Capítulo 3: Preparativos
Marinette empujó la puerta de su cuarto y la cerró de un portazo. Se quedó apoyada contra la madera unos segundos, respirando hondo. El pasillo había quedado atrás, con sus murmullos y sus miradas curiosas, y ahora solo estaba ella frente a su propia habitación.
Se lanzó sobre la cama sin preocuparse por nada. El colchón rebotó bajo su peso y ella se quedó boca arriba, mirando el techo blanco. Tenía el coño aún sensible, palpitante, como si Slutty siguiera moviéndose dentro de ella. La tanga negra se le había pegado a los labios y notaba la humedad fría contra la piel.
Todo le daba vueltas en la cabeza. La batalla contra la silueta morada, el dildo doble que las había penetrado a ambas al mismo tiempo, el orgasmo compartido que la había dejado sin fuerzas. Y luego la invitación. Esa maldita invitación que había salido de su boca sin que pudiera controlarla.
¿Practicar? ¿Con Chloe?
Se giró sobre la cama y enterró la cara en la almohada. Podía oler su propio perfume mezclado con el sudor de la pelea. ¿Qué había hecho? ¿Por qué había dicho eso?
Se incorporó de golpe y se sentó en el borde del colchón. El corazón le latía tan rápido que podía sentirlo en las sienes. Se llevó una mano al pecho y la dejó ahí, notando cómo se levantaba y caía con cada respiración.
Su cuarto era pequeño pero acogedor. Las paredes estaban cubiertas de pósters de actrices porno famosas y algunas fotos de ella con Alya en fiestas de la academia. Sobre el escritorio, varios dildos de práctica descansaban en una bandeja de plástico. Todo le recordaba a lo que era, a lo que hacía. Una puta de la academia Fuck-n-Suck, la mejor junto con esa rubia de mierda.
Pero esto era diferente.
No era una práctica de clase. No era una demostración frente a la maestra Buster. Era ella y Chloe, solas, en una habitación, para "practicar". Las comillas sonaban en su cabeza como una advertencia.
Se mordió el labio inferior y apretó los muslos. El roce de la tanga contra su coño sensible la hizo estremecerse.
¿Por qué estaba tan nerviosa? Había estado con chicos antes. Muchos chicos. Era lo que hacía en la academia, era su trabajo, su vocación. Sabía cómo mover las caderas, cómo gemir, cómo hacer que un hombre se viniera en segundos. Pero nunca había estado con una chica.
Nunca.
Se mordió el labio con más fuerza, casi hasta hacerse daño. La idea la ponía nerviosa de una manera que no sabía explicar. No era miedo al sexo, eso lo tenía claro. Era otra cosa. Algo sobre estar tan cerca de Chloe, sobre compartir ese espacio íntimo con su rival, sobre dejar que la rubia la viera vulnerable.
Soltó un suspiro y se levantó de la cama.
Caminó hacia el espejo de cuerpo entero que colgaba en la pared opuesta. Se miró: el pelo negro recogido en las coletas altas, los ojos azules algo vidriosos, las mejillas sonrojadas. Llevaba el mini short rosa arrugado y la tanga negra asomando por los bordes. Parecía una puta cansada después de una batalla. Porque lo era.
Se desabrochó el short y lo dejó caer al suelo. Se quitó la tanga con un movimiento rápido y se quedó desnuda frente al espejo. Su cuerpo era esbelto pero curvilíneo, las tetas firmes y generosas con los piercings plateados brillando bajo la luz tenue. El vello negro de su coño estaba húmedo y despeinado, señal de la excitación que aún no se había ido.
Se giró para mirarse el culo. Estaba rojo por las marcas del short, pero firme y redondo. Satisfactoria, pensó.
Abrió el armario y rebuscó entre su ropa. Necesitaba algo que la hiciera sentir segura, poderosa. Algo que le dijera a Chloe que no era una novata, que sabía lo que hacía.
Encontró un body de encaje negro en el fondo del armario. Era una pieza que apenas había usado, demasiado elegante para las clases diarias. El encaje era fino, casi transparente, con un escote profundo que dejaría ver la mitad de sus tetas. Un liguero del mismo color colgaba de él, con cuatro tiras para sujetar las medias.
