Chapter 4: La Decisión de Lyra

Lyra sintió la lealtad forzada de Ignis vibrar dentro del vínculo que acababa de crear, incluso después de que el destello de luz se extinguiera por completo. Era una sensación extraña, casi como un zumbido constante en el fondo de su propia conciencia, algo parecido a tener un apéndice nuevo al que no estaba acostumbrada. La emoción no era de afecto o de conexión real, sino una obediencia impuesta y resentida, una sumisión utilitaria que, al menos, servía a sus propósitos inmediatos. Lyra podía sentir mentalmente la hostilidad tenue que aún residía en Ignis, aunque su nueva lealtad mágica lo obligaba a permanecer quieto y en silencio.

Los murmullos indignados de las Matriarcas del Consejo se alzaron de nuevo, esta vez con una vehemencia que no se podía ignorar. Sofía, la contadora, se habría encogido de hombros y se habría disculpado por el escándalo, pero Lyra, la emperatriz forzada, entendía que el silencio ahora significaba debilidad. Había elegido al ejemplar más débil, había roto la etiqueta al forzar el vínculo de esa manera, y por si fuera poco, lo había hecho delante de todo el salón.

Las voces de las matriarcas mayores, particularmente estridentes, resonaban desde el centro de la sala, su disgusto era evidente para todos los presentes. Estaban debatiendo abiertamente sobre la validez de su elección y la rapidez con la que había actuado.

“Es una desvergüenza,” escuchó Lyra claramente, aunque no logró identificar la fuente de ese comentario.

Otro susurro, un poco más bajo, decía, “No tiene respeto por el proceso. ¿Un paria herido? El insulto al Consejo es casi patente ya.”

Lyra sabía que el problema no era solo Ignis en sí mismo, sino el método que había utilizado. Las Matriarcas esperaban un cortejo prolongado, una elección basada en el poder y un vínculo establecido con respeto al rito social. Lyra había optado por la supervivencia, rompiendo todas esas expectativas, lo cual generaba una reacción fuerte en ese régimen matriarcal tan estructurado.

Ella tenía que proyectar total control. Pensó en las palabras de la mujer carmesí sobre la necesidad de afirmar su estatus inmediatamente, ya no como una sugerencia, sino como una orden militar. La incertidumbre la mataría en ese mundo.

Lyra se obligó a hacer una pausa dramática, a pesar de que cada fibra de su ser le gritaba que corriera hacia la salida. Se quedó parada junto a Ignis, sintiendo el peso de las túnicas ceremoniales y la incomodidad de la presión social. Su mirada recorría el salón, deteniéndose brevemente en los pretendientes alfa que se habían quedado paralizados en sus conversaciones, todos observándola al unísono.

Los intentos de comunicación silenciosa de otras matriarcas comenzaron. Lyra vio cómo varias de ellas, con la postura rígida de la desaprobación total, intentaban captar su atención con gestos de sus manos y miradas fijas que pretendían ser un diálogo telepático, comunicándole un “Alto” sin decirlo en voz alta. Querían que se detuviera, que diera una explicación, o que al menos deshiciera esa elección tan descarada.

Lyra ignoró esos intentos deliberadamente. Si permitía que la detuvieran o la forzaran a participar en ese debate, ya habría perdido su autoridad. Lyra no tenía todavía la energía de un líder fuerte, pero podía simular tener la autoconfianza necesaria. Ella mantuvo su rostro en una expresión neutra, casi de calma absoluta, lo cual era un esfuerzo físico considerable. No era un miedo pasivo el que sentía, sino una concentración intensa.

Tenía que consolidar su movimiento de salida antes de que la burocracia del Consejo pudiera atraparla en su red. Lyra no tenía tiempo para esas peleas políticas. Lo que sí tenía era una necesidad urgente de aprender a usar su nueva magia y, más importante, la necesidad de un lugar seguro donde poder pensar con claridad, lo que no era posible en ese salón lleno de machos poderosos y mujeres desaprobatorias.

