Capítulo 6: El Precipicio del Contacto
Quedaron inmóviles.
Todo lo que existía era el calor de su cuerpo aprisionado entre las piernas de él, la presión firme de su mano derecha en la cintura de su espalda y ese punto de contacto más alto e íntimo donde su dedo índice rozaba el borde inferior de su busto. A través de las capas de lana y lino, la sensación era una quemadura precisa y electrizante. No había intención en ella, solo el resultado torcido de una caída, pero eso no cambiaba la realidad física del contacto.
Podía ver las minúsculas líneas alrededor de sus ojos, tensas por la sorpresa, y el rápido parpadeo que agitaba sus pestañas oscuras. Su aliento, más caliente que el aire del interior del carruaje, le llegaba a la cara con cada exhalación corta y superficial. Olía a jabón de sándalo y a algo más, quizás a la lana de su casaca o al cuero de sus guantes. Un olor masculino y terrenal que llenó sus sentidos.
Sus propias manos estaban clavadas a los lados de su cabeza, apoyadas contra el acolchado de la pared. No se atrevía a moverlas. Cualquier movimiento parecía imposible, como si estuviera atrapada en un cristal espeso.
Lafayette tampoco se movía. Sus ojos azules, muy abiertos, reflejaban la misma conmoción paralizante. Parecía incapaz de procesar la geometría del desastre. Su mirada saltó de los ojos de ella a sus labios, luego bajó fugazmente hacia donde su mano la tocaba, volviendo inmediatamente a sus ojos con una expresión de creciente pánico. La presión de su mano en su espalda no cedía; si acaso, se tensó aún más, como si su cuerpo reaccionara por instinto para sostenerla aunque su mente estuviera gritando para soltarla.
Los caballos mantenían el ritmo, indiferentes. Pero dentro del compartimento, el silencio se había transformado.
Ya no era el silencio incómodo del viaje inicial ni el cargado de las confesiones. Este era un silencio eléctrico y denso, saturado de percepciones agudizadas hasta el dolor. María era consciente del latido de su propio corazón, un tambor rápido y sordo que parecía golpear justo donde la punta de su dedo la rozaba. Era consciente del leve temblor en sus propios muslos, que hacían contacto con los costados de sus piernas. Era consciente del calor que emanaba de él, un calor vivo que contrastaba con el aire frío que se filtraba por las rendijas de las ventanas.
Y sobre todo, era consciente de sus ojos. Esa mirada azul que ya no escudriñaba con curiosidad o confusión, sino con una especie de horror fascinado. Como si estuviera viendo un abismo abrirse justo delante de él y no pudiera apartar la vista.
El tiempo perdió toda medida. Podrían haber sido tres segundos o treinta. Solo existía esa proximidad brutal, ese mapa táctil de puntos de contacto que dibujaba una intimidad forzada y prohibida.
Lafayette parpadeó otra vez, más lento esta vez. Su garganta se movió cuando tragó saliva con un esfuerzo visible.
“Ma-majestad…” logró articular.
Su voz era apenas un hilillo ronco, cargado de una turbación tan evidente que resultaba casi infantil. El tartamudeo inicial le quitó cualquier resto de la compostura marcial que normalmente lo envolvía. Ya no era el marqués seguro, ni siquiera el hombre confundido que confesaba sus sentimientos. Era solo alguien atrapado en una situación imposible, sin protocolo que seguir.
El sonido de su voz, tan quebrada y cercana, rompió el hechizo estático en María. Pero no para liberarla, sino para sumirla más profundamente en la realidad del momento. Ahora era consciente también del sonido de su propia respiración, que se había vuelto audible, un leve jadeo que llenaba el pequeño espacio entre sus rostros.
No podía responder. Las palabras se habían evaporado. Solo podía mirarlo, sintiendo cómo el rubor subía por su cuello y le quemaba las mejillas bajo el velo fino del sombrero. Él miraba sus labios mientras ella intentaba humedecérselos con la lengua, un gesto nervioso e involuntario que capturó toda su atención. Sus ojos siguieron el movimiento antes de volver a encontrarse con los de ella, y en ellos María vio algo nuevo además del pánico: una chispa de reconocimiento intenso y agonizante.
Fue entonces cuando lo entendió. No estaba pensando en protocolos o en escándalos en ese instante. Estaba pensando exactamente en lo mismo que ella: en la proximidad insoportable, en el calor compartido, en la memoria fresca de otro beso en otra oscuridad. Y en la pregunta brutal de qué pasaría si cerrara esa distancia mínima que quedaba.
