de María pareció espesarse. Cada latido resonó en sus oídos como un tambor lejano. Las luces de las arañas se volvieron demasiado brillantes.
“No creo que nos hayamos visto,” dijo, y su voz sonó un poco más aguda de lo deseado. Forzó una risa ligera, hueca. “Acabo de llegar a Versalles hace apenas unos días. De París.”
“¿De París?” La curiosidad en su voz era genuina ahora. Un destello de interés vivo reemplazó al hastío anterior. “Oh, bueno, quizás porque yo también soy de París, le encuentro conocida.”
Era una coincidencia demasiado peligrosa. María sintió un impulso primario de huir, de poner la mayor distancia posible entre su máscara y su rostro real antes de que alguna otra conexión neuronal se encendiera en su mente.
“El mundo es pequeño a veces,” dijo mecánicamente, dando otro pequeño paso hacia atrás. “Debe ser eso.” Hizo una reverencia superficial, la que haría cualquier dama ante un noble desconocido. “Ha sido un placer, mi señor.”
“Espere.”
Esta vez no fue una palabra rápida para corregir una descortesía. Fue una solicitud clara. Lafayette dio un paso hacia adelante, cerrando la distancia que ella había intentado crear. Su expresión había cambiado por completo. Los hombros ya no estaban tirantes; se habían relajado ligeramente. Incluso la línea de su bajo parecía menos severa.
“Se me ocurre,” continuó, y ahora había un toque de calidez en su voz, casi tímido, “que tiene usted razón.”
María parpadeó. “¿Sobre qué?”
“Sobre relajarse.” Él esbozó una media sonrisa, el primer atisbo real de algo que no fuera formalidad o irritación que ella le había visto esa noche. “Por eso,” continuó Lafayette, extendiendo una mano hacia ella con la palma hacia arriba en el gesto clásico para pedir un baile, “me pregunto si haría el honor de concederme esta pieza.” La sonrisa se amplió apenas, volviéndose más franca. “Para probar su teoría.”
"Yo... ¿por qué yo? Hay tantas damas que desean bailar con usted," dijo María, dudosa.
"Pero usted no es como las demás. Estuve todo el tiempo pensando en qué dirían los demás, en qué trampa política podría esconderse detrás del siguiente saludo.” Hizo un gesto hacia el salón abarrotado. “Pero hablar con usted… no ha sido eso.”
“¿No?” La pregunta le salió en un susurro.
“No.” Negó con la cabeza. “No me ha preguntado por mis votos en el consejo. No ha insinuado nada sobre mis alianzas con los burgueses parisinos. Solo habló.” Sus ojos sostuvieron los suyos a través de las máscaras. “Y tiene una voz… tranquilizadora.”
María mostró una expresión de asombro. "¿Eso significa que le... tranquilizo?"
Lafayette, igualmente sorprendido, contestó: "Apenas la conozco, así que es prematuro sacar conclusiones. Pero si está dispuesta a bailar conmigo, podría conocerla mejor y así responder a su pregunta."
"Creí... creí que no le interesaban las mujeres," murmuró tímidamente María.
Lafayette soltó una pequeña risa, magnética, posesiva. "Puedo desempeñar muchos papeles, pero aparte de eso, soy solo un hombre y no soy inmune a la atracción."
María no supo qué decir. Sus pensamientos eran un remolino blanco.
María miró su mano extendida. Los guantes blancos estaban impecables. Las venas dibujaban trazos azulados bajo la piel de su muñeca donde el guante terminaba. Tomar esa mano significaba cruzar una línea invisible pero más sólida que cualquier muro del palacio.
La música del vals fluía hacia ellos, dulce y persuasiva.
Ella puso su mano enguantada sobre la suya.
La sensación fue eléctrica incluso a través del cuero fino. Lafayette cerró sus dedos alrededor de los suyos con firmeza, pero sin apretar. Un contacto seguro.
La condujo hacia la pista sin más palabras. Las miradas celosas los siguieron, pero María apenas las registró ahora. Su mundo se había reducido al punto donde su mano descansaba sobre la suya, al espacio entre sus cuerpos mientras caminaban entre las parejas.
Encontraron un hueco entre los bailarines justo cuando la orquesta entraba en una nueva frase musical. Lafayette colocó su otra mano en su cintura, el contacto preciso y respetuoso que dictaba el protocolo del vals. Ella posó su mano libre sobre su hombro.