Sacó las medias de red de un cajón. Eran largas, hasta el muslo, con una liga en la parte superior para que no se cayeran.
Se vistió frente al espejo, lentamente. Primero las medias, deslizándolas por sus piernas una a una, ajustando la liga en el muslo. Luego el liguero, enganchándolo a las medias con cuidado. Por último, el body.
La tela de encaje se deslizó sobre su piel como una caricia. Se lo subió hasta los hombros y ajustó los tirantes. El escote dejaba ver el inicio de sus tetas, los pezones cubiertos apenas por el encaje negro. El body se ceñía a su cintura y se abría en la entrepierna, dejando su coño al descubierto.
Se miró en el espejo y sonrió.
Se veía puta. Se veía poderosa. Se veía lista.
Pero en el fondo, muy en el fondo, el nerviosismo seguía ahí, latiendo en su pecho como un segundo corazón.
Nunca se había comido a una chica. Y esa noche iba a ser la primera vez.
Chloe abrió la puerta de su cuarto y la cerró con el pie, sin molestarse en mirar atrás. Se quedó de pie en medio de la habitación, respirando hondo. El olor a sudor y sexo aún impregnaba su ropa, mezclado con ese aroma dulzón que había dejado la batalla.
Se dejó caer sobre el borde de la cama y se quedó mirando la pared vacía. Tenía el coño sensible, palpitante, como si aún sintiera el dildo doble dentro de ella. Se tocó el piercing del pezón derecho, girando el aro dorado entre los dedos.
¿Qué había hecho? ¿Por qué había aceptado?
Se levantó de un salto y empezó a caminar de un lado a otro. La habitación era más grande que la de Marinette, con muebles dorados y una cama con dosel que ocupaba la mayor parte del espacio. Sobre la mesita de noche, una foto de ella con Sabrina sonriendo en la fiesta de bienvenida. Todo le recordaba a su estatus, a quién era.
Pero esto era diferente.
No era una práctica de clase. No era una demostración. Era ella y Marinette, solas, en su cuarto, para "practicar". Esa palabra sonaba tan falsa en su cabeza que casi se rió en voz alta.
Se detuvo frente al armario y lo abrió de golpe. Necesitaba algo que la hiciera sentir que controlaba la situación. Algo que le dijera a esa peli-negra que no se iba a dejar intimidar.
Rebuscó entre la ropa hasta encontrar el vestido dorado de cadena. Era una pieza que había comprado en una tienda de lujo, pensando en usarla para alguna ocasión especial. El vestido era ajustado, hecho de cadenas doradas entrelazadas que dejaban ver casi toda la piel. Las tetas quedaban casi al descubierto, solo cubiertas por unos triángulos de tela dorada que apenas sostenían los pezones. La cadena bajaba por el torso, marcando la cintura, y se abría en la cadera dejando ver las tangas que llevara debajo.
Lo sacó del armario y lo sostuvo frente a ella. La tela dorada brillaba bajo la luz tenue del cuarto.
Se desvistió rápido, dejando la ropa sucia en el suelo. Se puso el vestido ajustándolo sobre su cuerpo. Las cadenas se ceñían a sus curvas, marcando cada detalle. Las tetas quedaban casi fuera, los pezones asomando por encima de los triángulos dorados. El piercing del pezón izquierdo brillaba con luz propia.
Se miró en el espejo de cuerpo entero que colgaba en la pared. El vestido le llegaba hasta medio muslo, dejando ver sus piernas largas y tonificadas. El coño peludo dorado asomaba por la abertura lateral.
Agarró el perfume de la mesita y se roció el cuello, las muñecas, detrás de las orejas. El aroma dulce la envolvió, mezclándose con su olor natural.
Estaba lista. O eso quería creer.
Pero en el fondo, muy en el fondo, el nerviosismo seguía ahí. Nunca se había comido a una chica. Y esa noche iba a ser la primera vez.
Marinette salió de su cuarto y caminó por el pasillo. Las luces del techo estaban encendidas, proyectando sombras largas sobre el suelo de madera. Pasó frente a varias puertas cerradas, algunas con música sonando detrás, otras en completo silencio.
Se detuvo frente a la puerta de Chloe. El número dorado brillaba bajo la luz. Levantó la mano para tocar, pero dudó.
¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué había aceptado esto?
Respiró hondo y golpeó la puerta con los nudillos. Tres golpes secos.
Esperó
La puerta se abrió y apareció Chloe. La rubia llevaba un vestido dorado de cadena que dejaba sus tetas casi al descubierto. El piercing del pezón izquierdo brillaba bajo la luz del pasillo. Tenía el pelo suelto, cayendo sobre los hombros, y olía a perfume dulce.
Chloe la miró de arriba abajo, recorriendo su cuerpo con los ojos verdes. Marinette sintió cómo el body de encaje se pegaba a su piel bajo esa mirada.
—Al menos te vestiste decente —dijo Chloe, con una sonrisa burlona.
Marinette rodó los ojos.
—Tú también, para variar.
Chloe se hizo a un lado y la dejó pasar. Marinette entró al cuarto y se quedó de pie en medio, mirando los muebles dorados y la cama con dosel. Todo olía a Chloe, a ese perfume dulce mezclado con algo más. Algo que no sabía identificar.
—Siéntate —dijo Chloe, señalando la cama.
Marinette obedeció, sentándose en el borde del colchón. Chloe fue a la mesita donde había dos copas de plástico y una botella de vino tinto. Sirvió ambas copas y le ofreció una a Marinette.
—Toma.
Marinette aceptó la copa y la sostuvo entre las manos. El plástico estaba frío contra sus dedos. Chloe se sentó en el otro extremo de la cama, dejando un metro de distancia entre ellas.
—Bueno —dijo Chloe, dando un sorbo a su vino—. ¿De qué querías hablar?
Marinette encogió los hombros.
—No sé. Del monstruo morado, supongo.
—¿Qué hay que decir? Le ganamos.
—Cierto.
Se quedaron en silencio. Marinette miró el vino dentro de la copa, cómo se movía con cada pequeño gesto. Podía sentir la mirada de Chloe sobre ella, pero no se atrevía a levantar la vista.
—Fue raro —dijo Marinette al final—. Cuando el dildo se fusionó con el de ella. Sentí... no sé cómo explicarlo.
—Yo también —respondió Chloe en voz baja.
Marinette levantó la vista. Chloe estaba mirando su copa, los dedos rozando el borde de plástico. Tenía las mejillas sonrojadas, ya fuera por el vino o por la conversación.
—Nunca había sentido algo así —continuó Marinette—. Como si no hubiera barreras entre nosotras.
Chola levantó la vista y sus miradas se encontraron.
—Yo tampoco.
El silencio se alargó. Marinette miró su copa, el vino rojo moviéndose con cada pequeño temblor de sus manos. Podía sentir la presencia de Chloe a menos de un metro, su calor, su olor a perfume dulce. La tensión entre ellas era tan densa que casi podía cortarla con los dedos.
No sabía qué hacer. Hablar del monstruo morado era seguro, era neutral. Pero no era lo que realmente quería decir. Lo que realmente quería hacer.
Se giró hacia Chloe y la vio mirándola, los ojos verdes fijos en los suyos. La rubia tenía los labios ligeramente separados, la copa de vino apoyada en el muslo. El vestido dorado brillaba bajo la luz, marcando cada curva de su cuerpo.
Marinette dejó la copa en el suelo. Se inclinó hacia adelante, rápido, antes de que su cerebro pudiera detenerla. Una mano buscó el hombro de Chloe para empujarla hacia atrás sobre la cama. Iba a besarla, iba a romper esa tensión de una vez por todas.
Pero Chloe reaccionó antes de que sus labios se tocaran. Le dio un empujón en el pecho que la lanzó hacia atrás.
—¡Yo mando aquí, perra! —gritó Chloe, los ojos echando chispas.
Marinette cayó sobre la cama, pero se incorporó de inmediato, la sangre hirviéndole en las venas.
—¿Qué mierda te pasa?
—¿Qué me pasa a mí? ¡Tú eres la que se lanza sin avisar!
—Habíamos quedado en practicar, ¿no?
—¡Practicar, no que me violes!
Marinette gruñó y se lanzó contra Chloe. La rubia no esperó, saltó de la cama y se lanzó contra ella. Se encontraron en medio del cuarto, forcejeando, arañándose, tirándose del pelo.
