Published on October 28, 2026

Estefanía tenía ya veinte años, pero ni ella misma negaba que fuera un poco "malcriada". Lo admitía sin dramas, casi con gusto, como quien confiesa un vicio menor que la vuelve más interesante ante los demás. Se decía que era una actitud traviesa que resultaba encantadora, aunque eso dependía de a quién le preguntaras. Para algunos era un rasgo simpático, una chispa de niña rica que se permitía caprichos sin culpa alguna. Para otros, en cambio, era puro descaro disfrazado de gracia. Nadie permanecía indiferente ante Estefanía, y ella misma parecía disfrutar de esa indefinición.

Su cuerpo tenía la clase de curvas que hacían girar cabezas en la calle. No era alta, pero llevaba su estatura con una seguridad que la hacía parecer más imponente de lo que era. El pelo castaño le caía en ondas suaves hasta media espalda, y solía recogerlo en un moño desordenado cuando estaba en casa. Sus ojos eran grandes, oscuros, con una mirada directa que incomodaba a quien no aguantaba el escrutinio. La piel morena clara contrastaba con la ropa clara que prefería vestir. De cintura estrecha y caderas anchas, caminaba con un balanceo natural que ella no fingía y del que a veces no se daba cuenta.

A ella le encantaba mirarse en un espejo su cuerpo desnudo. Toquetear sus pechos, que eran bastante grandes y pesados al sostenerlos, con los pezones oscuros y sensibles al roce. Darse la vuelta y mirarse el culo redondo y firme, palparse las nalgas con las dos manos para comprobar su consistencia. Pasaba los dedos a través de su sexo depilado con esmero, sintiendo el calor húmedo antes de empezar a tocarse. Tenía las piernas largas y torneadas, la piel sin marcas salvo una pequeña cicatriz en la rodilla derecha por una caída de infancia. Se podría decir que estaba enamorada de ella misma y, si fuera posible, no dudaría en follar con ella misma. La idea le excitaba bastante. Por eso, bien se podía decir que ella era una persona bastante egocéntrica.

Una de las personas que no toleraban demasiado su comportamiento más o menos infantil era su primo, Roberto. Él era alto y fuerte, con un rostro siempre serio que no admitía ningún tipo de bromas. Tenía las manos grandes, de esas que parecen capaces de romper cosas sin proponérselo, y una mandíbula cuadrada que se tensaba cada vez que ella abría la boca para decir alguna tontería. A Estefanía le gustaba por eso precisamente, por lo fácil que resultaba hacerlo rabiar con sus comentarios. Había algo en la forma en que él la miraba, como si estuviera a punto de perder la paciencia, que la dejaba con ganas de seguir picándolo. En cuanto a él, le gustaría que su prima se tomara un poco más en serio su vida.

Esta historia comienza un día cualquiera de un verano sin demasiada importancia, cuando ambos se quedaron solos en la casa de Estefanía. Sus padres habían salido temprano a visitar a unos tíos del pueblo y no volverían hasta la noche, de modo que la casa entera les quedaba por delante sin más testigos que el calor. Roberto llevaba allí desde el viernes. Sus padres lo habían mandado una semana para que ayudara con unas obras en el jardín, o eso le habían dicho a él, y aunque el trabajo se había terminado el sábado por la tarde no había hecho ademán de venir a recogerlo.

Estefanía todavía vivía con sus padres porque le daba pereza buscarse un sitio nuevo. Se daba cuenta de que, si quería vivir su vida como realmente quería, necesitaba largarse cuanto antes, y casi todas las noches hacía planes concretos para hacerlo. Por la mañana los planes se le deshacían sin ningún drama: buscar habitación implicaba llamadas, visitas y explicaciones, y todo eso le daba aún más pereza que seguir donde estaba. Con Roberto en la casa, sin embargo, la idea de quedarse se le antojaba de repente mucho más interesante. No sabía bien qué hacer con eso, con las ganas absurdas de provocarlo hasta ver cuánto aguantaba antes de explotar. No era solo capricho: con sus padres en casa, follar a voz de grito en su propia habitación no era una opción viable. Por el momento, todas sus escaramuzas sexuales había sido bastante patéticas y su líbido no hacía nada más que crecer y crecer, esperando el momento en que alguien por fin la hiciera chillar de placer.