Y entonces comenzaron a moverse.
Al principio fueron pasos medidos, ajustándose el uno al otro con cierta cautela inicial. Él era un buen bailarín; llevaba el ritmo con una autoridad natural que no necesitaba esfuerzo aparente. Después de unos compases, la tensión residual en su brazo desapareció por completo.
María se dejó llevar.
No era solo seguir sus pasos; era una sincronización perfecta e instintiva. Él giraba y ella ya estaba girando antes de que la guiara completamente. Él se desplazaba hacia atrás y ella avanzaba exactamente en el espacio previsto. No hubo tropiezos, ni pasos en falso ni ajustes torpes.
Olvidaron dónde estaban.
La sala llena de gente se desvaneció en una neblina colorida sin rostros definidos. Las murmuraciones se convirtieron en el zumbido blanco del mar lejano bajo la música. Incluso el peso constante del protocolo en los hombros de María pareció evaporarse por unos minutos preciosos.
Ella no era la reina aquí.
Él no era el marqués reformista acosado por facciones rivales.
Eran dos cuerpos moviéndose al mismo compás bajo miles de velas derretidas.
Lafayette la miró directamente durante uno de los giros más cerrados y sonrió; una sonrisa amplia y despreocupada que transformó completamente su rostro serio.
“Está usted robándome todas mis excusas para ser taciturno,” dijo mientras giraban.
“Quizás las excusas nunca fueron muy buenas,” respondió María, y se sorprendió al oír la risa genuina en su propia voz disfrazada.
Bailaron otra pieza sin separarse cuando terminó el vals y comenzó una gavota más animada incluso cuando otra pieza comenzó después manteniendo ese ritmo compartido hablando poco pero compartiendo algo más grande que las palabras cada contacto fugaz entre sus manos o sus miradas sostenidas durante un giro construía algo silencioso y denso entre ellos.
Cuando finalmente la música llegó a un final resonante ambos se detuvieron respirando un poco más rápido El sudor perlaba las sienes de Lafayette bajo el borde dorado del antifaz.
Permanecieron así por un momento demasiado largo para ser apropiado sus manos todavía entrelazadas.
Entonces Lafayette habló.
"Ahora que hemos roto el hielo me temo que me encuentro en desventaja" dijo Su voz era baja sólo para ella "Usted sabe mi título pero yo ignoro incluso su nombre".
El corazón de María que se había calmado durante la danza empezó a martillear de nuevo contra sus costillas.
"Mi nombre", repitió como ganando tiempo.
"Sí" insistió él soltando su mano lentamente "Me han dicho que intercambiar nombres es costumbre después de bailar tan bien".
Inventar algo tenía que inventar algo rápido. Un nombre común uno que no pudiera rastrearse.
"(Tu nombre)" dijo El nombre salió de su boca antes siquiera pensarlo. Era el nombre que habia escuchado a unos parisinos.
"(T/N)" repitió él probando las sílabas Parecía satisfecho "Un placer (T/N) Y yo soy Gilbert".
Gilbert. Su nombre real. El nombre que usaban los amigos cercanos. La intimidad implícita en ofrecerlo así bajo una máscara hizo que a María le faltara el aire.
"Gilbert", murmuró.
"Eso es", dijo él "Ahora (T/N) dado que es usted recién llegada quizás permita que le muestre París desde otra perspectiva. Una menos cargada de polvo cortesano", Se inclinó ligeramente hacia adelante "Hay un lugar junto al Sena, cerca del Pont Neuf donde las barcazas pasan al atardecer. Es bastante hermoso. Podríamos encontrarnos allí, mañana al anochecer".
La propuesta fue tan directa, tan llena de expectativa normal que a María le dio vértigo. Era lo que cualquier hombre joven le propondría a cualquier mujer joven en París. Un paseo inocente. Un comienzo.
"No puedo", dijo. Las palabras sonaron duras y repentinas.
La expresión animada de Lafayette se apagó un poco "¿No?"
"No... es decir no sé si podré mañana Mis compromisos aquí en Versalles..." Mentir le quemaba la lengua "Y además yo... no resido en París propiamente. Mi dirección allí es temporal Incierta".