La posibilidad flotó en el aire entre ellos, tangible como un tercer cuerpo.
Él inclinó la cabeza hacia adelante quizás un milímetro, tal vez solo un temblor muscular. O quizás ella lo imaginó. Pero la intención, el deseo crudo detrás del gesto potencial, era real. Lo podía sentir emanando de él en ondas casi físicas, mezclado con el miedo paralizante a actuar sobre él.
Sus labios estaban tan cerca que podía ver la textura más fina de la piel, la línea donde el rojo más intenso se encontraba con el tono más pálido. Recordó cómo habían sentido esos labios contra los suyos: firmes, seguros en su imprudencia. Ahora estaban ligeramente entreabiertos, inmóviles.
El carruaje dio una nueva sacudida menor, haciendo que sus cuerpos se acomodaran imperceptiblemente uno contra el otro. La presión de su mano izquierda varió, y por un instante terrible y glorioso, el contacto del dedo índice se hizo más definido antes de retraerse ligeramente, como si él mismo hubiera sentido la descarga y retrocediera asustado.
Un gemido ahogado le surgió desde alguna parte profunda del pecho a María, un sonido que ni siquiera reconoció como propio hasta que ya estaba vibrando en su garganta. Fue sofocado al instante, convertido en una exhalación temblorosa.
Lafayette cerró los ojos con fuerza al oírlo. Fue un gesto breve, como si intentara borrar la escena o recuperar el control. Cuando los abrió de nuevo, había una determinación desesperada en ellos.
“Majestad,” repitió, esta vez con más fuerza aunque la voz todavía le temblaba. “Debo… disculparme.”
Pero no se movió para soltarla. No apartó las manos. Sus palabras eran una formalidad vacía que chocaba grotescamente con la posición en la que seguían atrapados.
María encontró por fin el control sobre sus cuerdas vocales.
“No,” consiguió decir, y su voz sonó extraña y grave incluso para sus propios oídos. “Fue un accidente.”
Era lo que debía decir. Lo único que podía decir. Pero al pronunciarlo, entendió que estaba dando permiso para que el momento se prolongara. Un accidente requería una corrección inmediata. Ella no se estaba apartando.
Él asintió lentamente, aunque el gesto parecía más un tic nervioso que un acuerdo. Sus ojos no dejaban los labios de ella.
El aire dentro del carruaje se volvió irrespirablemente caliente. El ruido exterior, el traqueteo de las ruedas, el cloqueo de los cascos, el viento, se desvaneció hasta convertirse en un murmullo lejano e irrelevante. Todo el universo se condensaba en ese espacio reducido donde sus alientos se mezclaban y donde cada minúscula partícula de polvo bailaba en los rayos grises de luz que entraban por la ventana.
¿Cuánto tiempo podía durar esto? ¿Cuánto tiempo antes de que uno de ellos cediera a la gravedad palpable que los atraía? ¿O antes de que el miedo ganara y todo se rompiera en pedazos de culpa y vergüenza?
La respuesta llegó desde fuera, abrupta.
“¡Llegamos!”
La voz del cochero cayó desde el asiento superior como un balde de agua helada. Era áspera y práctica, ajena por completo al drama suspendido dentro del vehículo.
El hechizo se quebró con la violencia de un cristal roto.
María retrocedió instintivamente, aunque el movimiento fue torpe dentro del espacio confinado. Al mismo tiempo, las manos de Lafayette se retiraron como si hubieran tocado hierro al rojo vivo. La presión firme en su espalda desapareció; el dedo índice que quemaba a través de la tela se apartó.
El sonido metálico del cerrojo exterior al ser accionado resonó como un disparo.
La puerta del carruaje comenzó a abrirse desde fuera, dejando entrar una bocanada repentina de aire frío y ruido callejero. La luz grisácea del día nublado invadió el compartimento oscuro, iluminando motas de polvo danzantes y revelando con crudeza sus posiciones comprometidas.
María seguía arrodillada entre sus piernas. Él seguía sentado, con los brazos ahora rígidos a los costados del cuerpo como si no supiera qué hacer con ellos. La puerta se abría más, mostrando una franja del mundo exterior: adoquines húmedos, paredes bajas de piedra y el pie embutido en un botín grueso del cochero que acababa de saltar al suelo.