Un domingo por la mañana, el calor ya pesaba desde temprano. El ventilador del pasillo agitaba el aire caliente sin convencer a nadie, y las sábanas se pegaban a la piel como si alguien las hubiera rociado con agua tibia. En la casa no se oía nada salvo el zumbido del aparato y el golpeteo lejano de una canción que llegaba de algún vecino. Estefanía estaba tumbada boca abajo en la cama, disfrutando la modorra con la ventana entreabierta, cuando Roberto entró en su habitación con el rostro enrojecido, de irritación o de calor, quién sabía. Ella solo vestía una camiseta vieja y unas bragas, y la camiseta se le había subido hasta dejarla a medio muslo. Su primo no parecía darse cuenta del estado de casi desnudez, ocupado como estaba en apretar el puño alrededor del cepillo de dientes. Le dijo:

—¡¿Has usado mi cepillo de dientes?!

—Sí, es que son muy parecidos —le contestó Estefanía.

—Tú no te tomas nada en serio, ¿verdad? ¡Absolutamente nada! ¡Tus padres deberían de haberte castigado con más dureza durante tu infancia! Siempre has sido una consentida y mira como has acabado —Él dejó el cepillo sobre la cómoda con un golpe seco. Tenía el cuello tenso, y las gotas de sudor le corrían por la sien. Estefanía lo observó desde la almohada y pensó que ni siquiera el calor conseguía ablandarlo. Al escuchar esto, una nueva idea traviesa apareció en su mente.

—Es cierto, pero todavía estoy a tiempo de ser redimida. Quizás unos cachetes en el culete me hagan reconsiderar mi comportamiento —dijo, y estiró los brazos, tomándose su tiempo para que la camiseta se subiera más. Luego se puso a cuatro patas sobre el colchón y arqueó la espalda hasta dejar bien visible el culo frente a Roberto.

Y vaya si lo era: dos nalgas redondas y firmes, con ese moreno cálido que a ella le parecía más bonito bajo el sol del verano. El sudor le brillaba entre los muslos y en la parte baja de la espalda, y ella sabía perfectamente el cuadro que estaba ofreciendo desde aquel ángulo. Agitó el culo de un lado a otro, despacio, con la lentitud estudiada de quien sabe lo que enseña y disfruta con cada segundo que el otro tarda en reaccionar. Le divertía verlo apretar la mandíbula. Le divertía imaginar a qué olía la habitación para él en ese momento, con el sudor y el calor mezclados en algo que no se parecía a nada inocente bajo el sol del mediodía. Se dejó caer un poco más sobre los codos, arqueando la espalda hasta que el culo quedó bien alto, y le lanzó una mirada por encima del hombro, con esa sonrisa suya de niña mala que no pedía permiso.

Estefanía pensó que Roberto se acobardaría y se largaría de la habitación con el rabo entre las piernas.

Nada más lejos de la verdad. Roberto la miró un segundo largo, el tiempo justo para que a Estefanía se le helara la sonrisa. Luego se pasó la mano por la frente sudada y la dejó caer sobre el muslo.

—Si es lo que hace falta hacer, lo haré —dijo, y su voz no sonó a broma. Se sentó en el borde de la cama, que crujió bajo su peso, y se dio unas palmadas lentas sobre el muslo—: Ponte sobre mis piernas.

Estefanía se quedó bastante confusa ante esto. No se esperaba ni en mil años que Roberto se comportase de aquella manera. El ventilador del pasillo seguía girando con su zumbido inútil, moviendo un aire que ya venía caliente de la calle. Hasta las paredes parecían sudar. Lo cierto es que la idea la excitó un poco y se fijó en Roberto de otra manera. A pesar de su seriedad, él era bastante guapo y siempre le había gustado. Su personalidad solía ser un poco coñazo, aunque cuando se relajaba solía ser bastante divertido. En pocas, muy pocas, ocasiones. Estefanía dudó entre hacerle caso o no, pero se dio cuenta de que podía echarse atrás. Sería perder. Le lanzó una sonrisa coqueta a su primo.

—Por supuesto.

Se levantó de la cama con la lentitud de quien no tiene ninguna prisa y cruzó los dos pasos que la separaban de él. La camiseta le colgaba floja, pegada al cuerpo por el sudor en la espalda y bajo los pechos, y ella notaba cada centímetro de tela húmeda contra la piel. Se colocó sobre las piernas de Roberto, una rodilla a cada lado de sus muslos, y el calor de él subió por sus propios muslos como si acabaran de abrir un horno. Él no la agarró todavía; solo apoyó las manos abiertas en sus caderas, grandes y ásperas contra lo suave, esperando a que ella se acomodara.

