Published on September 2, 2026

Esa noche, el aire en la celda de las mujeres era denso, cargado con el olor a metal y a adrenalina. Eva estaba allí, temblando en un rincón, su uniforme desordenado revelando más piel de la necesaria. —Gracias —susurró. —No nos has agradecido. Nos has metido en ...en un mierda —dijo Nia, limpiándose un arañazo en el brazo, sus músculos tensos como cables de acero. —Tranquila —intervino Sofía, su voz un latido bajo y controlado. —Lo que está hecho, está hecho. Rocco no iba a esperar a tener una excusa. Ahora sabemos cuándo y cómo vendrá. —¿Y qué hacemos? —preguntó Ingrid, pasándose la lengua por un pezonazo que sobresalía, un tic nervioso que delataba su excitación contenida. —Ese animal no se detendrá hasta que nos destroce. Sofía se sentó en su catre, el metal chirriando bajo su peso. Miró a Carlos y Jamal, que estaban de pie junto a la puerta, como centinelas asustados. La luz tenue del pasillo dibujaba siluetas provocadoras en sus cuerpos delgados. —No podemos enfrentarnos a él directamente. Tiene a media prisión en su bolsillo. Tenemos que ser más inteligentes. Tenemos que golpearlo donde más le duele. No en el cuerpo. En el orgullo. Un silencio denso llenó la celda. Todos entendieron a qué se refería. El orgullo de Rocco era su hombría, su identidad como macho dominante. —¿Cómo? —preguntó Carlos, su voz apenas un hilo, sus ojos oscuros fijos en el suelo. —No, no vamos a matarlo. Eso es fácil y estúpido —dijo Sofía, y una sonrisa cruel, casi beatífica, se dibujó en su rostro. —Vamos a desmontarlo. Pieza por pieza. Vamos a convertir al león en un gatito asustado. Y para eso, necesitamos la ayuda de los expertos en el arte de la sumisión.- Sus ojos se clavaron en Carlos y Jamal. El estómago de Carlos se hizo un nudo, pero también sintió una extraña excitación, un calor que le subía por la espina dorsal.

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