Chapter 1: El Regreso
El auto se detuvo frente a la casa de Rebeca cuando el sol empezaba a inclinarse. Ramón apagó el motor y se quedó un momento en el asiento, sintiendo aún el eco de la noche anterior vibrando en algún lugar detrás de sus ojos. Las Vegas quedaba ya lejos, pero el cansancio se había pegado a sus huesos como una segunda piel.
Salió del vehículo y estiró la espalda. La casa era exactamente como la recordaba: una fachada de dos pisos con ventanas amplias y un jardín que alguien mantenía con esmero. Rebeca siempre había tenido buen gusto para esas cosas. Gianna también, aunque ella prefería el desorden controlado de los espacios abiertos.
Suspiró al pensar en Gianna. Mejor no hacerlo.
Caminó hacia la entrada con la bolsa de viaje colgando del hombro. Antes de tocar, la puerta se abrió. Rebeca estaba ahí, con una sonrisa que parecía genuina aunque nunca se podía estar seguro con ella.
—Ramón, qué gusto verte —dijo, abriendo más la puerta—. ¿Cómo te fue en Las Vegas?
—Negocios, como siempre —respondió él, devolviendo la sonrisa—. Nada emocionante.
Mentira. Había sido una noche de excesos que prefería no recordar. Pero Rebeca no necesitaba saberlo. Nadie necesitaba saberlo.
Ella lo guió hacia adentro, hablando sobre los preparativos para la cena y lo contentas que estaban las gemelas de verlo. Ramón asintió y murmuró respuestas apropiadas mientras sus ojos recorrían el espacio. La sala estaba ordenada, con muebles que combinaban en tonos beige y madera clara. Un jarrón con flores frescas sobre la mesa central.
Rebeca lo llevó a la cocina, donde dos adolescentes estaban sentadas en la isla central, cada una con un teléfono en la mano.
—Betty, Jade, saluden a su tío Ramón.
Las chicas levantaron la vista casi al mismo tiempo. Tenían el mismo rostro, aunque una llevaba el pelo recogido y la otra lo dejaba suelto. Murmuraron saludos sin mucho entusiasmo, típico de adolescentes.
—Qué grandes están —dijo Ramón, y no era completamente falso—. La última vez que las vi apenas llegaban a mi hombro.
—Eso fue hace dos años, tío —dijo una de ellas, Betty quizás—. Crecemos.
El comentario vino acompañado de una mirada que intentaba medirlo. Ramón sostuvo la sonrisa.
—Así es. El tiempo no perdona.
Rebeca se movió hacia la estufa, revisando algo que hervía en una olla. Le ofreció café, agua, algo más fuerte quizás. Ramón aceptó café. Necesitaba mantenerse alerta.
Mientras ella servía, una mujer entró desde el pasillo trasero. Llevaba un delantal y traía las manos ligeramente manchadas de tierra. Dora. Ramón la reconoció de inmediato, aunque ella tardó un segundo en ubicarlo.
—Dora, ¿recuerdas a Ramón? —preguntó Rebeca—. El esposo de Gianna.
Exesposo, pensó Ramón, pero no corrigió.
Dora asintió, algo tensa.
—Sí, claro. Bienvenido.
Su voz sonó más baja de lo que él recordaba. O quizás era él quien había cambiado. Le pareció interesante notar cómo ella evitaba el contacto visual, cómo sus dedos se retorcían en el borde del delantal.
—Un gusto verte de nuevo, Dora —dijo él, acentuando las palabras lo justo para que sonaran amables sin ser cálidas.
Ella asintió otra vez y se excusó, diciendo que tenía que terminar de regar las plantas del jardín trasero. Salió con pasos rápidos, casi huyendo.
Ramón bebió su café despacio, dejando que la conversación con Rebeca fluyera sin esfuerzo. Hablaron de la ciudad, de los cambios en el vecindario, de los planes para las vacaciones de las gemelas. Nada importante. Pura superficie.
Cuando terminó el café, pidió permiso para ir a su habitación y descansar un poco antes de la cena. Rebeca le indicó el camino, la misma habitación de siempre, la del fondo del pasillo.
Subió las escaleras, pero no fue directo a la habitación. En lugar de eso, dio un rodeo por el segundo piso, mirando las puertas cerradas, escuchando los sonidos que venían de cada espacio. Desde una de las habitaciones, el sonido del agua corriendo. Desde otra, música baja.