El hombre asomó la cabeza por la puerta abierta, su rostro curtido por el viento mostrando una expresión de simple expectativa por ayudar a bajar a los pasajeros.
Sus ojos se posaron en la escena dentro del carruaje.
Se quedó completamente quieto por una fracción de segundo infinitamente larga.
El rostro del cochero se congeló, su expresión inicial de servicio rutinario desvaneciéndose para dejar paso a una confusión total. Sus ojos, pequeños y acostumbrados a ver solo caminos y caballos, pasaron de la reina arrodillada en el suelo al marqués sentado con rigidez, luego volvieron a María. El silencio que siguió fue aún más denso que el anterior, pero de una naturaleza completamente distinta: ahora estaba cargado con el peso de un testigo.
María sintió que la sangre se le helaba en las venas. El pánico, diferente al anterior, la atravesó como una lanza. Este ya no era sobre deseos o intimidad, sino sobre supervivencia pura. Una mirada podía ser malinterpretada; una escena presenciada podía convertirse en un rumor, y un rumor en Versalles era un incendio que nadie podía apagar.
Fue ese terror ancestral el que le devolvió el control de sus miembros. Recobró el aliento con un sonido áspero y se apartó de un movimiento brusco y decidido, desprendiéndose del espacio entre las piernas de Lafayette como si saliera de una trampa. El movimiento fue tan repentino que perdió el equilibrio por un instante, sus manos buscando a tientas el borde del asiento frente a ella para impulsarse.
Logró volver a él, cayendo más que sentándose sobre el terciopelo azul. La falda de lana se arremolinó alrededor de sus piernas, enredándose. Sin mirar a Lafayette, sin siquiera mirar al cochero cuya boca comenzaba a cerrarse lentamente, se dedicó a arreglar su ropa con manos que temblaban visiblemente. Tiró de la falda para enderezarla, alisó la chaqueta sobre el corsé con gestos rápidos y nerviosos. Sus dedos tropezaron con los botones, asegurándose de que todo estuviera en su lugar, de que no hubiera ningún desorden que contara una historia.
Junto a ella, Lafayette hizo lo mismo. Se enderezó en su asiento, ajustando la casaca militar con tirones precisos y automáticos. Se pasó una mano enguantada por el pecho para quitar una arruga imaginaria, luego se tocó el cuello de la camisa. Todos sus movimientos eran los de un soldado revisando su uniforme antes de una inspección: eficientes, impersonales y completamente enfocados en borrar cualquier evidencia de desarreglo.
Ninguno miró al otro. Sus miradas estaban fijadas en puntos opuestos del carruaje: María en sus propias manos sobre el regazo, Lafayette en la pared acolchada frente a él. El sonido de la tela siendo alisada y los ajustes mínimos llenaron el vacío dejado por la ausencia de palabras.
El cochero seguía en la puerta, paralizado por la indecisión. Su entrenamiento le decía que debía ofrecer su mano para ayudar a bajar a la reina. La escena que acababa de ver, aunque no entendía su significado completo, le gritaba que se hiciera a un lado y mirara hacia otro lado. Finalmente, el instinto de autopreservación ganó. Farfulló algo ininteligible que podría haber sido “con permiso” o simplemente un gruñido, y dio un paso atrás, apartando la vista ostentosamente hacia los caballos.
Esa retirada fue la señal que María necesitaba. No podía soportar otro segundo dentro de ese compartimento que ahora olía a vergüenza. Con las mejillas ardientes bajo el velo, se inclinó hacia la puerta.
El escalón estaba alto y el suelo de la calle parecía muy abajo. Normalmente, habría esperado la mano del cochero o, en una ocasión como esta, la mano cortés de Lafayette. Pero extender la mano ahora, tocar a alguien después de lo que acababa de ocurrir, le parecía imposible.
Así que ignoró el escalón y las convenciones. Agarró el marco de la puerta con una mano, levantó la falda con la otra con un gesto poco real pero práctico, y bajó por su cuenta. El movimiento fue más un salto torpe que un descenso elegante. Sus botines golpearon los adoquines húmedos con un chasquido fuerte, y tuvo que dar un paso tambaleante hacia adelante para recuperar el equilibrio.
No miró atrás. Comenzó a caminar alejándose del carruaje, respirando profundamente el aire frío de la calle que olía a humedad y estiércol. Cada paso ponía centímetros entre ella y el vehículo, entre ella y lo que había sucedido dentro.
