Chapter 3: La Necesidad de un Lobo

Sofía, quien ahora era Lyra oficialmente, se dio la vuelta y se alejó del núcleo del salón. Ese lugar estaba lleno de lo que la mujer carmesí había identificado como pretendientes alfa. Hombres con una presencia tan fuerte que la hacían sentir incómoda. Eran líderes de clanes, guerreros, y en términos de este nuevo mundo, todos eran especímenes de la más alta calidad, al menos según el Consejo. Sofía podía sentir el peso de las miradas de desaprobación de las otras matriarcas que asistían al evento desde los lados del salón, aunque de momento se mantenían en sus puestos. Ellas esperaban que actuara como la emperatriz y, por lo tanto, eligiera a alguien que reflejara el poder colectivo de las mujeres de este reino espiritual.

Lyra ignoró el murmullo de fondo, el cual le sonaba a una mezcla de crítica y escepticismo sobre su repentino nombramiento. En su vida anterior, la de ser una humana normal, si alguien la miraba así, se habría disculpado y retirado inmediatamente. Justo ahora, eso no era una opción para ella. Si no aseguraba su estatus, sería eliminada del plano por completo. La sensación de urgencia era mucho más fuerte que su timidez social normal.

Se centró en la extraña cualidad que había descubierto. Podía ver la energía de las personas a su alrededor. Era como una capa de luz, diferente en cada hombre. Los que estaban en el centro del salón brillaban con un blanco fuerte y una intensidad abrumadora, lo que de seguro representaba su fuerza y su magia inherente. Esos eran los hombres que supuestamente debía tomar.

Tenía que ser práctica. Sofía no tenía fuerza física en este nuevo cuerpo y aún menos entrenamiento en esa magia que le habían imbuido. Enfrentarse a uno de esos alfas sería un error táctico de novata. Si de verdad querían que sobreviviera, debían haberle dado más tiempo o, honestamente, una guía más funcional que solo amenazas. El único camino sensato era empezar por lo más fácil, por lo menos hasta que se aclimatara a esa nueva realidad de ser una matrona de un harén invertido.

Activó su ‘habilidad de detección’ de nuevo. Simplemente pensó en ello, en la necesidad de ver más allá de la capa física, y el mundo pareció responder. La visión de Lyra se volvió un poco más nítida, enfocándose no en los colores de las vestimentas, sino en el brillo interior de cada pretendiente. La energía masculina inundaba el lugar, como un mar de luz blanca y dorada en el centro del baile.

Lyra movió su mirada sistémica a través de la periferia del salón, donde la luz se disipaba y el color se volvía más apagado. No era un ejercicio fácil; tenía que sortear el ruido visual de todos esos machos fuertes hasta que dio con el hombre-bestia. Se concentró en un punto particular de penumbra, siguiendo la lógica cruda de su plan. Un objetivo débil era un objetivo manejable, y lo que necesitaba en esa hora final era control inmediato.

En la esquina más oscura, un poco alejado de las sombras, lo encontró. El hombre que había notado un instante antes. Era Ignis, el lobo marginado que no deseaba nadie en el Consejo.

Su energía era notablemente diferente, una luz marrón opaca que apenas parpadeaba. Estaba tan lejos del fulgor de los alfas que parecía ser un hoyo negro en comparación. Lyra repasó la información que su habilidad le mostraba, aunque se trataba de datos crudos sin interpretar todavía, como si leyera una ficha técnica.

Su estatus de poder aparecía en números fríos junto a su imagen mental. Era lo más cercano a una lectura de juego de rol que había visto jamás. Los alfas tenían cifras altísimas en Fuerza, Magia, y Liderazgo. Los números de Ignis estaban raspando el fondo. Su puntuación en algo llamado Afinidad de Manada estaba en rojo profundo, lo que significaba que no tenía ese apoyo social. El hombre era, de lejos, el más débil entre todos los presentes. Estaba marginado por sus pares y, a juzgar por la falta de brillo, tenía una reserva de poder muy escasa.

El análisis mágico confirmó su sospecha. Ignis no representaba ninguna amenaza seria en ese momento, lo que lo hacía perfecto para su propósito. Si Lyra se acercaba a un alfa con un plan tan improvisado, lo más seguro era que terminara siendo la víctima de su poder latente, o al menos ese era el miedo que su cuerpo le comunicaba. Con Ignis, sin embargo, podía empezar a experimentar con su nueva autoridad. La debilidad de él era la ventaja de ella. Era un punto de partida para su ascenso forzado.

