Chapter 2: El Descubrimiento
Claudia se quedó junto a la estufa después de que Dora saliera de la cocina. La puerta trasera se cerró con un golpe suave, y por el rabillo del ojo vio la silueta de Dora cruzando el patio hacia el fondo del jardín.
Algo andaba mal. Muy mal.
Claudia dejó el cucharón y se secó las manos en el delantal. Caminó hacia la puerta trasera con pasos lentos, tratando de no hacer ruido. Afuera, el aire del atardecer empezaba a enfriarse, y las sombras se alargaban entre los maceteros.
Dora estaba sentada en el borde de la fuente, la espalda encorvada y los hombros temblorosos. No lloraba a gritos, sino en silencio, con ese tipo de llanto que duele más porque intenta esconderse.
Claudia se acercó despacio.
—Dora.
Ella levantó la cabeza de golpe, los ojos rojos y las mejillas manchadas.
—¿Qué? —preguntó, y su voz sonó áspera, como si llevara horas llorando en lugar de minutos.
—Te vi salir. Quería asegurarme de que estuvieras bien.
—Estoy bien.
—No lo pareces.
Dora negó con la cabeza y se limpió las mejillas con el dorso de la mano. El gesto era brusco, casi violento.
—Solo estoy cansada. Trabajo mucho, eso es todo.
Claudia se sentó a su lado, dejando un espacio entre ellas. La fuente seguía su curso, el agua cayendo en un goteo constante que llenaba el silencio.
—¿Tiene algo que ver con el cuñado de la señora?
Dora se tensó. Lo notó en la forma en que sus hombros se endurecieron y en cómo apartó la mirada.
—No sé de qué hablas.
—Lo vi seguirte al patio esta tarde. Y te vi volver temblado.
—Fue nada. Me pidió que le limpiara los zapatos.
—¿Qué?
—Los zapatos. Estaban sucios del viaje.
Claudia la miró sin decir nada. La historia no tenía sentido. ¿Un hombre como ese, adinerado, con traje caro, llegando de un viaje de negocios, le pide a una empleada que le limpie los zapatos en el patio trasero? Y ella lo hace de rodillas.
Pero no dijo nada. Dora no iba a contarle la verdad, eso estaba claro. Al menos no ahora.
—Bueno —dijo Claudia, levantándose—. Si necesitas algo, sabes dónde encontrarme.
Dora asintió sin mirarla.
Claudia regresó a la cocina, pero no retomó sus tareas de inmediato. Se quedó junto a la ventana, observando el reflejo del interior en el vidrio mientras pensaba. Algo pasaba entre Ramón y Dora, y no era algo bueno.
El resto de la tarde transcurrió con normalidad aparente. Rebeca bajó a supervisar los preparativos de la cena, las gemelas aparecieron de vez en cuando a buscar algo de comer, y Ramón se mantuvo en su habitación hasta casi la hora de la cena.
Claudia siguió trabajando, pero mantenía un ojo en todo. Vio cuando Ramón bajó las escaleras alrededor de las siete, vestido con una camisa fresca y el pelo aún húmedo de la ducha. Se movía por la casa como si fuera suya, con esa seguridad que solo tienen los hombres que nunca han tenido que preocuparse por nada.
Rebeca lo recibió en la sala con una copa de vino.
—¿Descansaste bien? —preguntó ella.
—Suficiente —respondió él, aceptando la copa—. El viaje fue largo, pero ya estoy mejor.
—Me alegra. La cena estará lista en media hora.
—Perfecto. Voy a revisar unos documentos antes de comer, si no te importa.
—Claro, siéntete como en casa.
Eso era exactamente lo que él hacía.
Claudia lo observó desde la cocina mientras se dirigía al estudio, un cuarto pequeño al lado de la sala que Rebeca usaba como oficina. Llevaba un maletín de cuero negro, de esos que parecen caros y pesados. Lo dejó sobre el escritorio y abrió las cerraduras con un clic seco.