Lyra se giró ligeramente hacia Ignis, sin soltarlo. La cercanía al lobo ahora no era de miedo, sino de pragmatismo. Él era, en ese momento, una herramienta.

“Ignis,” dijo Lyra, asegurándose de que su voz fuese clara y resonara audiblemente en el silencio tenso alrededor de ellos, pero lo suficientemente cerca para que solo él la escuchara de verdad.

La orden que salió de su boca fue lo más concisa que pudo ser, sin espacio para la réplica. “Sigueme. Ahora mismo nos marchamos del salón. Nos dirigimos a mis aposentos.” Era una instrucción que no requería su consentimiento emocional, solo su obediencia forzada, la cual estaba garantizada por el vínculo mágico.

El lobo, cuya hostilidad se había transformado en una cautela forzosa, asintió con una lentitud que denotaba su conflicto interno. Su cuerpo, aunque sumiso por la magia, parecía pelear contra la inercia de la orden. Ignis se irguió rígidamente, todavía con esos cortes evidentes y esa aura de aislamiento que rodeaba su figura.

Lyra, consciente de que necesitaba una justificación rápida antes de que alguna matriarca se le acercara, alzó un poco más su voz, dirigiéndose a la asamblea en general aunque su mirada se mantuvo fija en la salida.

“He elegido a uno de mis Consortes” declaró Lyra con la autoridad que su estatus le daba. “Mi prioridad ahora mismo es asegurar su seguridad y su recuperación completa. Este hombre ha sido maltratado, y eso no será perdonado bajo mi decreto.” Lyra no mencionó que lo había elegido por debilidad, en su lugar enmarcó la elección como un acto de justicia y protección del poder del matriarcado.

El uso de la palabra ‘seguridad’ le permitía a Lyra actuar con una prisa que parecía legítima. La seguridad del Consorte Principal, ella asumía, debía ser una prioridad máxima en ese ambiente de alto riesgo. Lyra sabía que se estaba inventando las reglas a medida que avanzaba, pero su estatus temporal le permitía esa licencia.

Esta justificación forzada tenía un doble propósito. Primero, daba una razón legítima para sacar a Ignis del salón, alejándolo de la presión y la posible intervención del Consejo. Segundo, esa declaración de protección cimentaba su imagen como una líder que valoraba a su gente, o al menos eso esperaba. En realidad, solo le importaba que Ignis no se muriera antes de que ella lograra consolidar su propia posición, ya que un lazo roto implicaría más preguntas que respuestas.

Lyra comenzó a moverse de nuevo, forzando a Ignis a seguir su paso. Su caminata era deliberada, pero también rápida, no permitiendo ninguna pausa para el debate. Tenía que cruzar la longitud del salón, un camino que se sentía como si fuesen kilómetros, a través de todos esos ojos que la juzgaban a cada paso.

Ignis la seguía, su cuerpo se movía con una sumisión visiblemente reñida, sus hombros hundidos y su expresión de molestia. Lyra podía sentir, a través del vínculo, cómo el lobo se resistía a cada movimiento, pero la magia lo obligaba a obedecer de todos modos. Era un consorte a la fuerza, no cabe duda.

La pareja hizo su camino hacia el centro del salón. Tuvieron que pasar muy cerca de donde estaban los pretendientes alfa, aquellos hombres con la energía de luz blanca y dorada que Lyra había evitado por miedo. Esos machos la miraban ahora con una mezcla de sorpresa y desdén, ya que seguramente consideraban al lobo pardo un insulto directo a su poder. Lyra ignoró las miradas intensas de los guerreros y líderes que rodeaban el centro de la pista de baile.

Mientras Lyra y Ignis pasaban, Lyra notó que el grupo tenso de las matriarcas más prominentes se estaba reagrupando. Las mujeres más antiguas, vestidas con colores sobrios que contrastaban con su propia "guía" carmesí, se habían reunido alrededor de la Mujer Carmesí, la que había supervisado todo ese proceso de selección fallido. Estaban de pie en un semicírculo, y su lenguaje corporal era de confrontación total.

