La isla de San Sangre no figuraba en ningún mapa turístico decente. Era un trozo de tierra verde y sucia perdido en el Caribe, con playas de arena negra que olían a sal y a coco podrido, y una selva interior tan densa que el sol apenas lograba filtrarse. El aire se pegaba a la piel como un aceite invisible. El yate llegó al atardecer, rebotando contra el muelle de madera carcomida. Brad saltó primero. Medía casi un metro noventa, pecho de armadura brillante de sudor, abdominales tallados a hachazos, muslos de toro y una polla gruesa que marcaba el bañador azul como un arma lista. La camisa abierta hasta el ombligo dejaba ver el vello rubio del pecho. Detrás de él venía Timmy, quejándose desde el primer segundo. —Brad, mi culo no aguanta más este calor —dijo Timmy, dándose una palmada en una nalga. El trasero era enorme, redondo, blanco y blando, con esa curva pronunciada que hacía que los shorts se le metieran entre las nalgas con cada paso. Caminaba con un meneo exagerado, las caderas balanceándose, la voz aguda y nasal—. Y este muelle parece que se va a romper debajo de mí. ¿Por qué no elegiste un resort de verdad con aire acondicionado y toallas limpias? Brad ni lo miró. Se pasó una mano por el pecho sudado y escupió hacia el agua turbia. —Porque aquí no hay resorts de verdad, Timmy. Aquí hay autenticidad. Relájate. Vas a disfrutar.- Kai los observaba desde la sombra de una palmera retorcida. Diecinueve años, piel mulata del color del caramelo oscuro, cabello negro rizado y corto, cintura de avispa y un culazo descomunal que apenas cabía en los pantalones cortos de tela blanca. Cada vez que se movía, las nalgas pesadas se agitaban con un peso carnal, casi indecente. Sonreía con los labios gruesos entreabiertos, como si ya conociera el final de la historia. Detrás de él, más adentro, Baba Ombe se alzaba como un tótem vivo: negro, enorme, barbudo, pecho de roble, brazos como troncos y entre las piernas una verga legendaria que, incluso flácida, colgaba pesada y gruesa bajo el pareo oscuro. Ombe no sonreía. Solo miraba con ojos que parecían haber visto demasiadas ofrendas. La “fiesta de bienvenida” empezó cuando el sol ya se había hundido detrás de la línea de cocoteros. Fuego en la playa, ron local que sabía a hierbas amargas y tierra húmeda, tambores profundos y cuerpos sudados bailando sin ritmo. Brad bebió dos vasos seguidos. Timmy solo daba sorbos y se quejaba del calor que se le metía entre las nalgas. Kai se acercó a ellos con dos cocos abiertos en las manos. —Para ustedes —dijo con voz suave, casi dulce—. Mi abuelo dice que los visitantes deben probar el néctar de la isla. Es tradición. Brad aceptó sin dudar. Timmy también, aunque hizo una mueca al primer trago. —Sabe raro —murmuró Timmy—. Como tierra mojada y algo dulce que se pega en la lengua. Kai se rió bajito y se giró, mostrando el perfil perfecto de su culazo bajo la tela blanca que se le metía entre las nalgas. —Es la tradición. Ya verás. La hierba hizo efecto rápido. Brad sintió el calor subirle desde el estómago hasta la polla. Se puso dura de inmediato, empujando el bañador hasta que la forma gruesa y venosa quedó marcada sin pudor. Miró a Timmy, que ya tenía las mejillas sonrojadas y una mano distraída acariciándose una nalga. —Ven aquí —ordenó Brad, la voz más grave de lo normal. Los arrastró detrás de una palmera gruesa, lejos de las luces del fuego pero no tan lejos como para que nadie pudiera oírlos. Brad bajó el bañador de un tirón. Su verga saltó gruesa, venosa, la cabeza ya brillante de líquido. Timmy se arrodilló sin que se lo pidieran, abrió la boca y la engulló con esa avidez de siempre, quejándose entre chupadas húmedas. —Mmm… es demasiado grande, Brad… siempre es demasiado… me ahoga… Brad le agarró el cabello rubio claro y lo empujó más hondo, hasta que la nariz de Timmy rozó el vello púbico. —Cállate y chupa como se debe. Después lo levantó, le bajó los shorts de un tirón y le dio la vuelta. El culo de Timmy quedó expuesto a la luz rojiza del fuego lejano: blanco, enorme, las nalgas pesadas y redondas, el agujero rosado y apretado que se contraía nervioso. Brad escupió una vez, alineó la polla y empujó de una. Timmy gritó, un quejido agudo y largo que se mezcló con los tambores. —¡Ah! ¡Brad, despacio! ¡Me parte! ¡Siempre me partes! Brad no le hizo caso. Empezó a embestirlo con fuerza, las caderas chocando contra ese trasero blando que rebotaba con cada golpe. El sonido de carne contra carne era obsceno, húmedo, constante. Kai los miraba desde unos metros, tocándose el propio culo a través de la tela, los dedos hundidos entre las nalgas enormes. Ombe también miraba, inmóvil, la verga empezando a levantar el pareo con una lentitud amenazante. Cuando Brad se corrió dentro de Timmy, con un gruñido bajo y animal, el semen salió por los lados del agujero dilatado, espeso y blanco. Timmy temblaba, quejándose todavía, el culo goteando sobre la arena negra. —Eres un animal… —susurró Timmy, pero se quedó quieto, con las nalgas abiertas, como si esperara más. Kai se acercó entonces, descalzo, la arena pegándose a sus pies. —Mi abuelo quiere que los vean —dijo con esa misma calma dulce—. La isla necesita ver. Y probar. Brad, todavía con la polla semidura y brillando de semen y saliva, miró al muchacho. —¿Qué mierda significa eso?- Kai solo sonrió y se bajó los pantalones cortos. El culazo quedó libre, pesado, de un marrón cálido y brillante, las nalgas tan grandes que casi se tocaban por debajo. Se arrodilló delante de Brad, mirándolo hacia arriba con ojos oscuros. —Úsame también. Es la costumbre de la isla. Los visitantes fuertes deben dejar su semilla en nosotros.- Brad no necesitó más invitación. Agarró a Kai por la cintura estrecha, lo puso a cuatro patas sobre la arena y se lo metió de golpe. Kai gimió, un sonido profundo y casi agradecido, mientras su enorme culo se abría alrededor de la verga gruesa del rubio. Brad embistió con la misma fuerza que había usado con Timmy, mirando cómo las nalgas mulatas rebotaban y se abrían, cómo el agujero se dilataba y se cerraba alrededor de él. Timmy, todavía con el culo goteando, se quedó sentado a un lado mirándolos, una mano en su propia polla flácida, quejándose en voz baja: —Siempre te gustan los más jóvenes… y con más culo que yo… siempre…- La noche avanzó. El ron seguía circulando. Algunos turistas se emborracharon hasta quedar dormidos en la arena. Otros se metieron entre las palmeras a follar con gritos y risas. Nadie notó cuando las enredaderas empezaron a moverse bajo la superficie negra de la playa.
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