Detrás de ella, oyó el sonido de alguien más bajando. Los pasos de Lafayette sobre los adoquines tenían un ritmo medido, el de un hombre intentando recuperar la compostura con cada pisada.
Él se quedó junto al carruaje un momento, dando instrucciones al cochero con una voz que sonaba forzadamente normal. Algo sobre asegurar los caballos y descargar la carreta con el pan. Las palabras eran triviales, pero el tono era demasiado rígido.
María se detuvo a unos metros de distancia, fingiendo interés en el edificio frente a ellos: una estructura baja de piedra con un letrero descolorido que anunciaba una posada. Desde el rabillo del ojo, vio cómo Lafayette terminaba de hablar y finalmente se alejaba del vehículo para unirse a ella en la calle. Se colocó a su lado derecho, manteniendo una distancia respetable de casi un metro. Un espacio apropiado para un acompañante real. Un abismo después de lo que habían compartido minutos antes.
Dentro de él, una tormenta silenciosa rugía. La desconcertante confusión del momento en el carruaje no se había disipado; solo se había transformado en una masa pesada y revuelta en su pecho. Había alivio, por supuesto. Un alivio agudo y casi doloroso de que el momento se hubiera interrumpido antes de que… antes de qué exactamente? No se atrevía a completar el pensamiento. El alivio provenía de haber evitado una catástrofe de protocolo aún mayor, del hecho de que el cochero hubiera sido testigo solo de una escena extraña y no de algo explícitamente comprometedor.
Pero mezclado con ese alivio, inextricablemente unido a él, había una decepción profunda y amarga que lo avergonzaba. Era como si una puerta se hubiera abierto por un instante y alguien la hubiera cerrado de golpe justo cuando él empezaba a vislumbrar lo que había al otro lado. La sensación física de ella tan cerca, el calor, el peso ligero contra sus piernas, incluso el roce accidental e íntimo… todo eso había despertado algo visceral que ahora gemía por haber sido negado.
Y luego estaba la pregunta más perturbadora: ¿qué habría pasado si el cochero no hubiera llegado? ¿Habría cerrado él esa distancia? ¿Habría repetido la imprudencia del baile aquí, en pleno día, en un carruaje real? La posibilidad misma lo aterraba y lo atraía con igual fuerza.
Sacudió mentalmente la cabeza, intentando despejar esos pensamientos como si fueran telarañas. Tenían una tarea que hacer. Pan que entregar. Personas que impresionar con la caridad real. Esa era la realidad ahora.
“La distribución debería ser más adelante,” dijo finalmente, rompiendo el silencio entre ellos con una voz que sonaba extrañamente ajena incluso para él.
María asintió lentamente, todavía sin mirarlo.
“Sí,” respondió, y fue todo.
Comenzaron a caminar por la calle empedrada hacia el punto designado, ese metro de distancia entre ellos pareciendo una barrera infranqueable. El ruido del pueblo los envolvió: niños gritando a lo lejos, el martilleo constante de un herrero en alguna parte, el murmullo de voces desde las ventanas abiertas. Un mundo normal y ajeno a los torbellinos privados dentro del pecho de una reina y un marqués.
Lafayette caminaba con las manos firmemente entrelazadas detrás de la espalda, una postura militar que le impedía hacer cualquier gesto innecesario. Cada pocos pasos lanzaba una mirada rápida y furtiva hacia ella desde el rabillo del ojo. La veía caminar con la cabeza erguida, su perfil sereno e impasible bajo el sombrero sencillo. Nada en su apariencia delataba el caos del carruaje. Era increíble, realmente. Él se sentía desgarrado por dentro, desordenado y torpe, mientras ella parecía tallada en mármol fresco.
Esa desconexión entre su tormenta interior y su calma exterior solo aumentaba su confusión. Quizás él lo había imaginado todo. Quizás esa chispa de reconocimiento mutuo, esa atracción magnética hacia cerrar la distancia entre sus labios… quizás todo había sido producto de su propia mente febril y culpable.
Pero entonces recordó el leve gemido ahogado que había escapado de ella. Eso no lo había imaginado. Ese sonido pequeño y vulnerable vivía en sus oídos ahora.
La decepción dio un nuevo giro dentro de él, mezclándose con una punzada de algo parecido a la pena. Por ella o por él mismo, no podía decirlo.
