Chapter 1: El boleto de viaje

Sofía se detuvo en medio de la acera, su corazón latía de una manera que realmente no había sentido desde la vez que se encontró con la araña gigante aquella, lo cual había sido hace como diez años. Ella tomó su teléfono móvil, ya lo había revisado tres veces en el último minuto, solo para asegurarse de que todo fuese real, de que su mente no le estuviese jugando una broma estúpida más de las tantas que ya le había jugado.

En la pantalla, justo en el centro de ella, estaba la notificación brillante que confirmaba la victoria. El premio mayor de la lotería era suyo, una suma que transformaba su modesta realidad en algo completamente diferente e inesperado, aunque en realidad no era algo que buscase para nada. Sofía, que trabajaba como voluntaria en el comedor comunitario del barrio, no había comprado el boleto con la esperanza de ser rica ni nada parecido, sino con el objetivo de poder permitirse, después de todo este tiempo, un simple billete de avión. Quería viajar. Ya fuese a Marruecos, Tailandia o cualquier otro sitio que pudiese llegar con la modesta cantidad que, al final, resultaría ser una cantidad ridículamente grande.

Ella había pasado años ahorrando lo que podía de su pequeño salario, de la poco paga que recibía por su trabajo, dedicando solo lo necesario a sí misma y el resto a mantener el refugio de animales que había establecido a las afueras de la ciudad, un proyecto que honestamente le consumía casi toda su energía y recursos. La lotería siempre había sido para ella una especie de impuesto a la fantasía aunque su aspiración no era para nada ambiciosa: solo quería ver el mundo, conocer diferentes culturas, y luego volver a su vida normal de antes, ya con la satisfacción de haber hecho algo que siempre quiso hacer.

Ahora, la pantalla del teléfono le gritaba que ya no necesitaba preocuparse por escoger solo una sola ubicación en su primer viaje; toda clase de destinos estaban de pronto a su alcance, y podía ir a todos ellos. El premio era inmensamente grande y le ofrecía no solo el billete de avión que tanto había anhelado, sino una vida entera de viajes de lujo si elegía bien lo que hacía con el dinero.

Guardó el teléfono en el bolsillo interior de su chaqueta, sintiendo el material suave contra la palma de su mano. La sensación era algo irreal, casi eléctrica. Estaba caminando hacia el aeropuerto en ese momento, una acción que ya había planeado mucho antes de la noticia de la lotería, de hecho. Tenía planeado ir a visitar a una amiga que se había mudado a otra provincia por trabajo. El equipaje ya lo había preparado desde hacía una semana, y la idea de ese pequeño viaje ya la llenaba de energía.

Pero la noticia de la lotería triplicó esa energía.

Mientras caminaba, el sol de la tarde le daba directamente en la cara, aunque ese sol se sentía de repente mucho más brillante que antes, casi como si el mundo hubiese subido un par de tonos de golpe. Sofía ajustó el agarre de la maleta en verdad, la maleta no era nueva. Era una maleta vieja que había comprado en un mercado de segunda mano. Tenía varios rasguños visibles de viajes que había hecho antes, algo que a ella no le importaba en lo absoluto, pues si se rompía en el camino, siempre podría comprar una nueva en el aeropuerto. Ahora mismo, sin embargo, el peso de esa maleta se sentía diferente, como si contuviese no solo ropa y artículos de higiene personal, sino también el peso de todas las posibilidades que se le presentaban.

Su mente estaba ya vagando por los mapas del mundo, planeando hipotéticas rutas, decidiendo si debía ir primero a Japón, un país sobre el cual había leído muchísimos libros y que siempre la había llamado mucho la atención, o si era mejor empezar por destinos más cercanos, como Italia. Esas elecciones, que antes eran sueños lejanos, ahora eran decisiones inminentes que debía tomar en poco tiempo, algo que realmente la hacía sentir muy emocionada.

Absorta en sus planes futuros, mirando los detalles de los edificios que pasaban volando y pensando en las diferentes rutas y destinos, Sofía no se percató exactamente de dónde estaba caminando, lo cual era un grave error en una ciudad tan concurrida para un día ajetreado. La acera se acabó de una manera extraña, y luego, sin pensarlo dos veces, Sofía cruzó la calle.

