Published on November 2, 2026

Chapter 1: El agua y los tacones

El agua caliente caía sobre su nuca con una constancia que Mateo agradecía más de lo que habría admitido en voz alta. Los ojos cerrados, la frente casi pegada a las baldosas, una mano apoyada en la pared para no resbalar bajo el chorro. El gimnasio a esa hora estaba casi vacío. Solo el eco lejano de alguna pesa y el zumbido de los fluorescentes del vestuario, que llevaban meses pidiendo un cambio y nadie se molestaba en hacer.

Ese era el plan. Sudar, ducharse, salir sin que nadie le dirigiera la palabra. Un plan sencillo, probado durante tres semanas seguidas, y que hasta ese momento había funcionado a la perfección.

Entonces llegaron las voces.

Dos mujeres riendo por el pasillo del vestuario. No era una risa discreta, de esas que se ahogan en la garganta por respeto a los demás. Era una carcajada abierta, sin disculpas, que rebotaba contra los azulejos y se colaba por debajo de las cortinas. Mateo abrió los ojos de golpe. El agua le entró en ellos y parpadeó para despejarse, pero no se movió. Quedarse quieto era su especialidad. Si no te mueves, no te ven. Si no te ven, no existes.

Los tacones llegaron después. Clac, clac, clac. Un sonido seco contra las baldosas que se acercaba con una precisión imposible de ignorar. Mateo contó los pasos sin querer hacerlo. Uno. Dos. Tres. Se detuvieron justo frente a su cubículo.

La risa cesó.

Una sombra se proyectó sobre la cortina de plástico blanco, alargada por la luz del techo. Mateo miró la silueta sin respirar. Unos dedos largos aparecieron por el borde de la cortina y la apartaron apenas unos centímetros, lo suficiente para que se colara un hilo de aire frío del vestuario y el olor a perfume caro.

—¿Hola? —dijo una voz femenina, con un tono que no sonaba nada sorprendido—. ¿Hay alguien ahí?

Mateo tenía dos opciones. La primera era encogerse contra la pared del fondo, esperar a que se aburrieran y se marcharan, como había hecho siempre con todo lo incómodo en su vida. La segunda era algo que no había intentado nunca.

Giró la cabeza hacia la abertura de la cortina. El agua le corría por la cara y le obligaba a entrecerrar los ojos, pero consiguió distinguir dos figuras al otro lado. Una mujer alta, de pelo claro recogido en un moño tirante, con los brazos ya cruzados sobre el pecho. Y otra más baja, de pelo oscuro, que era quien sostenía la cortina entre dos dedos como si fuera a inspeccionar mercancía.

—¿Se equivocaron de vestuario? —soltó Mateo.

La voz le salió temblorosa. Una vibración incómoda en la garganta que le hizo sonar más joven de lo que era, o quizá más asustado de lo que quería admitir. Pero la pregunta estaba ahí, flotando en el vapor del cubículo, y él no había salido corriendo.

Las dos mujeres se miraron. Fue un intercambio breve, apenas un segundo, pero en ese segundo algo pasó entre ellas que Mateo no supo interpretar del todo. La alta arqueó una ceja. La morena sonrió de lado.

Y entonces se echaron a reír.

No fue una risa burlona. Era genuina, de esas que nacen del vientre y escapan sin permiso, y por algún motivo eso lo hizo sentir peor que si se hubieran mofado de él. Una burla habría tenido sentido. Esto no.

—No, cariño —dijo la mujer alta cuando recuperó el aliento—. No nos equivocamos.

Apoyó una mano en el marco del cubículo y se inclinó un poco hacia la cortina. Tenía los ojos claros, casi grises, y una sonrisa que no prometía nada bueno.

—Sabemos exactamente quién eres.

Mateo tragó saliva. El agua seguía cayendo sobre su espalda y empezaba a sentirse demasiado caliente, o quizá era su propia piel la que se estaba calentando por dentro. No dijo nada. No supo qué decir.

La morena aprovechó el silencio para inclinarse también hacia la cortina, aunque lo hizo con más suavidad, como quien se acerca a un animal asustado sin querer espantarlo del todo.

—Te hemos visto entrenar —dijo—. Varias tardes seguidas. Siempre eliges la máquina del rincón, esa que está medio escondida detrás de la columna. Y siempre te vas antes de que llegue el turno de noche.

Su tono era tranquilo, casi amable, y eso era lo más inquietante de todo. Hablaba como si estuviera describiendo el clima.

—Tu timidez —continuó la morena— fue justo lo que nos trajo hasta esta ducha.

No apartó la vista de él ni un segundo mientras lo decía. Mateo sintió que se le cerraba la garganta. El vapor del cubículo se volvió denso de repente, difícil de respirar, y el corazón le golpeaba contra las costillas con una insistencia que le resultaba humillante.