La distribución del pan en el pueblo de Saint-Antoine fue un ejercicio en eficiencia fría. Los guardias que los acompañaban descargaron los panes de la carreta y los apilaron sobre unas mesas largas colocadas en la plaza. Una pequeña multitud, compuesta principalmente por mujeres con rostros cansados y niños de ojos grandes, ya esperaba en una fila desordenada pero silenciosa.
María y Lafayette trabajaron en paralelo, como dos engranajes de una misma máquina que funcionaban sin tocarse nunca. Ella se colocó en un extremo de la mesa, entregando un pan a cada persona con una sonrisa mecánica que no llegaba a sus ojos. Él se situó en el otro extremo, ocupándose de mantener el orden de la fila y asegurándose de que nadie se colara, una tarea para la que su presencia militar era más que suficiente.
No intercambiaron una sola palabra que no fuera estrictamente necesaria. Un “aquí hay más” dicho por él cuando traía otra cesta. Un “gracias” murmuró ella sin mirarlo. Sus miradas se evitaban cuidadosamente. Cuando por necesidad tenían que dirigir la atención hacia el otro, sus ojos se encontraban solo por un instante antes de desviarse rápidamente, como si el contacto visual mismo fuera otro punto de contacto prohibido.
La gente del pueblo probablemente vio lo que esperaban ver: a una reina benévola pero distante y a un noble serio haciendo su deber. No vieron el océano de incomodidad y cosas no dichas que separaba ese metro de mesa entre ellos.
La ceremonia terminó tan rápido como la etiqueta lo permitía. Las cestas quedaron vacías, la multitud se dispersó murmurando agradecimientos cansados, y ellos pudieron volver al carruaje.
El viaje de regreso a Versalles fue aún más silencioso, si eso era posible. La tensión ya no era eléctrica; se había solidificado en algo pesado y opresivo, como una losa de piedra colocada entre los dos asientos enfrentados. María pasó todo el trayecto mirando fijamente por la ventana, observando cómo las calles polvorientas daban paso a los campos y luego a los bosques del dominio real. Su expresión era inescrutable, la máscara pública perfectamente ajustada de nuevo.
Lafayette hizo lo mismo desde su lado, aunque su mirada estaba vacía, sin ver realmente el paisaje que pasaba. Su mente estaba atrapada en un bucle cerrado: el impacto, la caída, la proximidad, el roce, la mirada del cochero, la huida. Y luego, la pregunta que lo atormentaba: ¿qué había visto exactamente en sus ojos?
Ninguno de los dos tuvo la menor intención de romper ese silencio. Hablar requería abordar lo ocurrido, y abordar lo ocurrido significaba darle un nombre y una realidad que ninguno estaba preparado para concederle. Así que el traqueteo de las ruedas se convirtió en el único diálogo durante toda una hora.
Al llegar al palacio, las formalidades fueron aún más breves que a la salida. María bajó del carruaje con la ayuda del cochero esta vez, negándose con una sacudida casi imperceptible de la cabeza cuando Lafayette hizo ademán de acercarse. Un “gracias por su servicio, marqués” pronunciado en un tono que no admitía réplica, una inclinación de cabeza superficial por parte de él, y eso fue todo. Ella se giró y entró en el palacio por una puerta lateral, su figura desapareciendo en la penumbra del corredor. Él se quedó un momento más en el patio, sintiendo el peso absurdo del alivio y el vacío mezclados, antes de dirigirse a sus propios aposentos con pasos lentos.
Tres días después, el silencio del carruaje se había mudado al interior de la cabeza de Lafayette y se había amplificado.
“¡Lafayette!”
La voz, áspera y cargada de frustración, resonó en la oscuridad de su habitación. Era pasada la medianoche, y el palacio dormía o al menos fingía dormir. Él estaba tumbado boca arriba en la cama grande, con los ojos abiertos de par en par mirando las sombras que las brasas del hogar proyectaban en el techo con vigas.
Desde lo ocurrido, el sueño se había convertido en un territorio hostil. Cada vez que cerraba los ojos, la escena se reproducía con una fidelidad obsesiva. No era un recuerdo borroso; era una recreación sensorial completa. Sentía de nuevo el balanceo violento del carruaje, el impulso de atraparla, la sorpresa del impacto cuando su cuerpo chocó contra el suyo. Volvía a sentir el calor a través de la lana, el peso ligero de ella entre sus piernas, el punto preciso donde su dedo… Se revolvió en las sábanas, interrumpiendo el recuerdo físico.