Luego bajó de nuevo, pero por la escalera trasera, la que daba al patio.
Dora estaba ahí, arrodillada frente a un macetero grande, hundiendo los dedos en la tierra. No lo escuchó acercarse hasta que estuvo justo detrás de ella.
—Las plantas parecen saludables —dijo él.
Ella dio un salto, girando la cabeza con los ojos abiertos.
—Disculpa, no quise asustarte —dijo Ramón, aunque en realidad sí quiso.
—No, está bien —respondió ella, poniéndose de pie y limpiándose las manos en el delantal—. ¿Necesitas algo?
—Solo quería hablar un momento. En privado.
El tono cambió sutilmente. Dora lo notó, porque su mandíbula se tensó y sus ojos se movieron hacia la puerta de la cocina, calculando la distancia.
—Estoy un poco ocupada ahora, quizás más tarde.
—No creo que puedas esperar más tarde, Dora.
Ella se quedó quieta. Ramón dio un paso adelante, cerrando el espacio entre ellos.
—Sé lo que pasó con el esposo de Rebeca.
El aire se volvió denso. Dora palideció visiblemente, la sangre drenando de su rostro en cuestión de segundos.
—No sé de qué estás hablando —dijo, pero su voz tembló.
—Claro que sabes. No te hagas la tonta, no te queda bien.
Él sacó el teléfono del bolsillo, desbloqueó la pantalla y mostró una foto. La imagen era borrosa, tomada desde una ventana, pero se veía claramente a Dora abrazando a un hombre que no era su marido.
—¿De dónde sacaste eso? —preguntó ella, la voz quebrada.
—Da igual. Lo importante es que tengo esta foto y otras más. Y Rebeca, bueno, Rebeca se pondría muy triste si supiera que su empleada favorita se acostaba con su difunto esposo mientras ella estaba en el hospital con las gemelas.
Dora negó con la cabeza, las manos temblándole.
—No fue así, no sabes cómo fue.
—No me importa cómo fue. Lo que importa es lo que puedo hacer con esto.
Ramón guardó el teléfono y la observó. Ella parecía a punto de romperse, los hombros encogidos, la respiración agitada.
—¿Qué quieres? —preguntó finalmente.
—Quiero que me obedezcas. Sin preguntas, sin dudas, sin excusas. Vas a hacer lo que te diga cuando te lo diga.
Dora abrió la boca para protestar, pero él levantó una mano y ella se calló.
—Si lo haces, guardaré el secreto. Nadie sabrá nada. Pero si te niegas, o si dudas, o si se lo cuentas a alguien, la foto llegará a Rebeca antes de que puedas hacer las maletas.
Ella se quedó en silencio. Las lágrimas empezaron a formarse en sus ojos, pero no cayeron.
—Entiendo —susurró.
—¿Entiendes qué? —preguntó Ramón, quería oírlo de sus labios.
—Que haré lo que digas.
—Bien.
Él la miró un momento, sintiendo cómo el control se asentaba en sus manos como algo sólido. Siempre era así al principio: la resistencia, la negociación, la rendición. Y luego venía la parte entretenida.
—Tengo una primera tarea para ti —dijo, señalando el suelo frente a él—. Arrodíllate.
El rostro de Dora se contrajo.
—¿Qué?
—Arrodíllate —repitió él, más lento, como si hablara con una niña—. No me hagas repetirlo otra vez.
Ella dudó. La lucha era visible en sus ojos, en la forma en que sus manos se aferraban al delantal blanco. Pero finalmente, las rodillas se doblaron, y ella cayó al suelo frente a él.
—Mis zapatos están sucios del viaje —dijo Ramón, estirando el pie derecho—. Límpialos.
Dora miró los zapatos, luego a él, luego al suelo. Sus manos temblaban mientras buscaba un trapo o algo con qué limpiar. No había nada cerca.
—No tengo —murmuró.
—Usa tu delantal.
Ella dudó otra vez. Luego, con movimientos lentos, tomó el borde del delantal y empezó a frotar la punta del zapato. La tela blanca se manchó de polvo y tierra.
Ramón sintió una oleada de satisfacción. Así debía ser. Así era como funcionaba el mundo: los fuertes dominaban, los débiles se doblaban. Y Dora era débil, más débil de lo que ella misma sabía.
—Más fuerte —dijo él—. No se va a limpiar solo.
Ella apretó los dientes y aplicó más presión, frotando el cuero hasta que brilló.