La calle estaba bastante concurrida, de gente, no de coches, lo cual era algo extraño para un día tan soleado y por eso solo se preocupó de la gente, no en el coche. Ella cruzó sin mirar realmente. Su euforia tapaba cualquier clase de reflexión prudente, honestamente. Ella estaba en una especie de burbuja mental, un lugar donde el mundo exterior parecía atenuarse frente a la inmensidad de lo que acababa de suceder.

Luego de dar un par de pasos más, Sofía oyó un sonido que la sacó de esa burbuja de forma bastante abrupta.

Un ruido seco y muy sordo, grave en verdad, que parecía venir de un sitio inesperado, resonó a través del ajetreo cotidiano de la ciudad. Era el sonido inconfundible del metal chocando contra otro metal o metal contra cualquier otra cosa y, si bien la ciudad estaba siempre llena de ruidos extraños, este era diferente. Este ruido fue seguido inmediatamente por el largo y agudo chillido de neumáticos restregándose contra el asfalto caliente, un sonido que le puso los pelos de punta de inmediato. La fricción del caucho, desesperada y sin sentido, parecía estirar terriblemente esos últimos momentos de silencio que eran parte de su vida hasta entonces.

Instintivamente, Sofía se giró hacia donde venía el ruido, aunque de repente ya no podía moverse por algo de pánico.

El impacto metálico que sonó después fue mucho más fuerte que el anterior, y bastante más violento, un golpe que resonó de una manera muy intensa en la caja torácica de Sofía, como si el impacto hubiese ocurrido dentro de su propio cuerpo y no fuera en la calle. Ese golpe final también interrumpió, como una pausa impuesta, todos sus planes futuros, todos sus pensamientos de viaje y todos sus sueños de explorar el mundo que tanto la habían entusiasmado antes.

Lo último que Sofía recordó fue una luz brillante, demasiado intensa para ser solo el sol, que se acercaba a una velocidad absolutamente aterradora.

Sofía perdió el sentido de dónde estaba o dónde debía estar luego del impacto. No sintió dolor al principio, algo que siempre le había parecido una mentira o una exageración de las películas, pero que de pronto se sintió muy real. Experimentó una extraña sensación de caída, algo parecido a cuando intentas dormir y tu cuerpo se sacude de golpe, pero esta sensación continuaba en el tiempo sin parar. Era un descenso que desafiaba la gravedad de una manera muy extraña.

No era una caída física, lo cual le pareció evidente. Sentía su cuerpo liviano, casi ingrávido, aunque también sentía que algo importante le había pasado. Era un vacío que no estaba lleno de aire, sino de la ausencia de todo: la ausencia de ruido de coches, la ausencia de ese olor a smog que se sentía en la ciudad, la ausencia de la sensación del asfalto bajo sus pies, todo, simplemente todo se había ido.

Ese vacío era profundo y reconfortante a la vez, lo cual era curioso. Parecía un momento de suspensión total entre dos estados, dos vidas. Sofía intentó gritar o forzar alguna articulación de su cuerpo, pero no podía. Simplemente, su conciencia ya no respondía, y se iba apagando lentamente. Ella sintió ese proceso, un lento irse.

La confusión y la euforia sobre el billete de lotería se disolvieron por completo, dejando solo una especie de silencio mental. El recuerdo de su maleta, de los billetes de avión y de su vida humilde se convirtió en ecos distantes, insignificantes de alguna manera para lo que sentía entonces. Era como si la oscuridad fuese tragando cada uno de esos detalles.

Luego, la oscuridad la envolvió por completo. No era una oscuridad fría ni terrible, en verdad, sino una sensación cálida y muy acogedora, un manto que prometía un descanso que Sofía en verdad no sabía que necesitaba. Esa oscuridad fue breve, eso sí, aunque se sintió como una eternidad de una manera extraña. Lo suficiente como para borrar de su mente, al menos de momento, la imagen de la lotería y la luz brillante del momento del accidente.

De repente, Sofía se despertó de golpe. No fue un despertar gradual como suele pasar normalmente, sino un salto brusco que la devolvió a un estado de conciencia bastante confuso. La sensación de pesadez que esperaba no llegó en absoluto. En cambio, sintió una levedad extraña en su cuerpo. Se dio cuenta en ese instante de que no estaba acostada ni tocando ninguna superficie. Estaba flotando.