Quiso decir algo ingenioso. Algo que sonara a que tenía el control de la situación, aunque fuera mentira. Pero las palabras se le quedaron atascadas en algún punto entre el pecho y la boca.

La mujer alta ladeó la cabeza.

—¿Vas a quedarte ahí toda la tarde? —preguntó—. Porque nosotros tenemos tiempo, pero el agua caliente del gimnasio se acaba a las ocho.

Mateo miró el grifo. Luego miró las dos siluetas al otro lado de la cortina. Luego volvió a mirar el grifo.

Y por primera vez en mucho tiempo, no supo cuál era la salida más rápida.

Las dos mujeres se miraron otra vez. Ese intercambio silencioso que parecía tener un idioma propio, hecho de cejas y comisuras de labios. La alta negó con la cabeza, como si Mateo acabara de decir algo gracioso sin proponérselo, y la morena se cubrió la boca con la mano para ahogar lo que ya era imparable.

La carcajada salió igual. Genuina, sin maldad, y por eso mismo más desconcertante.

—Sabemos exactamente quién eres —repitió la alta, apoyando la mano en el marco del cubículo con una familiaridad que a Mateo le pareció fuera de lugar—. Mateo. Veinte años. Vives con tu madre en el edificio de la esquina, el de las persianas verdes. Trabajas en el almacén de la ferretería los martes y los jueves.

Cada dato caía sobre él como una piedra en agua quieta. No eran cosas que se averiguaran por casualidad. Eran cosas que alguien se había tomado la molestia de averiguar.

—Eso es… —empezó, pero no encontró cómo terminar la frase.

—¿Preocupante? —sugirió la morena—. Un poco, sí. Lo entiendo.

Se inclinó hacia la cortina con un movimiento lento, sin prisa, y Mateo notó que el aire del cubículo cambiaba de temperatura. O quizá era su propia piel, que llevaba un rato sin saber qué hacer consigo misma.

—Pero no te asustes todavía —dijo ella—. Tu timidez fue justo lo que nos trajo hasta esta ducha. La forma en que te escondes detrás de las máquinas, cómo miras el suelo cuando alguien se te acerca a pedir turno. Esa manera tuya de desaparecer en el fondo de cualquier habitación.

Hablaba con una calma que resultaba casi peor que si gritara. Como si estuviera recitando una lista de la compra.

—Nos fijamos en ti hace semanas —continuó—. Y decidimos que valía la pena esperar el momento adecuado.

Mateo sintió que el agua le corría por la espalda sin que él la registrara del todo. Su atención estaba entera en esa voz, en esos ojos oscuros que no se apartaban de él ni un instante, ni siquiera para parpadear.

—¿Semanas? —consiguió decir.

—Semanas —confirmó ella.

El grifo seguía abierto. El agua caía y caía, y en algún momento Mateo se dio cuenta de que llevaba demasiado rato bajo el chorro sin moverse, como un idiota. Alargó la mano y cerró el grifo de golpe.

El silencio que siguió fue casi físico. El agua escurría por su cuerpo en hilos finos que goteaban contra las baldosas, y más allá del vestuario llegaba el eco lejano de las pesas al chocar en la sala principal. Un sonido metálico, repetitivo, que de pronto parecía venir de otro mundo.

—Vaya —dijo la alta—. Eso ha sido dramático.

La morena soltó una risita breve.

Mateo se pasó una mano por la cara para quitarse el agua de los ojos. Sin el ruido del grifo, el silencio del vestuario se volvía incómodo, y él no tenía ni idea de qué hacer con las manos ni con la mirada ni con nada.

—Necesito… —empezó.

—¿Una toalla? —La alta ya estaba girándose hacia el gancho exterior, donde colgaba la toalla que Mateo había dejado antes de meterse—. Claro.

La agarró con dos dedos y se la tendió hacia la cortina. No se la acercó al borde. La sostuvo en el aire, a medio metro del cubículo, obligándolo a estirar el brazo fuera si quería alcanzarla.

Mateo miró la toalla. Luego miró el brazo extendido de la mujer. Luego miró su propia mano, todavía mojada, apoyada en la pared.

Podía quedarse ahí. Podía decirles que se fueran, que lo dejaran en paz, que esto no era gracioso. Podía esperar a que se cansaran y se marcharan, como había hecho siempre con todo lo incómodo en su vida.

Pero algo en la forma en que la mujer sostenía la toalla, sin moverla ni un centímetro, le dijo que no pensaba ceder.

Mateo estiró el brazo fuera del cubículo. El aire frío del vestuario le erizó la piel desde la muñeca hasta el hombro, y sus dedos rozaron la tela antes de agarrarla con firmeza. La mujer no soltó de inmediato. Durante un segundo entero, ambos tiraron de la toalla en direcciones opuestas.

Luego ella aflojó los dedos y sonrió.

—Bien —dijo—. Al menos no eres tan cobarde como pareces.