Él frunció el ceño "Podemos acordar solo el lugar y la hora. No necesito enviarle un carruaje".
"No es eso", María retrocedió otro paso sintiendo cómo el suelo firme del entendimiento compartido se resquebrajaba bajo sus pies "Es complicado Gilbert. De verdad"
Vio cómo la confusión en sus ojos se convertía primero en decepción y luego en algo más agudo. Como si empezara a sospechar que tras esa máscara había algo más que timidez.
"Comprendo", dijo pero su tono indicaba claramente que no comprendía nada.
Era el momento. Debió haberse ido después del baile. Debía irse ahora. Mientras aún pudiera conservar aquel momento perfecto intacto en lugar de estropearlo con más mentiras torpes.
"Debo irme" dijo "Gracias por el baile Marqués Fue... inolvidable"
Hizo una reverencia rápida y giró sobre sus talones. Esta vez no caminaría alejándose lentamente. Casi corrió entre los grupos dispersos dirigiéndose hacia uno de los arcos laterales que conducían a los pasillos privados
"¡(T/N)!"
Su voz la alcanzó desde atrás.
Ella no se detuvo. El ruido del festín se convirtió en eco, el aire fresco del pasillo desierto golpeó su rostro acalorado. Sacudió la cabeza negándose a mirar atrás. Sus zapatos de satén repiqueteaban sobre los azulejos pulidos.
Unos pasos rápidos resonaron detrás de ella, más fuertes.
Antes siquiera pudiera llegar al siguiente recodo una mano cerrándose alrededor de su brazo la detuvo con firmeza. La hizo girar.
Lafayette estaba allí. Su respiración era entrecortada. Su máscara azul parecía extrañamente intensa bajo las antorchas tenues del pasillo vacío.
"No puede simplemente..." comenzó pero no terminó la frase. En lugar eso sus ojos recorrieron su rostro oculto como si pudiera ver a través las plumas.
Y entonces bajó la cabeza.
Y besó.
No fue un roce tímido ni un gesto cortés. Fue un beso directo, urgente. Sus labios encontraron los suyos a través del pequeño orificio en forma de corazón de su máscara. Un contacto cálido real e innegable. María permaneció inmobil durante medio segundo paralizada por el shock y luego algo dentro cedió. Algo reprimido durante años respondió. Sus propios labios se movieron contra los suyos devolviendo la presión con una necesidad igualmente desesperada
Fue breve. Duración cinco segundos, quizás seis.
Lafayette se separó primero. Su respiración era audible. Sus ojos brillaban.
"Para que no me olvide", murmuró. Su voz ronca "Y para que yo tampoco olvide".
María no pudo hablar. No podía pensar. Levántando una mano temblorosa posó las puntas enguantadas contra su mejilla. Sintiendo el calor vivo bajo su piel. Luego inclinándose antes siquiera pudiera arrepentirse le imprimió un beso rápido justo debajo del pómulo derecho. Un punto exacto donde su piel latía.
Sin decir nada más dio media vuelta y desapareció por el recodo del pasillo dejándolo allí plantado solo.
Corrió, El resto del camino hasta sus aposentos fue borroso. Los guardias quietos como estatuas frente a sus puertas reconocieron al instante aunque llevara máscara y apartaron las picas para dejarla pasar sin una palabra. Entró El pesado portón se cerró tras ella con un golpe sordo
Se detuvo en medio del gran salón privado. La habitación estaba en silencio solo iluminada por el fuego bajo en la chimenea.
Levantó lentamente las manos hacia su rostro Desató los cordones traseros La máscara cayó sobre la alfombra persa con un ruido sordo insignificante
El aire fresco del cuarto tocó su piel descubierta como una liberación Se tocó los labios con las yemas desnudas Allí donde sus labios habían estado separados por aquel orificio ridículo podía jurar sentir todavía el calor residual La presión La textura Su sabor imaginario
Se dejó caer sobre el borde del sofá más cercano Las rodillas le fallaban
Lo había hecho Había cruzado cada línea imaginable Había bailado hablado mentido besado Y había sido correspondido No como reina sino como mujer Como (T/N) Como lo que fuera para él en esa oscuridad compartida
Su mayor deseo aquella chispa prohibida observada desde años atrás detrás del biombo protocolar se había hecho realidad
Comments (0)
No comments yet. Be the first to share your thoughts!