Lyra sintió una oleada de inquietud. La Mujer Carmesí se veía atrapada, de alguna manera, entre su deber de guiar a Lyra y la necesidad de responder a la indignación de sus pares del Consejo.

Las matriarcas estaban articulando sus críticas, casi a gritos silenciosos, exigiendo que la Mujer Carmesí interviniera. Lyra sabía que estas mujeres no se detendrían solo en palabras; ellas tenían el poder para hacerlo, poder que a Lyra le faltaba todavía. Tenían que estar planeando una anulación de la elección, o al menos un castigo por su falta a las reglas de ese reino espiritual.

Lyra, tratando de actuar con rapidez, aceleró su paso. Necesitaba llegar a la puerta y al pasillo que conducía a sus aposentos, el lugar que había sido designado como su "centro de poder" temporal. Cada paso la acercaba a la seguridad aparente, aunque sabía que la seguridad total no existía en ese lugar. La lealtad forzada de Ignis era lo único que la separaba de ser erradicada en ese mismo momento.

El grupo de las matriarcas más antiguas intervino justo cuando Lyra y Ignis estaban a punto de rebasar el círculo central de pretendientes. Era una movida deliberada para mostrar fuerza y detener su escape, sin duda alguna. Las mujeres se movieron rápidamente, no para detener a Lyra directamente, sino para acorralar a la Mujer Carmesí, su guía designada, justo en el camino que ella necesitaba tomar.

“Consejera Carmesí,” demandó una de las matriarcas, cuya figura era más alta y cuya túnica era de un negro profundo, lo que indicaba una autoridad considerable dentro del Consejo. “Exigimos una explicación inmediata por esta farsa. La selección de la Consorte Lyra es inaceptable.”

La Mujer Carmesí se volteó con una expresión de resignación evidente, como si ya esperara la confrontación. Los ojos de esa matriarca más antigua se fijaron en Ignis y luego en Lyra, llenos de un desprecio franco.

“La elección de un paria herido va en contra de todos los preceptos del Consejo,” afirmó otra matriarca, con una voz que llevaba la autoridad de la experiencia. “Este vínculo es, a todos los efectos, ilegal. Debería declararse nulo, debe ser disuelto ahora mismo, antes de que se consolide aún más.”

Lyra continuó su avance, aunque sintió cómo su guía se tensaba y su ritmo se reducía considerablemente. Parecía que la Mujer Carmesí intentaba defender la decisión de Lyra, aunque con una reticencia palpable, sopesando su lealtad a la nueva matriarca contra la presión social de sus pares. La guía no podía simplemente ignorar la jerarquía del Consejo, eso era obvio.

“La Consorte Lyra tiene el derecho de elegir,” argumentó la Mujer Carmesí, aunque su voz carecía de la firmeza que había usado antes con Lyra. “Su estatus le otorga la autonomía para asegurar su supervivencia por los medios que considere necesarios, siempre y cuando el vínculo se haya establecido.”

“El estatus no le da carta blanca para el absurdo,” replicó la matriarca de negro, avanzando un paso. “Un lobo débil y exiliado no ofrece ninguna seguridad, de por sí es un riesgo. Esto no es asegurar la supervivencia, es sabotear el futuro del linaje. El Consejo no permitirá una debilidad tan grande en sus filas.”

Lyra escuchó el intercambio con una atención absoluta. La palabra clave era ‘anulación’. Su estatus dependía de Ignis en ese momento, por lo que una anulación significaba volver al punto de partida, pero con el tiempo agotado y, peor todavía, con una reputación ya dañada.

La discusión escaló rápidamente. El Consejo no estaba interesado en el razonamiento estratégico de Lyra, solo en la tradición y la apariencia de poder. Podría ser un matriarcado, pero el poder tenía su propia jerarquía estricta, la cual Lyra había violado sin dudarlo.