Ella no sentía piedad por él en ese instante, en realidad. Sentía una necesidad utilitaria. Tenía que asegurar un consorte para sobrevivir, no para ser feliz o sentir amor.

Con una expresión calculada, que se esforzó por mantener en su rostro, Lyra comenzó a moverse. El vestido ceremonial era pesado, y tuvo que recordar cómo moverse con esa prenda extraña y voluminosa. Cada paso era deliberado, alejándose del centro de atención y de las miradas enjuiciadoras de las otras matriarcas, quienes todavía no entendían lo que estaba pasando. Ella se dirigía a la periferia del salón, hacia donde Ignis estaba apartado.

Ignis estaba apoyado contra una columna de piedra oscura, casi fundido con la sombra. Desde lejos, Sofía podía notar que no solo estaba aislado socialmente. Se veía visiblemente herido. Había cortes recientes en la piel de sus brazos, a través de su túnica rasgada. No se trataba de heridas superficiales. Tenía una postura de defensa y dolor. Incluso sin la habilidad de detección, cualquiera notaría que él estaba tratando de pasar desapercibido, esperando que el evento terminara a la de ya.

Pensó en la posible historia del lobo. Debía haber luchado contra alguien, tal vez un destierro total de su manada. En ese universo, donde los ‘hombres-bestia’ eran una realidad tangible, la manada social era sinónimo de supervivencia. Estar solo en este lugar significaba una cosa: vulnerabilidad. Él no tenía respaldo. Sofía se dio cuenta de algo. La desconfianza del hombre no era personal, sino una defensa natural contra el mundo que de seguro lo había desechado.

Lyra redujo la velocidad de su caminata, todavía a una distancia prudente. La presencia del hombre, incluso en esas condiciones tan pésimas, transmitía una tensión latente. Él era un lobo. A pesar de su bajo poder, seguía siendo un depredador. Ella debía proceder con cautela, no quería asustarlo y que se volviera más agresivo de lo que ya estaba de seguro. La antigua Sofía de seguro se habría congelado de miedo en ese mismo instante, pero Lyra, la nueva emperatriz, tenía un precio que pagar ahora por su seguridad. Ese precio era la supervivencia, no había nada más importante para ella.

A medida que se acercaba, la atmósfera se volvía más palpable y pesada. Ella sentía el aire denso de las emociones de él. Lo que fuera que le hubiese pasado, ya lo había dejado en un estado de trauma emocional. Era un riesgo, pero uno calculado, ya que Ignis no tenía la fuerza para un ataque total, al menos según los números que ella había visto. Su mente, la mente de Sofía, estaba procesando todo esto a una velocidad impresionante, buscando la mejor manera de abordar a ese animal acorralado. Tenía que ser lo más astuta que pudiera si quería salir triunfadora de esto. Solo quería sobrevivir y, quién sabe, quizás hasta viajar un poco más adelante.

Sofía se detuvo a unos tres metros de él. Era difícil predecir si un hombre-bestia herido reaccionaría a la desesperada o si mantendría una sumisión forzada. En la práctica, Lyra no conocía las reglas de conducta de los lobos, por supuesto. Solo sabía que su vida dependía de dominar a ese hombre.

De pronto, Ignis levantó la cabeza. Sus ojos dorados, que parecían tan atractivos desde la distancia, se fijaron en Lyra con una intensidad feroz. Esos ojos no prometían nada bueno, se veían llenos de dolor y hostilidad pura. El hombre, de cabello castaño y aspecto salvaje, emitió un gruñido bajo, un sonido gutural que resonó en el silencio relativo de esa esquina. Era un claro signo de desconfianza. Un macho normal, o al menos un macho aceptado, se habría acercado con una reverencia formal, esperando la selección de la matriarca. Ignis, por el contrario, se comportaba como un animal acorralado que no quería ser tocado.