Se movía ligeramente en un espacio que no tenía límites evidentes, un lugar que desafiaba por completo cualquier lógica terrenal que conociese bien. El ambiente que la rodeaba era de un silencio absoluto, que no molestaba ni abrumaba en realidad, sino que era un silencio profundo, casi sagrado. La luz llenaba ese espacio, un brillo suave y cálido que parecía emanar de ninguna fuente específica, sino de todo a la vez. No era la luz cegadora del accidente, sino un resplandor etéreo que lo iluminaba todo sin crear sombras.

Sofía intentó mover sus manos, logrando que su cuerpo girara muy despacio en esa atmósfera incomprensible. No había arriba ni abajo. De hecho, no existían referencias a nada que pudiese entender. En la calle y en el trabajo, la lógica de los ángulos rectos, de la gravedad y de los metros de distancia eran las únicas leyes, pero aquí no existía ninguna de ellas. El espacio se sentía como una dimensión intermedia, un lugar suave que existía justo antes o después de la realidad normal.

Se preguntó si esto era el sueño que había tenido justo antes de que se apagase todo.

Mientras flotaba, intentando encontrar alguna especie de lógica en ese entorno, Sofía miró hacia abajo, a su propio cuerpo y lo que vestía. Normalmente, en su vida de voluntaria y empleada de medio tiempo, ella optaba por ropa práctica y muy cómoda: pantalones de tela vaquera, camisetas básicas y zapatillas que aguantaran largas caminatas para ir a todas partes. Ahora, todo eso había desaparecido.

En su lugar, llevaba puesto un vestido que desconocía por completo, hecho de una tela que parecía cambiar de color con el tenue movimiento que hacía. El vestido era voluminoso, con pliegues que caían en cascada a su alrededor, una pieza que le parecía innecesariamente pesada y que dificultaba sus movimientos en ese espacio sin gravedad. Honestamente, era un vestido exagerado para cualquier ocasión que ella pudiese recordar, incluso más exagerado que el que había usado para la boda de su prima el año anterior.

Además, su cuerpo estaba adornado con joyas que le resultaban extrañas e incómodas. Se sentían frías y pesadas sobre su piel, especialmente un collar grande, hecho de lo que parecían ser piedras preciosas de un color azul intenso, que atrapaban la luz en un sinfín de reflejos pequeños. Había pulseras anchas en ambas muñecas, las cuales producían un ligero tintineo con cada movimiento que hacía. Sofía nunca usaba joyas. Siempre le habían parecido una carga innecesaria para un cuerpo que solo hacía trabajo práctico. Definitivamente, esa ropa no era suya, y le incomodaba muchísimo.

Al tocar el collar, sintiendo la frialdad del metal desconocido y de las piedras, una duda inmensa se apoderó de Sofía. Esto ya no se sentía como un sueño en absoluto, sino como una realidad muy tangible, aunque completamente alterada.

Entonces, el silencio del espacio se interrumpió, aunque no por un sonido.

Desde lo que pudo identificar como un punto fijo en la distancia, aunque las distancias no tenían ningún sentido allí, apareció la figura de una mujer. Ella no caminó hacia Sofía ni flotó, sino que simplemente emergió de una cortina de luz aún más brillante que el ambiente que la rodeaba. Era como si esa luz en particular fuera una puerta hacia otra habitación.

La mujer era impresionante, alta, con una figura estilizada que imponía solo con mirarla. Su atuendo era ceremonial, eso era palpable. Llevaba un traje muy ajustado de un color carmesí oscuro, con detalles dorados muy elaborados bordados en los bordes de la tela. No eran solo joyas y bordados; el traje mismo parecía tener algún tipo de energía propia, casi vibrando ligeramente en ese espacio.

Su rostro mostraba una expresión de autoridad que no dejaba lugar a dudas; su mirada era intensa y penetrante, con ojos muy oscuros que Sofía no pudo descifrar por completo. Sofía, que estaba acostumbrada a la gente trabajadora y a la honestidad sencilla de sus compañeros en el comedor, se sintió inmediatamente intimidada por la presencia de esa mujer, que exudaba un poder que no era físico sino de una fuente diferente.

