Capítulo 1: El peso del día
Anastasia giró la manija y empujó la puerta de su habitación. El cuarto la recibió con el aroma familiar de las velas de lavanda que siempre encendía antes de acostarse, aunque esa noche no las había preparado. Cerró detrás de sí, dejando caer el pestillo con un clic metálico que resonó en la penumbra.
Mientras caminaba hacia la cama, sus dedos buscaron los botones de la blusa. Había sido un día agotador, de esos en que las negociaciones se alargan hasta que hasta la sonrisa más entrenada empieza a doler. Los gremios de la ciudad habían estado particularmente difíciles, regateando cada cláusula como si su vida dependiera de ello. Y ella, como siempre, había cedido lo justo para mantener la ilusión de que ganaban algo.
El primer botón se deslizó con facilidad. Luego el segundo. Para el tercero ya sentía el alivio de liberar sus hombros de la tela rígida. La blusa cayó al suelo, formando un montón oscuro junto a sus pies, y ella no se molestó en recogerla. Mañana lo haría. O tal vez se la llevaría una criada. En ese momento, la única prioridad era deshacerse de todo lo que le recordaba su posición.
La falda siguió el mismo camino, deslizándose por la curva de sus caderas hasta unirse a la blusa en el descuido del suelo. Anastasia suspiró, sintiendo cómo el aire fresco rozaba su piel. La ropa formal siempre le parecía una armadura: necesaria para la batalla, pero insoportable una vez terminada la jornada. Ahora solo llevaba las medias y la tanga, nada más que lo indispensable para no sentirse completamente desnuda.
Miró hacia la cama, tentadora con sus sábanas blancas y las almohadas mullidas. Pero antes de dejarse caer, estaba esa molestia de las medias. Necesitaba quitárselas; de lo contrario, terminarían arrugadas y enredadas entre las piernas durante la noche.
Se colocó frente al borde del colchón, buscando un punto de apoyo. Luego se inclinó hacia adelante, estirando el brazo para alcanzar la hebilla que sujetaba la media justo debajo de su rodilla. El movimiento tensó la tela de la tanga contra sus nalgas, ajustándola a la curva generosa de su trasero. Era un cuerpo que siempre había llamado la atención, aunque ella prefería no pensar en eso. Prefería pensar en contratos y beneficios, en cómo mover las piezas del tablero comercial.
Pero el cuerpo no se olvida tan fácilmente.
La hebilla cedió con un chasquido metálico, y la media comenzó a desenrollarse lentamente por su muslo. Anastasia sintió el roce de la tela al deslizarse, el aire frío tocando la piel recién descubierta. Se enderezó un momento para dejar caer la media al suelo, y luego se inclinó de nuevo para la otra pierna.
En esa posición, su trasero se elevó aún más, redondeado y firme bajo la delgada barrera de la tanga. La tela se hundía entre sus nalgas, marcando cada línea con precisión.
No supo que, tras ella, la puerta se había abierto sin el más mínimo chirrido. No supo que una figura oscura, de piel negra como la noche, se había deslizado adentro y había cerrado la puerta con la misma sigilosa precisión. No supo que unos ojos fijos la observaban desde las sombras, devorando cada detalle de su cuerpo expuesto, deteniéndose en la curva que se ofrecía sin saberlo.
La segunda media cayó al suelo.
Anastasia se enderezó, pasándose una mano por el cabello suelto. El cansancio le pesaba en los párpados, pero aún quedaba algo por hacer. Echidna, su espíritu artificial, solía quedarse en la bufanda durante todo el día, y necesitaba liberarla antes de dormir. Pero primero, sentarse un momento. Solo un momento.
Se giró hacia la cama, lista para dejarse caer.
Y entonces lo vio.
O creyó verlo. Una sombra en el espejo, más grande y más oscura que las demás. Algo que no debería estar allí.
Parpadeó, y la imagen desapareció.
Anastasia frunció el ceño, observando el espejo que colgaba en la pared opuesta. Solo se reflejaba a ella misma, pequeña y desaliñada, con el cabello revuelto y la ropa interior visible. Nadie más. La puerta seguía cerrada, el pestillo puesto.
Debía estar más cansada de lo que pensaba. Tal vez incluso alucinando. Eso sería malo para los negocios; una candidata al trono que ve sombras donde no las hay no inspira confianza.