Mientras la confrontación se desarrollaba, Lyra sintió algo más que solo la tensión en la voz de las matriarcas. Fue una sensación fría y punzante que recorrió el vínculo que la unía a Ignis. No era dolor físico ni emocional, sino una oleada de energía mágica, fuerte y dirigida, que se concentró en la figura del lobo. Lyra percibía esa energía como un intento de desgarro, justo en la conexión que ella había forzado.

Era algo telepático, sin duda, un ataque psíquico que buscaba deshacer su trabajo. Las matriarcas no estaban perdiendo el tiempo hablando, de hecho estaban usando sus habilidades a distancia, tratando de anular el vínculo antes de que Lyra pudiera alejarse.

Lyra se dio cuenta de lo que estaba sucediendo en una fracción de segundo. El peligro era inminente y mucho más grave de lo que había supuesto. Si el Consejo tenía el poder de anular su vínculo a distancia, solo bastaba un momento de distracción para que su recién adquirida seguridad se desvaneciera por completo.

Lyra detuvo abruptamente su caminata, justo a unos pasos de la puerta del salón, antes de que los pasillos pudieran ofrecerles alguna cobertura. Ignis, obligado a seguirla por el lazo, se detuvo detrás de ella, sin comprender lo que pasaba, aunque Lyra sentía su aura de tensión aumentar considerablemente.

Lyra sintió la energía mágica del Consejo intensificarse, golpeando el lazo con Ignis como una marea fría. Necesitaba actuar ahora. Si el vínculo se rompía, el caos sería total, y Lyra quedaría expuesta a la erradicación.

Lyra ignoró el debate entre el Consejo y la Mujer Carmesí. Tenía que concentrarse en lo único que importaba: proteger el vínculo, incluso si eso significaba usar más violencia mágica de la que se sentía cómoda empleando en ese momento.

Lyra cerró los ojos por un instante. Se concentró en la autoridad inherente de su nuevo estatus, ese sentimiento de poder recién implantado que la Mujer Carmesí le había explicado antes. No era su fuerza física ni sus habilidades de contadora, era la magia que la identificaba como Matriarca. Lyra forzó toda esa energía a concentrarse en su mano derecha. Se sentía como una presión interna, como intentar contener un chorro de agua muy fuerte en un solo punto.

En ese momento, Lyra no pensó en lo moral o lo justo, solo en la supervivencia práctica. Tenía un solo movimiento que podía hacer, y debía ser definitivo.

Abrió los ojos. Su mano derecha, brillando con una tenue luz dorada no se parecía a la luz que había usado para crear el primer vínculo, esta era más fuerte y más caliente, se movió con determinación. Ella no le dio tiempo a Ignis para preguntar o para reaccionar.

Lyra agarró el brazo de Ignis con fuerza. El agarre no fue uno suave, fue un toque ritual forzado, casi violento, que sorprendió al lobo. Ignis emitió un sonido de dolor ahogado, ya que las heridas de su brazo se abrieron de nuevo con la presión, pero no intentó resistirse. Lyra sintió el calor de su sangre en la tela de su túnica ceremonal.

Tan pronto como el contacto físico se estableció, Lyra proyectó su voluntad a través del toque.

Ella no le ordenó nada. Simplemente impulsó la magia recién concentrada en su mano derecha, forzándola a fluir directamente hacia el brazo de Ignis, hurgando en el vínculo que ya existía entre ellos. Lyra no estaba creando un lazo nuevo, sino sellando el que ya existía con una corriente de energía más profunda y más violenta.

“Eres mío,” pensó Lyra con una ferocidad que no sabía que tenía, una declaración de posesión que resonó solo en su mente, pero la intención fue clara en la oleada mágica. Lyra estaba imponiendo su dominio absoluto sobre el lazo de lealtad, asegurándolo contra cualquier intervención externa.

El poder fluyó desde Lyra hacia Ignis, esa energía violenta y dorada se sentía como un impacto directo en su espíritu. Lyra sintió un pequeño pico de dolor por la liberación tan descontrolada de magia inexperta, y también percibió algo del dolor de Ignis, mezclado con una sumisión muy profunda que se grababa en su alma. Lo había logrado justo a tiempo, un segundo más, y el lazo se hubiera roto por la presión del Consejo.