Chloe abrió la boca y mordió el piercing del pezón izquierdo de Marinette. El aro plateado se tensó contra la carne, y Marinette gritó de dolor. Le dio un rodillazo en el estómago a Chloe, haciendo que la rubia soltara el piercing y se doblara hacia adelante.
—¡Hija de puta! —gritó Marinette, llevándose una mano al pecho.
Chloe se enderezó, la cara roja de furia. Tenía una marca de dientes en el labio inferior y el vestido dorado torcido, dejando ver un pezón completamente erecto.
Marinette apretó el puño y le dio un golpe directo en la cara. El impacto resonó en el cuarto. Chloe tambaleó hacia atrás, sorprendida. Tocó su mejilla con los dedos y los miró. No había sangre, pero la marca roja ya empezaba a formarse.
—¡Me pagarás esto, Dupain-Cheng!
Se lanzaron la una contra la otra, cayendo al suelo. Rodaron por la alfombra, arañándose, pateándose, golpeándose donde podían. Marinette sintió cómo las uñas de Chloe se clavaban en su brazo, dejando marcas rojas. Respondió con un pisotón en la espinilla de la rubia.
Se separaron jadeando, cada una en un extremo del cuarto. Marinette estaba cubierta de moretones, el body de encaje roto en varios puntos. Tenía un arañazo en la mejilla y el piercing del pezón izquierdo le dolía donde Chloe lo había mordido.
Chloe no estaba mejor. Tenía el labio partido, el vestido dorado desgarrado en el hombro, y un moretón en el pómulo que empezaba a hincharse.
Se miraron, jadeando, el odio brillando en sus ojos.
Marinette se levantó primero. Se ajustó el body roto como pudo, cubriendo sus tetas con los jirones de encaje. Miró a Chloe, que seguía en el suelo, apoyada sobre los codos.
—Me voy —dijo Marinette, la voz fría—. Esto es patético.
—Vete, entonces —respondió Chloe, sin mirarla.
Marinette caminó hacia la puerta, cojeando ligeramente. Abrió la puerta y salió al pasillo sin mirar atrás. La puerta se cerró de golpe detrás de ella, el sonido resonando en el silencio del pasillo.
Chloe se quedó tirada en el suelo, mirando el techo. El vestido dorado estaba arruinado, la cadena rota en varios puntos. Tenía moretones en los brazos y las piernas, y el labio le sangraba ligeramente.
Se quedó así, inmóvil, escuchando los latidos de su propio corazón. La rabia aún ardía en su pecho, pero debajo de ella, muy en el fondo, había otra cosa. Algo que no quería reconocer.
Chloe se quedó mirando la puerta cerrada. El silencio del pasillo se colaba por las rendijas, mezclándose con el latido furioso de su corazón. Se incorporó lentamente, sintiendo el dolor en cada músculo. El vestido dorado colgaba de su hombro roto, la cadena suelta golpeando contra su cadera.
Se miró en el espejo. Tenía el labio partido, un moretón en el pómulo, el pelo revuelto. Parecía una puta después de una pelea callejera. Pero debajo de la rabia, debajo del dolor, había algo más. Algo que no quería admitir.
No iba a dejar que Marinette se fuera así. No después de haberse preparado tanto. No después de haberse puesto el vestido dorado, de haberse perfumado, de haber esperado como una idiota sentada en la cama.
Salió al pasillo sin pensarlo. Las luces del techo parpadearon cuando pasó bajo una de ellas. Vio a Marinette al final del pasillo, cojeando ligeramente, el body de encaje roto colgando de su cuerpo.
—¡Dupain-Cheng!
Marinette se detuvo pero no se giró.
—Déjame en paz, Chloe.
—Ni de coña.
Chloe caminó hacia ella, sintiendo cómo el vestido se deslizaba sobre su piel. Alcanzó a Marinette y la agarró del brazo. La peli-negra se giró, los ojos azules echando chispas.
—Te dije que me dejaras.
—Y yo te digo que no.
Chloe la jaló hacia atrás, hacia la puerta de su cuarto. Marinette resistió, plantando los pies en el suelo.