La mujer se acercó a Sofía, lentamente, midiendo cada uno de sus movimientos. Aunque no había suelo, esa mujer movía las piernas de una manera, la cual hacía parecer que estaba caminando. Se detuvo muy cerca de Sofía. Se miraron fijamente a los ojos.

La mujer ya no flotaba, sino que se mantenía en una posición completamente estática.

“Lyra,” dijo la mujer, y su voz no era de una persona común.

La voz era profunda y resonante, sin un tono agudo en ella, y parecía llenar el espacio, amplificándose de alguna manera en el silencio que allí había. El sonido no era desagradable en realidad, pero transmitía una autoridad tan absoluta que Sofía sintió que debía ponerse inmediatamente recta por reflejo.

“Te encuentras en un estado lastimoso,” continuó la mujer, con un claro juicio en su tono. “Apenas has llegado a este lugar y ya estás flotando por ahí sin objetivo, como si no tuvieras ninguna clase de propósito. Esto es inaceptable para una mujer de tu posición. ¿Qué clase de impresión crees que le estás dando a todos los demás?”

Sofía, confundida por el nombre y por la crítica hacia algo de lo que no tenía control en absoluto, ya que literalmente no podía hacer mucho más que flotar en ese lugar, simplemente intentó encogerse de hombros.

“Es muy difícil, en este espacio, mantener una postura correcta,” logró decir Sofía, y su voz sonó muy frágil en comparación con el tono resonante de esa mujer. “Honestamente, no sé quién es Lyra ni de qué posición habla.”

La mujer imponente ignoró por completo la explicación de Sofía. Su mirada recorrió de arriba abajo el cuerpo de Sofía, deteniéndose ligeramente en el vestido voluminoso y las joyas que Sofía sentía tan incómodas antes.

“Tu atuendo te sienta bien, pero tu postura lo arruina todo por completo,” comentó la mujer con un tono de voz frío. “Debes aprender a llevar el peso de lo que ya eres, y eso también incluye la ropa. Estás encorvada, Lyra. Muévete con firmeza, incluso cuando creas que no hay suelo bajo tus pies. La debilidad en este lugar no será tolerada, y tú lo sabes mejor que nadie.”

Sofía se recordó a sí misma que ella no era Lyra, pero antes de poder protestar por tercera vez, la mujer siguió hablando.

“Tu misión está muy clara, Lyra, y el tiempo apremia ya.” La mujer movió la cabeza ligeramente y esa pequeña acción hizo que su elaborado peinado brillara en la luz etérea que allí había. “Debes asegurar tu estatus de inmediato. Tienes hasta la puesta del sol para elegir y afianzar, al menos, a tu consorte principal. Este es un mundo con muchas reglas, y la principal es que no puedes permitirte el lujo de la soledad. La seguridad solo se ofrece a través de la asociación. Si no lo haces, serás destronada.”

Sofía parpadeó. Era demasiada información en una sola frase: estatus, consorte, destronada. Ninguna de esas palabras tenía algo que ver con su vida anterior, con su trabajo social o con el refugio de animales que tanto amaba. Apenas hacía una hora, honestamente, solo pensaba en si debía llevar zapatos cómodos en su visita a su amiga o si era mejor optar por unas sandalias más elegantes. Ahora, le estaban pidiendo que "afianzara" un consorte antes de que se pusiese el sol.

“Disculpe, creo que hay un error,” dijo Sofía, buscando en el bolsillo de su chaqueta—que ya no existía—el recibo de la lotería que había ganado. “Mi nombre es Sofía. Acabo de ganar la lotería, y yo solo quería… yo solo quería viajar. No soy ninguna clase de Lyra, ni necesito un consorte, y tampoco tengo un estatus que deba defender, en verdad.”

Sofía se aferró al único recuerdo que le ofrecía algo de anclaje a la realidad, ese boleto de lotería que representaba su máxima ambición terrenal hasta el momento, el viaje soñado.