Estefanía levantó un poco el culo, arqueando la espalda hasta sentir el tirón en los riñones, con las bragas tensas entre las nalgas y el aire caliente del ventilador rozándole la piel descubierta. De pronto, la mano de Roberto cayó sobre sus nalgas con un chasquido seco que sonó más fuerte que cualquier otro ruido de la casa. El escozor llegó medio segundo después, una quemazón ancha que se extendió despacio por toda la nalga derecha, y ella apretó los dientes para no soltar un grito. No había sido dolor exactamente, o sí, pero el dolor tenía una textura que no se parecía a nada que hubiera sentido antes: caliente, con los pelos de la nuca erizados y una humedad repentina entre los muslos que echó la culpa al verano aunque sabía perfectamente que no era el verano.

Los siguientes cachetes cayeron igual de buenos, uno tras otro, sin pausa entre medias. Roberto tenía la mano pesada y le daba justo donde ya escocía, sobre la misma nalga hasta que Estefanía perdió la cuenta. El ventilador seguía removiendo el aire caliente del pasillo, que llegaba a la habitación como un aliento tibio y no aliviaba nada. El verano hacía que todo se pegara: la camiseta al vientre, los muslos al pantalón de Roberto, el pelo a la nuca. Estefanía sentía el escozor subirle por la espalda en oleadas y, con él, algo peor, una humedad que ya no podía atribuir al calor. Un gemido de placer escapó de su boca y se sintió un poco avergonzada. Entonces notó algo duro presionándole el estómago cada vez que bajaba el culo con el golpe, una presión que al principio no supo colocar y que enseguida se volvió inconfundible: era una erección. El miembro de Roberto que, sin lugar a dudas, no había podido contenerse. ¿Y quién lo podría culpar aquella situación? Ella se levantó un poco, con las rodillas todavía a los lados de sus muslos, y lo miró directamente. La tela del pantalón de Roberto marcaba sin disimulo lo que llevaba debajo, y él ni siquiera intentaba taparse. A Estefanía se le fue la vista ahí, a esa forma abultada, y sintió un calor nuevo que le subió desde el estómago hasta la cara. Le divertía pensar que su primo tan serio había reaccionado así a sus cachetes. Lo peor era el aire quieto de la habitación, que le hacía sentir cada centímetro de piel sudada bajo la camiseta. Estaba excitada más que nunca, había en aquello un punto de prohibido que la encendía. Se mordió el labio inferior y, sin apartarle los ojos de encima, se agarró el ruedo de la camiseta con las dos manos. La levantó despacio, dejando al descubierto primero el vientre, luego las costillas, después la curva pesada de los pechos que cayeron libres al salir de la tela. El aire caliente le erizó los pezones de inmediato. La tiró a un lado de la cama sin mirar dónde caía.

Roberto no dijo nada. Se quedó quieto bajo ella, con las manos todavía abiertas sobre sus caderas, pero la mirada se le había ido hacia abajo y ya no volvió a subir. Estefanía notó cómo los dedos de él se cerraban un poco más, cómo la respiración le cambiaba el ritmo contra su estómago. Le gustó tenerlo así, callado por fin, sin una sola frase seria que soltarle.

—¿Y ahora qué? —preguntó ella, con la voz más ronca de lo que esperaba.

Él tardó en contestar. Tenía la mandíbula tensa otra vez, aunque ya no por irritación. Levantó una mano de la cadera y la subió por el costado de Estefanía, despacio, como si le costara decidirse. El pulgar le rozó la parte baja del pecho y ella contuvo el aire. Fuera, el ventilador seguía zumbando igual, ajeno a todo.

Estefanía le puso las dos manos en el pecho y empujó. No fue un empujón fuerte, pero Roberto no lo esperaba con el peso del cuerpo repartido así, medio recostado sobre un brazo, y perdió el equilibrio sin resistencia. Cayó de espaldas sobre el colchón, que rebotó una vez bajo los dos, y el ventilador del pasillo siguió con su zumbido como si nada hubiera pasado.

Antes de que él pudiera incorporarse, Estefanía ya tenía una rodilla a cada lado de su cadera y se sentaba sobre su estómago. Podía sentir la erección bajo ella, dura contra el hueso de su propio pubis, y la tela del pantalón de él, caliente y áspera contra la parte interna de sus muslos. Se inclinó hacia delante sin prisa, apoyando las manos en la almohada a los lados de la cabeza de Roberto, y dejó que los pechos le colgaran justo encima de su cara.