No servía de nada. Su mente, traicionera y obstinada, simplemente saltaba a la siguiente imagen: los ojos brillantes de María, no los de la reina, sino los de la mujer asustada y fascinada, a centímetros de los suyos. El sonido de su respiración. El movimiento casi imperceptible de sus labios cuando intentó humedecérselos.
Y entonces, como había estado haciendo sin descanso durante setenta y dos horas interminables, su cerebro hacía el cambio. Superponía otra imagen sobre esa. Los mismos ojos, pero rodeados por los bordes enjoyados de una máscara blanca. La misma boca, pero sonriendo con una libertad imprudente en medio de un salón abarrotado. La misma voz, pero diciendo “Me llamo (T/N)” con un tono juguetón que ahora le parecía una burla.
Se sentó en la cama de golpe, las sábanas enrollándose alrededor de sus piernas.
“Es absurdo,” dijo en voz alta hacia la habitación vacía. Su voz sonaba ronca por la falta de sueño.
Miró hacia la ventana, donde la luna fría iluminaba un rectángulo pálido en el suelo de madera.
“No puede ser ella,” musitó para sí mismo, ejecutando el mismo argumento circular por centésima vez. “Y no es ella.” Pero esta vez, las palabras carecían de fuerza. Sonaban a lo que eran: un hechizo desesperado para alejar un pensamiento que ya había echado raíces profundas.
Porque cuando ponía a las dos mujeres una al lado de otra en su mente, la reina seria del consejo y la dama sonriente del baile, los contornos no solo coincidían; se fundían. La altura era la misma. La manera de llevar los hombros. La curva del cuello. Incluso ciertas expresiones fugaces alrededor de los ojos. Todo encajaba con una precisión aterradora.
Todo excepto la máscara. Y el hecho monumental de que una era la reina de Francia y la otra una supuesta burguesa anónima.
“¡Gilbert!”
Esta vez fue un gruñido de auténtica irritación consigo mismo. Se levantó de un salto, sintiendo la fría madera del suelo bajo sus pies descalzos. La habitación le parecía demasiado pequeña, las paredes demasiado cerca. Necesitaba hacer algo, cualquier cosa que no fuera pensar.
Se dirigió a la mesa donde guardaba una botella de whisky y un vaso pesado. Sirvió dos dedos del líquido ámbar sin ceremonias y se lo bebió de un trago. El fuego le abrasó la garganta y se asentó en su estómago con un calor familiar pero ineficaz. Suspiró pesadamente, dejando que el vaso vacío golpeara la mesa con un poco más de fuerza de la necesaria.
“¿Qué me está pasando?” La pregunta salió como un susurro cargado de genuina perplejidad.
No era una pregunta retórica. Se sentía como si alguien hubiera reordenado los cimientos de su realidad mientras él no miraba. Había construido su vida sobre pilares claros: deber, honor, reforma, lealtad a la corona como institución. Ahora uno de esos pilares, la lealtad a la corona personificada en la reina, se estaba agrietando bajo el peso de un sentimiento que no tenía cabida en ninguno de sus esquemas mentales.
Y era un sentimiento doble, eso era lo más desconcertante. No podía separar la atracción por la dama enmascarada, una atracción basada en una complicidad, de la fascinación creciente y ahora físicamente verificada por la mujer real que era María. ¿Eran dos afectos distintos? ¿O eran dos caras del mismo imán imposible?
Otra noche sin dormir. Otro día por delante donde tendría que verla en el consejo, tendría que llamarla “Majestad” y fingir que no recordaba cómo temblaba contra él. Y según los rumores que corrían entre los sirvientes, rumores que él nunca habría escuchado antes pero que ahora buscaba inconscientemente, la reina estaba “sumida en sus asuntos de Estado”. Se había vuelto especialmente reservada desde su regreso del viaje a Saint-Antoine.
Esa noticia le produjo una decepción absurda y punzante. Una parte infantil de él había esperado… ¿qué? ¿Una mirada significativa? ¿Una señal secreta? En cambio, obtenía distancia. Era lo más sensato, lo más inteligente. Y sin embargo, le quemaba.
Se pasó una mano por el rostro, sintiendo la aspereza incipiente de la barba y las sombras oscuras bajo sus ojos que el cansancio estaba grabando allí. Se miró en el espejo empañado junto a la mesa. Parecía un extraño para sí mismo.
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