El pulso de luz dorado que emanó del vínculo forzado fue breve, casi un relámpago, pero no se limitó a envolver a Lyra e Ignis. Esta vez la energía se expandió violentamente, golpeando a las matriarcas que intentaban anular el lazo a distancia. Lyra sintió, a través de su propia percepción ampliada, cómo el ataque mágico del Consejo se detenía en seco, forzado a retroceder por la intensidad de su propia voluntad.

Las matriarcas que estaban acorralando a la Mujer Carmesí se detuvieron, sus rostros reflejaban una mezcla de asombro y el dolor breve pero agudo del choque mágico. Lyra no tenía idea de cómo funcionaba la magia de la anulación, pero su contraataque había sido efectivo, cortando la conexión que habían establecido. El vínculo entre Lyra e Ignis se sintió, de repente, sólido y permanente, como si se hubiera grabado con hierro caliente.

La matriarca de túnica negra, la que había exigido la anulación, se llevó una mano al costado de la cabeza, como si hubiera sentido una punzada justo allí. La Mujer Carmesí, por otro lado, miró a Lyra con una expresión de absoluto shock, que pronto se transformó en una luz de comprensión, o tal vez una aprobación cautelosa.

Lyra retiró su mano con un movimiento brusco, su respiración estaba acelerada por la adrenalina. La herida de Ignis en su brazo estaba sangrando un poco más, pero el vínculo ya estaba reforzado de manera inamovible. Había actuado impulsivamente, forzada por la necesidad, y eso había resultado en una exhibición de poder que no podía haber planeado ni en un millón de años.

Con el vínculo seguro, Lyra no tenía razón para quedarse allí. La confrontación había sido abortada, dejando a las matriarcas conmocionadas y sin una respuesta inmediata. La declaración de Lyra permanecía, y su consorte ya estaba marcado.

“Ahora nos vamos,” dijo Lyra, usando un tono que no daba espacio para preguntas.

Ignis, con su hostilidad totalmente sofocada por la sumisión mágica recién profundizada, se movió automáticamente. El lobo ya no parecía estar resistiéndose a la orden; de hecho, su obediencia parecía rápida y sin fisuras, aunque seguía sintiéndose como una marioneta a merced de su manipuladora.

Lyra y un Ignis aturdido reanudaron su salida en un silencio tenso que se había apoderado del salón entero. Su caminata desde el centro hasta la puerta se sintió ahora diferente, ya no un escape desesperado, sino una procesión de poder recién adquirido. Los pretendientes alfa se hicieron a un lado, su desdén anterior ahora mezclado con una cautela palpable. Esa nueva matriarca, Lyra, no era una simple novata que podían dominar fácilmente, pues ella era capaz de doblegar a la voluntad, incluso al ejemplar más débil, de una manera tan brutalmente rápida.

Cruzaron la puerta sin mirar atrás, dejando atrás la confrontación abortada del Consejo y los murmullos renovados que ahora no eran de indignación, sino de especulación y quizás incluso de temor. La Mujer Carmesí se quedó atrás, presumiblemente para enfrentarse a sus pares y justificar la supervivencia de su pupila o, al menos, para ganar tiempo para Lyra.

El pasillo que Lyra había asumido que estaría vacío no lo estaba. Había una guardia ceremonial esperando silenciosamente, y al verlos, Lyra sintió una breve oleada de alivio al saber que su estatus todavía tenía alguna infraestructura de apoyo. Los guardias se hicieron a un lado, abriendo el camino hacia los aposentos designados.

Los aposentos de Lyra eran, como era de esperar, extravagantes. Eran un conjunto de habitaciones que Lyra solo habría visto en revistas de lujo en su vida anterior. Había sedas ligeras y pesadas, maderas oscuras, y un balcón que ofrecía una vista impresionante del reino aún desconocido. Era un refugio innegablemente lujoso, un lugar donde Lyra podría, al fin, respirar sin la presión constante de la aniquilación o el juicio social.