La punta de un pezón le rozó la barbilla. Roberto cerró la boca y tragó saliva. Tenía los ojos fijos en lo que le colgaba a un palmo de la nariz y las manos quietas a los costados, como si no supiera dónde ponerlas. Estefanía se movió apenas, un balanceo corto de caderas que le subió el pecho y volvió a bajarlo, y esta vez el pezón le pasó por los labios. Él soltó el aire por la nariz, despacio.

—¿Ves? —dijo ella, con la voz baja—. Así se me quitan las tonterías.

Roberto no contestó. Levantó una mano y se la puso en la espalda, abierta, sudada, y tiró de ella hacia abajo hasta que el pecho le quedó aplastado contra la cara.

La lengua de Roberto le subió por el pecho sin aviso, áspera y caliente, y le pasó por encima del pezón con una lentitud que no tenía nada que ver con la prisa de las manos. Estefanía soltó un gemido que le salió del centro del pecho y se le quedó vibrando en la garganta. Él repitió el movimiento, primero un pezón y después el otro, chupando como si llevara horas aguantándose las ganas. Le mordió apenas con los dientes y ella arqueó la espalda hasta que los riñones le dolieron.

—Ahí —dijo, sin reconocer su propia voz.

Roberto le agarró un pecho con la mano entera y se lo apretó hacia arriba para lamerle la punta desde abajo. El sudor le daba un sabor salado que a Estefanía le puso la piel de gallina en los brazos. Le pasó la lengua en círculos, despacio, y después volvió a chupar, tirando del pezón con los labios hasta que ella se movió sobre su estómago, restregándose sin darse cuenta. La erección de él le presionaba justo debajo del hueso, y cada lameada le hacía apretar las caderas hacia delante como si tuviera un resorte en la espalda.

Las manos de Roberto le bajaron hasta el culo y se lo agarraron por encima de las bragas. Los dedos se le hundieron en la tela húmeda y ella se dejó caer un poco más sobre su cara, con los codos clavados en la almohada a los lados de su cabeza. El ventilador seguía zumbando en el pasillo. A Estefanía ya no le importaba el calor ni el sudor ni que la casa entera pudiera oler a lo que estaba pasando en esa habitación.

—¿Tienes condones? —preguntó Estefanía, con la boca pegada a su oreja.

Roberto abrió los ojos, sorprendido por la pregunta en medio de todo aquello.

—En mis pantalones —dijo—. En la cartera.

Estefanía se incorporó sobre sus rodillas y bajó las manos hasta la cintura de él. Le desabrochó el botón y bajó la cremallera sin ninguna prisa, con los dedos rozando la tela por encima. Roberto levantó las caderas para que ella pudiera tirar del pantalón y de los calzoncillos de una sola vez, y el pene le saltó libre contra el vientre, erecto y pesado, con la punta brillante de humedad. Estefanía se quedó mirándolo un momento. Era grande, más de lo que había imaginado en las veces que se había permitido imaginarlo, grueso en la base y con una vena que le recorría el costado. Se mordió el labio y sonrió.

—Vaya —dijo—. Quién lo diría de ti, primo.

Metió la mano en el bolsillo del pantalón caído en la cama y sacó la cartera. Dentro había dos condones doblados en un compartimento, como si los llevara ahí desde hacía tiempo esperando una ocasión. Estefanía rasgó uno con los dientes y se lo colocó sobre la punta con dos dedos, sin dejar de mirarlo a los ojos. Bajó el anillo de látex muy despacio, apretando al bajar, deteniéndose a mitad para volver a subirlo un poco y hacerlo bajar otra vez. Roberto cerró los puños sobre las sábanas y soltó el aire entre los dientes.

—¿Me deseas de verdad? —le preguntó ella, con la voz tranquila, casi curiosa—. Porque si no, puedes vestirte e irte ahora mismo. No me ofendería.

Roberto no apartó los ojos de ella. Tenía el pecho subiendo y bajando rápido bajo la camiseta sudada, y las manos le temblaban un poco sobre las sábanas.

—Me quedo —dijo.

Estefanía se sostuvo con una mano en el pecho de él y con la otra guio la punta hacia abajo, hasta notarla presionándole la entrada. Se quedó así un segundo, con el peso del cuerpo repartido en las rodillas y el aire caliente del ventilador pegándole en la espalda sudada. Luego bajó las caderas despacio, dejando que él la abriera centímetro a centímetro. La primera embestida le arrancó un suspiro largo, y se detuvo a medio camino para acostumbrarse al grosor, con los muslos temblándole a los lados de la cadera de Roberto.