La mujer, vestida de carmesí y oro, ni siquiera pestañeó al escuchar todo el discurso que le estaba dando Sofía. La indiferencia de esa mujer era absoluta, un muro inquebrantable que Sofía no pudo tocar con ninguna de sus palabras, ni de sus explicaciones.

“Tu identidad anterior ya no tiene ninguna clase de relevancia ni importancia aquí,” declaró la mujer con una frialdad que resonó en el aire. “Eres Lyra ahora. Debes aceptar esta realidad si quieres sobrevivir, cosa que espero que hagas, no por ti en realidad, sino por el bien de la estirpe.”

Ella hizo una pausa lo suficientemente larga como para que la intensidad de sus palabras se asimilara por completo en el aire silencioso. Luego, con un movimiento rápido y amplio, la mujer extendió una de sus manos hacia una dirección que señalaba algo a la distancia. Una especie de barrera invisible pareció disolverse con ese gesto.

La cortina de luz, de donde la mujer había emergido antes, se abrió para revelar una cámara adyacente de un tamaño inmenso. No era otro pasillo más lleno de luz etérea, sino un espacio arquitectónicamente definido, un salón de baile que era tan imponente como la mujer que estaba frente a Sofía. El contraste entre el vacío tranquilo de antes y la opulencia de ese salón era chocante e inmediato.

El aire en el umbral de esa cámara adyacente era diferente. Se sentía más denso, cálido incluso, llevando consigo un ligero perfume exótico que Sofía no pudo identificar, aunque le parecía un aroma que gritaba opulencia y poder, que era justamente lo que ella menos buscaba en su vida. La luz no era ahora ese resplandor suave y difuso de antes; adentro de esa cámara había una iluminación muy trabajada, con grandes lámparas que colgaban y que emitían un brillo dorado que resaltaba los detalles del lugar.

La mujer, todavía envuelta en ese atuendo ceremonioso de carmesí, se adelantó un paso hacia la entrada de la cámara, forzando a Sofía a moverse también o sería de otra manera golpeada por la mujer.

“Escúchame bien ahora, Lyra,” dijo la mujer, su voz ahora más baja pero a su vez más intensa y autoritaria. “El juego ha comenzado, y no hay tiempo para la debilidad emocional de la que has hecho gala hasta ahora. Tu antigua vida y los recuerdos de ese billete se los llevó el vacío. Olvídate de eso ya.”

La mujer se giró a propósito hacia Sofía, asegurándose de que la mirase directamente a los ojos. “Tienes una misión. En este Reino, la mujer que no tiene un consorte es débil, una paria, y una amenaza a la estabilidad del Consejo Superior, cosa que realmente no nos conviene a nadie ya. Debes asegurar tu estatus antes de que el sol se oculte en el horizonte, y para eso, requieres un consorte principal. Un hombre que sea digno de acompañar tu linaje.”

Ella enfatizó la palabra ‘consorte’ con una especie de desprecio que Sofía no logró descifrar del todo. Parecía que para esa mujer, un consorte era simplemente un objeto necesario, no algo que se deseaba por sí mismo.

“Un hombre que sea fuerte, influyente, y, por supuesto, muy deseado por todas las demás mujeres. Si no lo haces, serás destronada, pero lo más importante es que serás erradicada de este plano por completo. ¿Entiendes ahora la diferencia entre un viaje terrenal y la supervivencia espiritual, Lyra?”

Sofía, todavía aferrándose a la idea de que todo esto era una especie de delirio muy extraño o una alucinación inducida por el trauma de la caída, intentó protestar y explicar su situación por última vez. La idea de ser simplemente ‘Lyra’ era tan ajena a ella como la vestimenta ridícula que llevaba puesta.

“Pero yo no soy Lyra,” insistió Sofía, logrando que su voz se mantuviese firme, a pesar de la presión que sentía. “Mi nombre es Sofía Cáceres. Solía trabajar honestamente, y mi única ambición era ahorrar para…”

Se quedó a mitad de la frase, porque en verdad no había caso en continuar. Su vida era tan simple, tan enfocada en el servicio a los demás en el fondo y en una meta tan modesta como el viaje deseado, que parecía absolutamente ridículo e insignificante frente a la grandiosidad y las implicaciones de lo que la mujer le estaba diciendo. Un billete de lotería y un viaje contra un trono y la aniquilación completa de su ser. No había punto de comparación real.