—¿Qué mierda haces?
—Lo que teníamos que haber hecho desde el principio.
Marinette forcejeó, pero Chloe era fuerte. La rubia la arrastró hasta la puerta y la empujó hacia adentro. Marinette cayó sobre la alfombra, rodando hasta quedar boca arriba.
Chloe cerró la puerta de un portazo y se quedó de pie frente a ella, jadeando.
—No voy a dejar que esta noche sea una mierda —dijo Chloe, la voz temblorosa—. Me preparé para esto. Tú te preparaste para esto. Y no voy a permitir que tu maldito orgullo lo joda todo.
Marinette se incorporó sobre los codos, la mirada desafiante.
—Mi orgullo no es el problema. Eres tú, siempre queriendo mandar.
—¡Alguien tiene que hacerlo! —Chloe dio un paso adelante—. Si te dejo, te vas a pasar toda la noche quejándote.
—Y si te dejo a ti, vas a querer que te lama las botas.
—¡Prefiero eso a tener que soportar tus estúpidas quejas!
Ambas se quedaron en silencio, mirándose fijamente. La tensión en el cuarto era tan densa que casi podía sentirse en el aire.
Chloe dio otro paso adelante. Estaba tan cerca que podía ver las pequeñas motas de color en los ojos de Marinette.
—Vas a ser mi perra esta noche —dijo Chloe, la voz baja pero firme—. Te guste o no.
Marinette se levantó de un salto, enfrentándola cara a cara. Sus cuerpos casi se tocaban.
—Sueñas, rubia. Si alguien va a ser la perra aquí, vas a ser tú.
Chloe sintió cómo la rabia le subía por el pecho, pero también otra cosa. Una calidez que se extendía desde su vientre hacia abajo.
—Demuéstralo —dijo Chloe, desafiante.
Marinette no dudó. La empujó contra la pared, sujetándole las muñecas. Chloe sintió el golpe en la espalda, pero no le importó. Miró a Marinette a los ojos, sosteniendo su mirada.
—¿Y ahora qué? —preguntó Chloe, la voz ronca.
Marinette la besó.
No fue un beso suave. Fue un choque de labios, de dientes, de lenguas que se buscaban con desesperación. Chloe sintió cómo el sabor a vino y sangre se mezclaba en su boca. Respondió mordiendo el labio inferior de Marinette, tirando de él.
Marinette gimió contra su boca y apretó las muñecas de Chloe contra la pared. La rubia sintió cómo el body de encaje rozaba sus tetas, cómo los pezones perforados se enganchaban en la tela.
Se separaron un segundo, jadeando.
—Esto no significa nada —dijo Marinette.
—Claro que no —respondió Chloe.
Volvieron a besarse, con más fuerza esta vez. Chloe liberó una mano y la metió bajo el body roto de Marinette, encontrando su teta. El piercing plateado estaba frío contra sus dedos. Lo giró, haciendo que Marinette se arqueara contra ella.
Marinette respondió metiendo la mano bajo el vestido dorado, encontrando el coño peludo de Chloe. Estaba húmedo, caliente. Deslizó dos dedos entre los labios, encontrando el clítoris hinchado.
Chloe gimió, la cabeza hacia atrás, golpeando la pared.
—Puta —murmuró.
—Zorra —respondió Marinette.
Cayeron al suelo, enredadas entre los jirones del vestido dorado y el body de encaje. Rodaron por la alfombra, besándose, mordiéndose, arañándose. El dolor se mezclaba con el placer de una manera que ninguna había experimentado antes.
Chloe terminó encima, sujetando las muñecas de Marinette contra el suelo. Miró hacia abajo, viendo el cuerpo desnudo de su rival bajo ella. Las tetas firmes, el vello negro, los piercings plateados brillando bajo la luz.
—Eres mía —dijo Chloe.
Marinette la miró, los ojos azules llenos de desafío.
—Demuéstralo.
Chloe bajó la cabeza y lamió el pezón perforado de Marinette. El aro plateado se enganchó en su lengua, y tiró suavemente. Marinette gimió, arqueando la espalda.