—Joder —dijo él, entre dientes.

Estefanía se rio por lo bajo y siguió bajando hasta sentarlo entero. Se quedó quieta arriba, sintiéndolo pulsar dentro, y se pasó una mano por el pelo para apartarse los mechones que se le habían pegado a la frente. Después empezó a moverse, un vaivén corto y lento que le hacía cerrar los ojos cada vez que volvía a subir casi hasta la punta. Las sábanas crujían bajo las rodillas de Roberto, que le había puesto las dos manos en el culo y la ayudaba a marcar el ritmo.

—Más rápido —pidió él.

Ella negó con la cabeza, sonriendo, y siguió igual de despacio, apretando los músculos a propósito en cada bajada para verlo apretar la mandíbula. Lo hizo hasta que él soltó un gruñido y le clavó los dedos en las nalgas, impaciente. Entonces Estefanía se apoyó en sus hombros y aceleró de golpe, rebotando sobre él sin miramientos, con los pechos saltándole y el sudor corriéndole entre ellos. El chasquido de la piel se mezcló con el zumbido del ventilador y con los jadeos de los dos, que ya no intentaban disimular nada.

—Así —dijo ella, con la voz entrecortada—. Así, no pares.

Roberto le agarró una nalga con cada mano y empujó hacia arriba para salirle al encuentro, y Estefanía perdió el ritmo lento del todo.

Se dejó ir sobre el pecho de Roberto, con la cara hundida en su cuello y las caderas moviéndose por su cuenta, sin ritmo, sin nada que se pareciera a la paciencia con la que había empezado. Él le respondía desde abajo con unas embestidas cortas y profundas que le sacaban el aire de los pulmones cada vez. La camiseta de Roberto, empapada, le raspaba los pezones con cada rebote, y ese detalle insignificante era el que más la estaba volviendo loca.

—No pares —repitió ella, aunque ya no hacía falta pedirlo.

Las manos de Roberto le subieron por la espalda hasta los omóplatos y la apretaron contra sí, y Estefanía sintió cómo le temblaban los brazos bajo el esfuerzo. Un calor denso empezó a subirle desde la entrepierna, un nudo que se cerraba y se abría al mismo tiempo. Se incorporó lo justo para mirarlo a la cara. Roberto tenía los ojos entreabiertos y la boca suelta, sin ninguna tensión en la mandíbula por primera vez en todo el día, y a Estefanía le pareció el hombre más guapo que había visto nunca en esa habitación.

—Mírame —le dijo—. No cierres los ojos.

Él la obedeció. La sostuvo con la mirada mientras ella seguía cabalgándolo, cada vez más rápido, con las manos apoyadas en sus hombros y el pelo pegado a las mejillas. El nudo del vientre apretó de golpe y Estefanía supo que ya no podía pararlo aunque quisiera. Se le tensaron los muslos a los lados de la cadera de Roberto y un gemido largo le subió desde muy abajo, un sonido que no había hecho nunca antes y que la sorprendió a ella misma.

—Ay, Dios —dijo, y después ya no dijo nada más.

El orgasmo le llegó en oleadas anchas que le sacudieron las caderas hacia delante sin control, una detrás de otra, mientras Roberto seguía empujando desde abajo con los dientes apretados. Ella se agarró a sus hombros como si fuera a caerse de algún sitio alto, temblando entera, con el vientre pegado al suyo y las piernas cerradas alrededor de su cintura.

Roberto aguantó tres embestidas más. En la cuarta soltó un gruñido sordo contra su pelo y se vació dentro del condón, con las caderas levantadas del colchón y los dedos clavados en la espalda de Estefanía lo suficiente como para dejar marca. Después cayó de espaldas, exhausto, arrastrándola consigo porque no la soltaba.

Se quedaron así un rato largo, los dos respirando fuerte, con el sudor de sus cuerpos mezclándose donde se tocaban. El ventilador del pasillo seguía con su zumbido monótono y afuera el vecino había cambiado de canción sin que ninguno de los dos se diera cuenta. Estefanía tenía la mejilla sobre el pecho de Roberto y escuchaba su corazón bajar de revoluciones poco a poco. Podía sentir el pene todavía dentro, medio blando ya, y notaba cómo el calor del verano volvía a imponerse sobre todo lo demás.

Comments (0)

No comments yet. Be the first to share your thoughts!

Sign In

Please sign in to continue.