Fue entonces cuando escucharon voces acercándose desde la cocina. Las gemelas. Estaban discutiendo por algo, sus voces adolescentes elevándose y bajando en oleadas.
Dora se congeló, la mirada fija en la puerta que conectaba el patio con la cocina.
—Sigue —dijo Ramón en voz baja.
—Pero ellas...
—Sigue te digo.
Ella obedeció, aunque sus manos temblaban tanto que apenas podía coordinar los movimientos. El sonido de las voces se acercaba, y luego, de repente, se detuvo.
La puerta se abrió.
Betty apareció en el umbral, los ojos recorriendo el patio hasta posarse en ellos. Por un momento, nadie se movió.
—Tío Ramón, ¿qué haces?
La voz de la chica sonaba curiosa, sin alerta. Ella no podía ver bien a Dora desde donde estaba, solo la silueta de alguien arrodillado.
Ramón sonrió, la máscara volviendo a su lugar.
—Le pedí a Dora que me ayudara con el zapato. Se me desató el cordón y ella tuvo la amabilidad de arreglarlo.
Betty frunció el ceño.
—¿No puedes atarte los zapatos solo?
—Podría, pero ella fue más rápida.
La chica se encogió de hombros y entró al jardín, seguida de Jade. Pasaron junto a ellos sin prestar mucha atención, dirigiéndose hacia el columpio al fondo del patio.
Ramón bajó la mirada hacia Dora, que seguía arrodillada, el rostro pálido y los ojos fijos en el suelo.
—Termina —dijo él en voz baja.
Ella frotó el zapato unos segundos más, luego retiró las manos.
—Bien —dijo él—. Puedes levantarte.
Ella se puso de pie con esfuerzo, las piernas temblorosas. No lo miró a los ojos.
—Recuerda lo que acordamos —dijo Ramón, ajustándose el cuello de la camisa—. Estaré aquí unos días. Espero que estés disponible cuando te necesite.
Dio media vuelta y caminó hacia la casa, dejándola allí, de pie entre los maceteros.
Al cruzar la cocina, sintió el peso de una mirada sobre él. Se giró ligeramente y vio a Claudia, la cocinera, parada junto a la estufa con los brazos cruzados. Sus ojos lo seguían con una intensidad que no podía ignorar.
—¿Todo bien? —preguntó ella, sin entonación de cortesía.
—Perfectamente —respondió él, y siguió caminando.
Pero sintió su mirada, clavada en su espalda, mientras subía las escaleras hacia su habitación.
Se sentó en el borde de la cama, sintiendo el colchón ceder bajo su peso. La habitación olía a lavanda y a algo ligeramente rancio, como si no hubiera estado ventilada en días. Abrió la ventana de par en par y el aire fresco entró, trayendo consigo los sonidos del vecindario.
Todo iba según lo planeado. Dora estaba controlada, las gemelas no habían visto nada, y Rebeca seguía ajena a todo. Solo quedaba esa mujer en la cocina, Claudia, mirándolo de una manera que no le gustaba.
Pero no importaba. Las empleadas no eran nadie. Sabían su lugar, y si no lo sabían, él se encargaría de recordárselo.
Se recostó en la cama, los brazos detrás de la nuca. El techo era blanco, liso, sin ninguna grieta donde detener la vista. Pensó en Gianna, en cómo ella solía mirarlo de la misma manera que Claudia lo había mirado, con esa sospecha constante, esa desconfianza que nunca terminaba de disiparse. Quizás por eso se habían separado. Quizás por eso él seguía aquí, en la casa de su hermana, jugando a ser el pariente amable mientras desarmaba las vidas de los demás pieza por pieza.
Cerró los ojos.
Abajo, en la cocina, Claudia seguía de pie frente a la estufa. Había visto todo: la forma en que Ramón había seguido a Dora al patio, el tiempo que pasaron juntos, el estado en que ella regresó. También había visto cómo Dora entraba a la cocina minutos después, con el delantal arrugado y las manos sucias, evitando cualquier contacto visual.
—¿Estás bien? —preguntó Claudia cuando Dora pasó a su lado.
—Sí, bien —respondió ella, demasiado rápido—. Estoy bien.
Pero su voz sonaba hueca, y sus ojos estaban rojos. Claudia no necesitaba más pruebas.
Algo no andaba bien con ese cuñado. Y aunque no sabía qué era exactamente, estaba decidida a descubrirlo.
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