Chloe siguió bajando, besando el vientre, el vello negro, hasta llegar al coño. Estaba hinchado, húmedo, los labios carnosos abiertos. Metió la lengua, sintiendo el sabor salado y dulce de Marinette. La peli-negra gimió, sus manos buscando el pelo de Chloe.
—No pares —jadeó Marinette.
Chloe no paró. Lamió, chupó, mordisqueó, hasta que sintió cómo el cuerpo de Marinette empezaba a tensarse, cómo los gemidos se volvían más agudos. Entonces metió dos dedos dentro de ella, encontrando el punto G.
Marinette gritó cuando el orgasmo la golpeó, su cuerpo arqueándose contra la alfombra. Chloe siguió lamiendo, alargando el placer, hasta que Marinette cayó de nuevo, jadeando.
—Ahora tú —dijo Marinette, incorporándose.
La empujó contra el suelo y se puso encima. Chloe sintió cómo el peso de Marinette la aplastaba, cómo sus tetas rozaban las suyas. Marinette bajó la cabeza y lamió el pezón perforado de Chloe, haciendo gemir a la rubia.
Así pasaron horas. Peleando y follando, insultándose y gimiendo. Cambiaban de posición, de dominante a sumisa, una y otra vez. El cuarto olió a sudor y sexo, a vino derramado y a perfume mezclado.
En algún momento, Chloe estaba boca abajo, con Marinette detrás, embistiéndola con un dildo que habían creado de energía rosada. Chloe gritaba insultos entre gemidos, pero no pedía que parara.
En otro momento, Marinette estaba atada a la cama con las cadenas del vestido de Chloe, gimiendo mientras Chloe la lamía hasta hacerla venir.
Cuando finalmente se detuvieron, estaban tiradas en el suelo, en medio de un mar de ropa rota y sábanas arrugadas. Marinette tenía marcas de mordiscos en los hombros y los muslos. Chloe tenía moretones en las caderas y las muñecas.
Ambas jadeaban, mirando el techo.
—Eres una puta —dijo Marinette, la voz ronca.
—Y tú una zorra —respondió Chloe.
Se quedaron en silencio un momento. Luego Chloe giró la cabeza y miró a Marinette. La peli-negra tenía los ojos cerrados, los labios hinchados, las coletas deshechas.
—No estuvo tan mal —dijo Chloe.
Marinette abrió un ojo.
—¿Eso es un cumplido?
—No.
Marinette sonrió, una sonrisa cansada.
—Claro que no.
Se incorporaron lentamente, sintiendo el dolor en cada músculo. Chloe se levantó primero y fue al baño, volviendo con una toalla húmeda. Se la tiró a Marinette.
—Límpiate.
Marinette la atrapó y se limpió entre las piernas. La toalla se tiñó de rosado y blanco. Luego se la devolvió a Chloe, que hizo lo mismo.
Se vistieron en silencio, cada una con lo que quedaba de su ropa. Marinette se puso el body de encaje roto, apenas cubriéndole las tetas. Chloe se puso los restos del vestido dorado, la cadena colgando suelta.
—Mañana hay clase —dijo Marinette, caminando hacia la puerta.
—Lo sé.
Marinette abrió la puerta y se detuvo en el umbral. Miró hacia atrás, viendo a Chloe de pie en medio del cuarto, con el vestido roto y una sonrisa apenas oculta.
—No fue una mala noche —dijo Marinette.
Chloe sonrió, una sonrisa genuina, sin burla.
—No, no lo fue.
Marinette salió al pasillo y cerró la puerta detrás de ella. Chloe se quedó sola, tocándose el moretón en el pómulo. Dolía, pero también era una marca de algo. Algo que no sabía nombrar.
Se dejó caer sobre la cama y cerró los ojos. Slutty palpitó dentro de ella, un latido cálido y reconfortante.
Mañana sería otro día. Otro día de clases, de peleas, de rivalidades. Pero esa noche había sido suya.
En el pasillo, Lila Rossi se movió sigilosamente detrás de la cortina que cubría la ventana del fondo. Había visto todo.
Lila sonrió, sus ojos marrones brillando con malicia.
Así que las putas rivales follan en secreto.
Interesante. Muy interesante.
Se deslizó fuera de la cortina y caminó en dirección contraria, silbando bajito. Tenía información valiosa, y sabía exactamente cómo usarla.
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