Lyra sintió un escalofrío de miedo a pesar de su esfuerzo por mantener la compostura. Pensó que de seguro la mujer carmesí estaría riéndose de ella en alguna parte. Si Ignis se lanzaba sobre ella, no tendría la menor idea de cómo defenderse. Las joyas y el vestido no ofrecían ninguna protección práctica, solo simbolismo vacío. Se dio cuenta de que si quería hacer esto de alguna manera rápida, no podía usar la fuerza bruta. No tenía entrenamiento, magia avanzada, ni la fuerza física necesaria para someter a un hombre-bestia, aunque este fuera el más débil. Tenía que ser inteligente. O, para ser más precisos, tenía que manipular la situación a su favor, usando la única arma que tenía en este momento: su nuevo estatus como emperatriz.

Lyra mantuvo la distancia crítica de tres metros más o menos. Era lo suficiente para no parecer amenazante, pero aún lo bastante cerca para iniciar una conversación, un diálogo, o en este caso, lo que ella planeaba hacer, una pequeña actuación teatral. Rechazó la idea de simplemente ordenarle algo, la obediencia tenía que ser ganada, no forzada. Y tenía que ser antes de que alguien más se diese cuenta de que estaba a punto de romper las reglas de etiqueta de seguro.

Tomó aire lentamente, asegurándose de que su postura corporal proyectara calma, aunque su mente estuviera corriendo a mil por hora. No podía parecer una depredadora o una rival. Tenía que ser, irónicamente, la opción más suave imaginable. Tenía que convertirse en una salvadora.

“Ignis,” dijo Lyra, usando su voz en un tono deliberadamente suave y bajo. Se aseguró de que no hubiese ninguna dureza en el sonido, nada que pudiera ser interpretado como una orden o un desafío.

Extendió sus manos ligeramente hacia un lado, mostrando que no tenía armas, ni siquiera tenía la intención, lo que de seguro parecía falso considerando el ambiente y la situación. Mantuvo su mirada fija en los ojos dorados de él, forzándose a ignorar la hostilidad que irradiaban. Se notaba que Ignis no esperaba a una matriarca en su rincón. De hecho, parecía que deseaba que se fuese al instante.

Pero Lyra no se iría. Ella necesitaba un consorte, y ese hombre era la pieza más fácil que podía obtener en ese momento.

“Ha habido una injusticia,” continuó Lyra, usando la palabra clave ‘injusticia’ de manera intencional, apostando a que él se sintiera agraviado por su situación. No importaba si la injusticia era real o no, solo importaba que él creyera que ella lo entendía, de alguna manera especial, lo cual, por supuesto, era una completa mentira.

Sofía, la contadora, no era una actriz, pero tenía una necesidad desesperada por vivir. Ella proyectó una imagen de compasión simulada, mezclándola con la autoridad recién adquirida. En su mundo anterior, esto habría sido llamado un "juego de roles" o "engaño emocional". En este mundo, era simplemente la única estrategia posible para ella.

“Veo tu dolor,” dijo ella. De hecho, podía verlo claramente, tanto en las heridas físicas como en el aura marchita que lo rodeaba. “Estás herido, y estás solo. Ningún guerrero debería ser tratado así.”

Ignis no se movió, aunque su gruñido bajó un poco de intensidad. Lo miró con una mezcla de sospecha y cautela. La hostilidad se suavizó brevemente por la sorpresa. Era evidente que nadie, especialmente una matriarca de pie sobre un estrado, le había ofrecido una sola palabra de simpatía en mucho tiempo, o quizás nunca en absoluto.

Lyra aprovechó esa pequeña apertura. Ella no necesitaba que él creyera que era sincera, solo necesitaba que dudara lo suficiente de su reacción instintiva.

“El Consejo,” dijo Lyra, con un tono lleno de entendimiento falso y complicidad, “te ha marginado. Te han dejado sin apoyo, sin la seguridad que todo macho merece. Eso no es honor, es crueldad, Ignis.”

Ella usó su nombre de pila, una intimidad forzada, esperando que esa falsa familiaridad creara algún tipo de conexión, o al menos detuviera el ataque hacia ella. Ella se acercó un paso, reduciendo la distancia a dos metros. Su corazón latía con fuerza contra sus costillas, pues sabía que cualquier error de juicio la pondría en peligro.

Lyra continuó con su actuación, asegurándose de que sus palabras fueran deliberadamente suaves y enfocadas en la necesidad de seguridad básica del hombre-bestia. El punto no era ofrecer el amor o el deseo, sino la supervivencia pragmática.