Desde donde estaba, Claudia no podía ver bien qué hacía. Solo alcanzaba a distinguir sus manos moviéndose dentro del maletín, sacando papeles, ordenándolos.
Pero entonces, por un momento, él levantó algo que no parecía un documento.
Era una foto.
No podía estar segura desde esa distancia, pero la forma, el tamaño, la forma en que la sostenía... era una fotografía. Él la miró un par de segundos, luego la guardó en un sobre y lo metió de vuelta en el maletín.
Claudia sintió un nudo en el estómago.
No sabía qué foto era, pero sabía que tenía que ver con Dora. Lo sabía con la misma certeza con la que sabía que el sol se pondría en unas horas.
Se alejó de la puerta y reanudó sus tareas. Picó verduras, revolvió salsas, puso la mesa. Todo con movimientos automáticos, mientras su mente trabajaba en paralelo.
Necesitaba ver ese maletín.
La cena comenzó puntual a las siete y media. Rebeca presidió la mesa con naturalidad, sirviendo conversación ligera mientras las gemelas comían con la mirada perdida en sus teléfonos. Ramón se sentó al otro lado, manteniendo una sonrisa cortés que Claudia encontraba cada vez más falsa.
—¿Dónde está Dora? —preguntó Rebeca en un momento dado.
—Dijo que no tenía hambre —respondió Claudia, sirviendo la sopa—. Se fue a su cuarto temprano.
—Pobre, debe estar agotada. Ha trabajado mucho esta semana.
Claudia asintió y sirvió el plato siguiente. No añadió nada más.
La cena transcurrió lenta. Ramón contó anécdotas de su viaje, historias aburridas sobre reuniones de negocios y clientes difíciles. Rebeca lo escuchaba con atención, las gemelas ignoraban todo, y Claudia circulaba entre la cocina y el comedor reponiendo platos y copas.
En un momento, Ramón dejó caer el tenedor.
—Qué torpeza —dijo, inclinándose a recogerlo.
—Te traigo otro —dijo Claudia.
—No te molestes, puedo ir yo mismo a la cocina.
—No faltaba más, quédese sentado.
Pero él ya se había levantado, y antes de que Claudia pudiera intervenir, ya estaba caminando hacia la cocina con el tenedor sucio en la mano.
Ella lo siguió, tratando de no parecer apresurada.
Cuando entró a la cocina, él estaba de pie junto al fregadero, con la llave del agua abierta y el tenedor en la mano. Pero sus ojos no estaban en el fregadero. Estaban en la puerta que llevaba al patio trasero, y más allá, en la ventana del cuarto de Dora.
—Buena cocina —dijo él, sin mirarla—. Huele bien.
—Gracias.
Él dejó el tenedor limpio sobre el escurridor y se secó las manos en el trapo que colgaba junto al fregadero. Sus ojos finalmente se posaron en ella, y Claudia sintió ese escalofrío que había sentido antes. Era una mirada calculadora, que pesaba y medía.
—¿Cuánto tiempo llevas trabajando aquí? —preguntó él.
—Cinco años.
—Ah, entonces eres de confianza. Eso es bueno.
—Hago mi trabajo.
—Claro. Eso espero.
Salió de la cocina sin añadir nada más, dejándola allí con el trapo en la mano y una sensación de incomodidad que no se iba.
Claudia esperó un par de minutos, respirando hondo. Luego tomó una decisión.
La cena terminó cerca de las nueve. Rebeca y las gemelas se retiraron a la sala a ver televisión, y Ramón subió a su habitación con la excusa de que tenía que hacer unas llamadas.
Claudia esperó. Escuchó sus pasos en el techo, dirigiéndose al cuarto de huéspedes. Luego escuchó la puerta cerrarse.
Veinte minutos después, todo estaba en silencio.
Ella se quitó el delantal y lo dejó sobre la silla de la cocina. Caminó hacia las escaleras con cuidado, pisando los bordes donde la madera no crujía. Conocía cada escalón de esa casa, cada sonido que hacían.
