Published on September 2, 2026

El equilibrio se rompió con la llegada de Eva. Era una rubia, pero no como Ingrid. Esta era una rubia de telenovela, de caderas amplias y labios carnosos, con una inocencia falsa que rezumaba a metros. Su uniforme parecía dos tallas más pequeño, intencionadamente, y cada movimiento que hacía era una invitación explícita al deseo. Se sentó sola, y el silencio a su alrededor fue tan ruidoso como un grito. Todos sabían que la carne fresca atraía a los tiburones. Rocco era el tiburón principal. Un constructor de origen italiano, encarcelado por fraude y violencia, cuyo cuerpo era un bloque de mármol mal tallado y su ego era tan grande como su pene. Se acercó a la mesa de Eva con una sonrisa de depredador. —Cariño, parece que te has perdido. Este no es tu sitio —dijo, su voz un ronroneo gutural. Eva levantó la vista, y por un instante, Sofía vio el miedo real en sus ojos. Pero luego lo sustituyó por una máscara de arrogancia. —Puedo sentarme donde quiera. Rocco se rio, un sonido que hizo que los hombres más cercanos se apartaran. —No aquí. Aquí se sienta la gente que sabe cómo funcionan las cosas. Ahora levántate y vete a tu mesa, antes de que te ayude yo a hacerlo. La mano de Rocco se alzó, sombreada sobre la mejilla de Eva. Antes de que pudiera caer, una voz cortó el aire, tan afilada como el cuchillo de Sofía. —Tócate a ti mismo, Rocco. Y deja de molestar a las visitas. Era Sofía. Se había levantado, y toda la sala se giró hacia ella. Ingrid y Nia estaban de pie, una a cada lado. Un frente unido. Los pechos de Sofía se erguían desafiantes bajo el uniforme, una declaración de poder silenciosa pero innegable. Rocco se giró lentamente, su sonrisa desapareciendo. —Esto no te incumbe, Sofía. Cuida de tus maricones.- —Ellos son mi familia. Y tú acabas de meter las manos donde no debes —replicó Sofía, acercándose. La distancia entre ellos era eléctrica, cargada de promesas de violencia y deseo. —¿Y qué vas a hacer, puta? ¿Morderme? —Rocco escupió el suelo, cerca de sus pies. Esa fue la señal. Nia se movió como un rayo, pero Rocco estaba preparado. Esquivó la embestida y empujó a Nia contra una mesa, que volcó con un estruendo de metal y comida. Ingrid lanzó un plato, pero Rocco lo esquivó y respondió con un puñetazo que la hizo tambalear. Fue entonces cuando Carlos, movido por un impulso que no entendió, arrojó una silla. No a Rocco, sino a las piernas de un matón que se acercaba para ayudar a su jefe. La silla se quebró con un chasquido seco, y el hombre cayó gritando. El caos fue absoluto. Guardias con porras y gritos irrumpieron en el comedor, separando a los combatientes. Rocco, con un labio partido y el ojo morado, señaló a Sofía con un temblor de furia. —Te vas a arrepentir, zorra. Te lo juro por mi madre. Te voy a romper a ti y a toda tu jauría de degenerados.- Mientras se lo llevaban, su mirada se cruzó con la de Carlos. Y en ese instante, el moreno supo que la tregua había terminado. La guerra era total.

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