“Yo entiendo la soledad,” mintió descaradamente. “Sé lo que es estar en un lugar nuevo sin nadie que te apoye, sin la protección de una manada.”

En su antigua vida, la soledad era solo quedarse en casa viendo series, nada tan peligroso como la que enfrentaba Ignis, o incluso ella misma ahora. Pero para el lobo, esas palabras podrían ser ganchos.

Lyra bajó su voz un poco más, como si estuviera compartiendo un secreto. "Necesitas refugio, Ignis, y yo te lo ofrezco."

Ella lo vio. Ignis era un lobo, y los lobos dependían de la manada. Al perder a su grupo, su vulnerabilidad era extrema. Lyra le estaba ofreciendo justo lo que le habían quitado.

"Ven bajo mi protección. Te garantizo un lugar seguro, lejos de los juicios del Consejo y de aquellos que te han herido. Nadie te volverá a tocar si estás a mi lado. Estarás seguro, y yo seré tu refugio, tu compañera."

Era una promesa de lealtad primaria, aunque Sofía sabía que ahora mismo solo era un contrato de supervivencia forzado. Ella necesitaba un consorte, aunque fuera uno débil, para validar su posición. Él necesitaba seguridad. Era un intercambio justo por el momento. La clave de todo esto era la palabra 'protección'. En ese reino extraño, la protección solo venía con el poder, que ella representaba temporalmente.

Lyra se mantuvo firme. Las otras matriarcas se estaban dando cuenta de hacia dónde se dirigía, y los murmullos se hacían más fuertes. No importaba. Tenía que actuar rápido. Su mano casi temblaba por la adrenalina, pero su voz permaneció firme, suave, y artificialmente compuesta. Necesitaba que él aceptara, o al menos que se quedara quieto.

“Tienes el derecho de vivir sin dolor. Únete a mí, Ignis o más bien, ayudame a que cese el dolor de una manada no reclamada entre miles más fuertes. Acepta mi mano y yo ayudaré a mi hombre para hacer todo lo posible en mi alcance.”

Ignis no respondió de inmediato, pero Sofía vio un cambio inconfundible en sus ojos. La rabia pura que había brillado al principio se convirtió en una especie de agotamiento profundo, una fatiga que trascendía el dolor de las heridas. La vulnerabilidad que ella había percibido en su aura apagada de seguro le estaba afectando. Él seguía gruñendo, pero el sonido era más un suspiro forzado que una amenaza real, como un motor que se apaga lentamente pero las palabras fueorn más alla de no ser solo un hombre bestia usado, sino visto más alla de una manada que fue y aun protegia en las sombras pese a todo. lo Sabia y él bajo más la guardia.

Se notaba que la oferta de refugio lo había tocado. En un mundo donde la supervivencia se basaba en la fuerza del grupo, ser un exiliado herido era básicamente una sentencia de muerte lenta. Lyra entendió que él no confiaba en ella, no del todo, pero la necesidad de seguridad era un motivador mucho más poderoso que la desconfianza hacia la recién llegada matriarca. Era un momento de debilidad forzada. La tensión de su cuerpo, aunque seguía ahí, se redujo unos grados. Su postura ofensiva se relajó ligeramente, dejando ver el cansancio.

Sofía, manteniendo la respiración casi, percibió esa pequeña apertura crítica. Era su oportunidad. Si esperaba un segundo más, tal vez él recuperaría las fuerzas o las otras matriarcas, que ya se estaban acercando con curiosidad, intervendrían y exigirían una elección más adecuada a su estatus. Las palabras de la mujer carmesí resonaron en su cabeza: si fracasas, serás erradicada.

Lyra cerró la distancia que los separaba, dando el paso final para acortarla a menos de un metro. Lo hizo sin prisa, como si su movimiento fuera inevitable.

Extendió su mano derecha hacia él.

Esa mano, adornada con anillos ceremoniales y con el peso de la autoridad temporal, era la única garantía que Lyra podía ofrecer. No era un gesto de afecto, sino la señal de su falso beneplácito, de esa protección que venía con el estatus de poder.

"Tómala, Ignis," susurró Lyra, sintiendo la energía del salón concentrarse en ellos.

El hombre bestia la miró fijamente. Sus ojos viajaron desde la mano extendida hasta el rostro de Lyra, evidentemente buscando algún signo de traición o burla, pero ella mantuvo la expresión de serena y calculada compasión.