“Y ese boleto…” murmuró, más para sí misma que para la mujer imponente.

“No me importa tu boleto, ni tu nombre anterior,” la interrumpió la mujer de rojo, y su tono de voz era duro, sin el menor rastro de paciencia. “Lo que fuiste ya no existe. Solo queda lo que puedes llegar a ser en este momento. La lotería era solo una distracción, un pensamiento egoísta de una vida que se acabó de un golpe brutal.”

La mujer entonces hizo el gesto amplio que había hecho antes, algo que a Sofía le pareció más un movimiento ritual que una simple apertura de puertas. El salón adyacente se reveló de manera total entonces.

Lo que Sofía vio la dejó totalmente paralizada.

No era solo un salón de baile, sino un gigantesco estrado, una cámara vasta con techos altísimos que se perdían en el brillo dorado de las lámparas, aunque esto podría haber sido solo por la cantidad de luz que había adentro. Había estructuras complejas de piedra pulida, cubiertas con algo que se parecía a una especie de vegetación exótica, pero lo que realmente llamó la atención de Sofía fue la gente.

El salón estaba notablemente lleno de hombres. No solo hombres en general, sino hombres espectaculares, de una belleza que parecía sacada directamente de una revista de moda que nunca había visto en su vida, o de los sueños más salvajes de la gente que se sentaba a su lado a leer las revistas de moda en los salones de espera. Eran muchísimos hombres.

Estaban vestidos con ropas detalladas, de cortes muy limpios y colores que iban desde los tonos más profundos, como esmeraldas y zafiros, hasta el blanco más puro, algo que ella nunca vería en su ciudad normal. Todos mostraban una presencia física impresionante, y se movían con una gracia que sugería un entrenamiento militar, o al menos un estatus social muy alto. Había hombres de todas las texturas y edades, muchos de ellos. Algunos eran de complexión robusta, otros esbeltos y muy altos, pero todos compartían un aire de confianza absoluta que era impresionante y un poco intimidante a la vez.

La vastedad de la cámara y la cantidad de hombres que había adentro eran inmensas, el brillo del lugar era abrumador. Sofía intentó buscar alguna mujer, cualquiera que fuese, para sentirse menos extraña, pero solo veía hombres por todas partes.

La mujer del traje ceremonial sonrió de una manera seca, casi predatoria, cuando vio la reacción de Sofía, que se notaba en cómo se le abrían los ojos y lo rápido que temblaba.

“Aquí tienes a tus súbditos potenciales, Lyra,” declaró la mujer, señalando a la multitud con un movimiento de su mano, un gesto que indicaba propiedad total de esos hombres que estaban allí. “Los mejores especímenes, escogidos meticulosamente, como siempre lo hace el Consejo, claro. Estos hombres son los líderes de clanes, los guerreros más prestigiosos y los administradores más influyentes de nuestro Reino. Ellos son tu boleto real hacia la inmortalidad, no la estupidez de una lotería de ese mundo que ya has perdido.”

Softía sintió el vértigo. Un harén invertido. Ella, Sofía, la mujer que solo quería un billete de avión, se encontraba de repente en un salón lleno de hombres poderosos que, según se le indicaba, ahora debía conquistar y someter a su voluntad. Esto era lo más alejado posible de su vida anterior.

“Tu reinado inminente exige que demuestres tu dominio,” concluyó la mujer. “Observa bien a todos. Elige al más fuerte de todos y haz que se arrodille ante ti. La puesta del sol está cerca, Lyra.”

La voz de la mujer se desvaneció un poco, aunque no se fue del todo. Sofía se quedó ahí, justo frente al umbral, sintiendo el calor del salón de baile inundar todo el espacio, y mirando a la multitud de hombres que se movían con una elegancia que ella no poseía. Eran espectaculares, eso era innegable, cada uno de ellos era una obra de arte, pero Sofía no sentía ningún deseo, sino puro pánico. Su corazón, que antes latía de euforia, ahora latía a un ritmo frenético de terror y confusión. El mundo había cambiado, y su simple vida había terminado. Ahora era Lyra, y tenía que conseguir un consorte a la fuerza antes de que anocheciese.

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