Lyra entró primero. Ignis la siguió obedientemente, su aura apagada parecía aún más triste en contraste con el esplendor de las habitaciones. Lyra se giró para enfrentar a su primer consorte. Quería hablarle, quizás darle una orden de descanso o de curación, pero se encontró sin palabras. La realidad de lo que había hecho, el secuestro de la voluntad de Ignis, la golpeó de repente.

Ignis solo estaba de pie, rígido y sangrando un poco. Su dolor físico era visible, pero el miedo que desprendía era mucho más palpable. No era un miedo ante un depredador, sino un terror existencial ante la pérdida total de su autonomía. Sus ojos dorados se movieron por las habitaciones, entendiendo con una claridad terrible que Lyra no le había ofrecido refugio, sino una jaula de oro. Su voluntad ya no le pertenecía, sino que estaba a disposición de la nueva matriarca.

La promesa de seguridad que Lyra le había hecho antes se había cumplido con ironía. Lyra sí lo había protegido del Consejo y del ostracismo de la manada, pero a un precio altísimo: su libertad. La hostilidad se había ido, reemplazada por una sumisión forzada tan profunda que casi llegaba a la desesperación.

Lyra, despojándose de la capa ceremonial más incómoda, se acercó a Ignis. No era un gesto de compasión real; era pragmatismo. Necesitaba que él estuviera funcional, sin sucumbir al dolor o al trauma del vínculo forzado. Lyra no sabía cómo manejar a un lobo herido y emocionalmente comprometido.

“Siéntate,” le ordenó Lyra, señalando una silla tapizada con terciopelo.

Ignis obedeció al instante. El lobo se desplomó en el asiento, sin ninguna de las gracias del movimiento que Lyra había visto en los otros pretendientes. Parecía un hombre roto, aunque poderoso en su potencial latente.

Lyra lo observó. Había asegurado su supervivencia por el momento, pero el costo emocional y ético de la elección de Lyra se sentía fuerte. Ignis era su boleto para vivir, pero también el resultado de su primer acto de manipulación despiadada en este nuevo mundo. Sofía, la contadora honesta, no se habría reconocido en el reflejo de la emperatriz forzada.

Lyra se dio cuenta de que ahora tenía que lidiar con la inminente primera noche juntos. El vínculo forzado era una prueba de su poder, pero el matrimonio, o lo que fuera que se llamara ese arreglo en ese reino, implicaba mucho más que solo la obediencia. Los detalles de las relaciones con el Consorte Principal, los rituales, las expectativas, todo eso era un misterio aterrador para Lyra. No tenía un manual, y la Mujer Carmesí ya no estaba a su disposición para consultarle.

Lyra también tenía que considerar las repercusiones políticas. La confrontación con el Consejo no había terminado realmente, solo se había pospuesto. Su elección de Ignis y el método para vincularlo habían creado una división clara en el clan de las Matriarcas. Lyra era ahora una figura controvertida, y era probable que el Consejo se reuniera pronto para planear su próximo movimiento. Necesitaban hacer ver que ella era ilegítima, de alguna manera u otra.

Lyra se frotó las sienes con frustración. Quería un billete de avión, una vida tranquila de viajes, solo eso. En su lugar, tenía un palacio temporal, un estatus de poder que no quería, y un lobo herido y forzadamente sumiso cuyo destino estaba atado al de ella. El juego de la emperatriz forzada apenas comenzaba, y Lyra necesitaba aprender las reglas rápido si quería vivir para ver el amanecer. Se sentó en el sofá más cercano, mirando a Ignis, el silencioso testigo de su ascenso brutal y rápido. Pero eso solo era el inició de una noche que deberia afrotar la chica que jamas tuvo una relación amorosa con nadie.

Comments (0)

No comments yet. Be the first to share your thoughts!

Sign In

Please sign in to continue.