Mientras esperaba esa reacción final, Sofía empezó a enfocar la energía mágica que había recibido al ser transferida al nuevo cuerpo. Era un sentimiento extraño, una vibración interna que no se parecía en nada a la electricidad, pero que era puramente poder. Lo sintió recorrer desde su abdomen hasta su brazo extendido. No sabía cómo funcionaba exactamente la magia, pero su mente intuitivamente entendió que para establecer cualquier tipo de vínculo de lealtad primaria, necesitaba proyectar su voluntad a través de esa energía. Era como encender un interruptor que le habían instalado sin manual de instrucciones.

Lyra se obligó a concentrarse, apartando el miedo. Canalizó esa magia nueva, fría y poderosa. Su objetivo era simple y directo: forzar el vínculo de servidumbre y lealtad con Ignis. Ella no quería esperar a que él la eligiera. Si la hostilidad de él se mantenía, ella tendría que someterlo de una manera que fuera más mágica que física ya que carecia de esa habilidad física que otras encantadoras damiselas.

En ese mismo instante, Ignis hizo su movimiento. No tomó la mano de Lyra en señal de aceptación. En cambio, su propio instinto primario pareció ceder a la necesidad de protección absoluta. Su cabeza se inclinó ligeramente, un gesto que, si bien no era de sumisión total, sí indicaba el reconocimiento forzado.

Fue entonces cuando la magia de Lyra se desbordó.

Tan pronto como la voluntad de Lyra de vincularse chocó con la cesión forzada de Ignis, un halo de luz brillante emanó de Lyra. El color era de un blanco dorado, envolviendo solamente al hombre-bestia y a ella en un círculo íntimo. El efecto no fue violento, sino más bien como la activación de un campo de fuerza luminoso.

El salón entero quedó en un silencio de asombro. Los pretendientes alfas se detuvieron. Las matriarcas que la miraban con desaprobación se quedaron quietas, porque era un vínculo prematuro y forzado.

Dentro de la luz, Lyra sintió la conexión establecerse. No era como una corriente eléctrica, sino como si dos eslabones, dos almas, se hubieran unido a la fuerza. Lyra sintió una breve punzada de dolor, pero también una oleada de información sobre Ignis: su dolor, su aislamiento, y sí, un poco de poder latente que aún no había desarrollado.

Lyra usó ese pico de conexión para sellar el acuerdo. Su voz resonó en el halo, no con el tono suave que había usado antes, sino con la autoridad absoluta de la matriarca que acababa de nacer.

"Ignis, el lobo pardo," declaró Lyra, marcándolo con la energía. "Acepto tu lealtad. A partir de este momento, eres el primero de mis consortes. Mi adquisición dominante. Estás bajo mi bandera y mi decreto."

Había sido rápido, desordenado y puramente estratégico. Había forzado el vínculo sin el consentimiento emocional de él, utilizando solo la autoridad que le habían otorgado.

Cuando el halo de luz se disipó tan rápido como había aparecido, Lyra sintió el peso recién adquirido del compromiso. Miró a Ignis. El lobo no había cambiado de forma, seguía siendo humano, pero sus ojos dorados ya no reflejaban solo hostilidad. Ahora contenían una obediencia forzada, una lealtad primaria recién injertada en su espíritu. Era como si hubiese sido reiniciado.

Lyra retiró su mano, sintiendo que había logrado exactamente lo que quería. Tenía su primer consorte, la prueba de su poder. Había evitado la aniquilación por el momento, aunque los murmullos del salón se encendieron de nuevo, esta vez con una mezcla de shock y pura indignación. Nadie esperaba que la nueva Lyra eligiera al ejemplar más débil ni que lo hiciera de una manera tan rápida y descarada.

Sofía, la contadora modesta, miró a Ignis, el lobo fuerte y vulnerable ahora a su servicio. Él era la clave de su supervivencia, el primer eslabón en la cadena de poder que necesitaba forjar. Ella había usado la astucia en lugar de la fuerza, y había funcionado. La metamorfosis, el cambio de turista a emperatriz forzada, apenas había comenzado en ese extraño reino espiritual.

Comments (0)

No comments yet. Be the first to share your thoughts!

Sign In

Please sign in to continue.