La puerta del cuarto de Ramón estaba cerrada. Se pegó a ella y escuchó. Del otro lado, el sonido de una ducha corriendo.
Estaba bañándose.
Ahora o nunca.
Claudia giró el pomo lentamente. La puerta no estaba con llave. Se abrió sin esfuerzo, y ella se deslizó hacia adentro.
La habitación olía a jabón y a ese perfume masculino que él usaba. La cama estaba deshecha, la maleta abierta sobre una silla, y el maletín negro descansaba sobre la mesita de noche.
Se acercó con cuidado. El maletín estaba cerrado, pero las cerraduras eran de combinación. Tres dígitos.
Probó 000. Nada. 123. Nada. Probó la fecha de nacimiento de Rebeca, que conocía por los registros de la casa. Nada.
Maldijo en silencio.
La ducha seguía corriendo. Tenía tiempo, pero no mucho.
Probó con 111, 222, 333. Nada. Probó el año de la muerte del esposo de Rebeca. Nada.
Entonces recordó algo. Esa mañana, cuando él llegó, había dicho algo sobre Las Vegas. El vuelo. Había mencionado el número de vuelo al hablar con Rebeca. VU-247.
Probó 247.
Las cerraduras cedieron con un clic.
Claudia contuvo la respiración y abrió el maletín lentamente.
Adentro había carpetas, documentos, un sobre de papel manila. Abrió el sobre con manos temblorosas. Dentro había fotos, varias. Las sacó y las examinó una por una bajo la luz tenue de la lámpara de noche.
La primera mostraba a Dora abrazando a un hombre. No era su esposo. Era el esposo de Rebeca, lo reconoció por las fotos que había visto en la sala. Estaban en un jardín, de noche, y ella reía mientras él la sostenía por la cintura.
Otra foto los mostraba besándose, cerca de una ventana iluminada.
Otra más, más comprometedora, dentro de una habitación. Claudia apartó la mirada, sintiendo calor en las mejillas.
En el fondo del sobre había una nota, escrita a mano en un papel arrugado. Decía: "Si esta información llega a Rebeca, Dora perderá su trabajo, su casa y su reputación. Coopera y todo quedará en el olvido."
Claudia sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
Todo tenía sentido ahora. Las lágrimas de Dora, su negativa a hablar, la forma en que temblaba cuando Ramón estaba cerca. Él la estaba chantajeando con estas fotos.
Miró hacia la puerta del baño. La ducha seguía corriendo.
Tomó una decisión.
Guardó las fotos en el sobre, pero no las devolvió al maletín. Las metió dentro de su delantal, apretándolas contra su cuerpo. Luego cerró el maletín, dejando todo como estaba.
Salió de la habitación con sigilo, cerrando la puerta detrás de ella.
Bajó las escaleras con el corazón latiendo fuerte. En la cocina, se detuvo junto a la mesa y sacó las fotos del delantal.
Las miró otra vez, una por una.
Eran la prueba. La evidencia de que Ramón estaba manipulando a Dora, de que la había chantajeado con un secreto del pasado.
Pero también eran la prueba de que Dora había tenido una aventura con el esposo de Rebeca. Y si esas fotos salían a la luz, Dora lo perdería todo.
Claudia se sentó en la silla de la cocina, las fotos extendidas frente a ella sobre la mesa. Podía escuchar la televisión encendida en la sala, las risas de las gemelas, la voz de Rebeca pidiendo más café.
No sabía qué hacer con lo que había descubierto.
Podía llevarle las fotos a Rebeca y contarle todo. Pero eso destruiría a Dora, la dejaría sin trabajo, sin casa, sin nada.
Podía enfrentar a Ramón, decirle que sabía la verdad. Pero él negaría todo, y ella no tenía más que su palabra contra la de un hombre rico y respetado.
Podía esperar, observar, buscar el momento adecuado.
Ninguna opción era buena.
Se levantó y guardó las fotos en el bolsillo más profundo de su delantal, donde nadie las encontraría.
Por ahora, eso era todo lo que podía hacer.
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