Mateo se echó la toalla sobre los hombros y la apretó contra el pecho. No dijo nada. Pero tampoco se escondió detrás de la cortina, y eso, por pequeño que fuera, ya era algo.

Mateo se secó a medias detrás de la cortina, con movimientos torpes y rápidos, consciente de que las dos mujeres seguían ahí, al otro lado, sin ninguna intención aparente de marcharse. La toalla le raspaba la piel todavía húmeda y le dejaba zonas sin secar en la espalda, pero no iba a quedarse más tiempo del necesario bajo el chorro de sus miradas.

—Te hemos visto entrenar varias tardes seguidas —dijo la morena, apoyando un hombro contra la pared del cubículo—. Siempre eliges la máquina del rincón. La de la columna. Esa donde no te ve nadie desde la entrada.

Mateo se detuvo con la toalla a medio pasar por la nuca.

—Y siempre te vas antes de que llegue el turno de noche —añadió ella—. Como si tuvieras miedo de que alguien te reconociera.

No lo dijo con burla. Lo dijo como quien comenta el clima, con una naturalidad que resultaba más incómoda que cualquier insulto. Mateo terminó de secarse en silencio y se pasó la toalla por el pelo, que le caía sobre la frente en mechones oscuros y desordenados.

La mujer alta dio un paso atrás. Cruzó los brazos sobre el pecho con un movimiento pausado, casi teatral, y lo miró desde su altura con una expresión que Mateo no supo descifrar del todo.

—Esto no es un encuentro casual —dijo—. Llevamos semanas esperando el momento adecuado para hablar contigo.

—¿Semanas? —repitió Mateo, aunque ya lo había dicho antes y sonaba igual de estúpido la segunda vez.

—Semanas —confirmó ella—. No es tan difícil, si una presta atención. La gente cree que pasar desapercibido es lo mismo que ser invisible. No lo es.

Mateo apretó la toalla contra el pecho. La tela estaba húmeda y fría contra su piel, y él la sujetaba como si fuera lo único que lo separaba del resto del mundo. Las dos mujeres seguían ahí, esperando algo, y él no tenía ni idea de qué era.

—¿Quién las envía? —preguntó.

La pregunta le salió más firme de lo que esperaba. Casi sonó a algo que un adulto diría en una situación complicada, y por un momento Mateo se sintió extrañamente orgulloso de haberla formulado sin que le temblara la voz.

Las dos mujeres se miraron. No fue un intercambio rápido como los anteriores. Fue largo, deliberado, cargado de algo que Mateo no alcanzaba a comprender. La alta ladeó la cabeza apenas unos grados. La morena arqueó una ceja. Y luego ambas sonrieron al mismo tiempo, como si acabaran de recordar un chiste privado que solo ellas conocían.

No respondieron.

El silencio se estiró entre ellos como un cable tenso, y Mateo sintió que el corazón le latía demasiado rápido para lo poco que estaba haciendo. La toalla goteaba contra sus pies descalzos. Una gota. Otra. El eco de las pesas seguía llegando desde la sala principal, ajeno a todo esto.

La morena se separó de la pared y se acercó de nuevo a la cortina. Esta vez no la apartó con los dedos. Se quedó a un palmo del plástico blanco, tan cerca que Mateo podía oler su perfume por encima del vapor residual del cubículo. Algo floral, con un fondo amaderado que no supo identificar.

—Mateo —dijo ella en voz baja.

Su nombre sonaba distinto en su boca. Más pesado. Como si tuviera un significado que él no conocía.

—Tu madre se llama Carmen, ¿verdad?

El aire se le fue de los pulmones de golpe. Mateo se quedó completamente inmóvil, con la toalla aún goteando entre las manos y el agua escurriéndole por las piernas sin que él lo notara. La mujer no había levantado la voz ni había cambiado el tono. Lo había dicho igual que todo lo demás, con esa calma irritante, como si estuviera comentando el precio de la verdura.

Pero el nombre de su madre flotaba ahora en el vestuario, entre las cortinas y los bancos vacíos y los fluorescentes que llevaban meses pidiendo un cambio.

—¿Qué? —dijo Mateo.

La palabra le salió ronca, casi inaudible.

La morena no añadió nada más. Se limitó a mirarlo con esa sonrisa tranquila, sin maldad aparente, mientras la mujer alta permanecía unos pasos atrás con los brazos cruzados y una expresión que podría haber sido satisfacción o simple paciencia.

Mateo apretó la toalla contra el pecho hasta que los nudillos le dolieron. El agua seguía goteando desde sus manos hasta el suelo del cubículo, formando un pequeño charco que se extendía lentamente hacia la rejilla del desagüe.

Y en medio de ese silencio, con el nombre de su madre todavía resonando en el aire húmedo del vestuario, Mateo comprendió que ya no había ninguna salida rápida.

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