Sacudió la cabeza, riéndose para sí misma. Luego se volvió hacia la cama y se sentó en el borde, las manos apoyadas en el colchón. La habitación estaba en silencio, salvo por el leve crujido de la madera y el rumor distante del viento contra los ventanales.
Pero tras ella, en el rincón más oscuro junto a la puerta, alguien contenía la respiración.
Y esperaba.
Un instante de silencio. Luego otro. Anastasia se quedó allí, sentada al borde de la cama, con las manos apoyadas en el colchón y la mirada perdida en algún punto de la pared. La respiración se le había vuelto más lenta, como si el cansancio la estuviera arrastrando hacia abajo. Tal vez debería llamar a Echidna, pedirle que revisara el perímetro de la habitación. Pero el espíritu había estado callada todo el día, y molestarla ahora parecía innecesario.
Un susurro rompió el silencio.
Las palabras llegaron desde detrás, tan bajas que casi parecían parte del viento. Pero no lo eran. Tenían una textura extraña, un ritmo que no coincidía con ningún idioma que ella conociera. Y sin embargo, algo en esas sílabas la atravesó como un hilo de aguja, buscando un lugar profundo dentro de su mente.
Anastasia quiso girarse. Quiso preguntar quién estaba allí. Pero su cuerpo no respondió. La luz violeta brotó de la nada, envolviéndola en un resplandor que parpadeó dos veces antes de disiparse. Ella sintió un tirón, como si algo se ajustara dentro de su cabeza, encajando en un espacio que no sabía que existía. Sus músculos se tensaron, la espalda rígida, las manos apretando el colchón.
Luego, la tensión se desvaneció. Todo su cuerpo se relajó, más relajado de lo que había estado en meses. Era como si el peso del día, de los gremios, de las negociaciones, de la corona misma, se hubiera esfumado. La mente, antes llena de cálculos y estrategias, ahora se sentía vacía. Tranquila. Una calma líquida que lo envolvía todo.
Parpadeó lentamente. La habitación seguía igual, las velas apagadas, la penumbra densa. Pero algo había cambiado. O tal vez no. No estaba segura de querer saberlo.
Se levantó con movimientos pausados, casi fluidos. Sus ojos, antes vivos y escrutadores, ahora tenían un brillo vidrioso, como si miraran a través del mundo en lugar de verlo. Dio la vuelta, girando sobre sus talones con la lentitud de quien se mueve en un sueño. La falda y la blusa seguían en el suelo, y ella las ignoró por completo. Sus pies descalzos rozaron la madera fría mientras avanzaba hacia la figura que la esperaba en la sombra.
El hombre de piel negra estaba junto a la puerta, inmóvil. No era alto, pero su presencia llenaba el espacio de una manera que ella no supo medir. Sus ojos brillaban en la oscuridad, fijos en ella, devorando cada paso que daba. No sonreía. Simplemente la observaba, como si hubiera estado esperando ese momento durante mucho tiempo.
Anastasia se detuvo frente a él. La distancia entre sus cuerpos era mínima, apenas un respiro. Podía sentir el calor que irradiaba su piel, el ritmo pausado de su respiración. Levantó la vista para encontrarse con su mirada, y allí, en el fondo de sus ojos vidriosos, algo se movió. Un destello de reconocimiento, tal vez. O de aceptación.
Extendió los brazos lentamente, como si el gesto fuera lo más natural del mundo. Sus manos rodearon el cuello del hombre, los dedos enredándose en la tela de su camisa. Luego presionó su cuerpo contra el suyo, sintiendo el contacto de la ropa áspera contra su piel desnuda. La tanga apenas separaba su vientre del de él, y las medias que colgaban de sus tobillos eran lo único que quedaba de su vestimenta.
Apoyó la mejilla contra su pecho y escuchó los latidos de su corazón. Firmes. Constantes. Como un reloj que marca el tiempo de algo que estaba por venir.
—Tómame, por favor —susurró ella, y su voz sonó distante incluso para sí misma.
Sus dedos comenzaron a moverse, buscando los botones de la camisa del hombre. El primero cedió con facilidad, revelando un vistazo de piel oscura. El segundo le siguió, luego el tercero. Ella tiraba de la tela hacia los lados, separándola de su torso, dejando al descubierto el pecho firme y las líneas de sus músculos. La camisa colgó abierta, inútil, y ella deslizó las manos por dentro, tocando la piel caliente bajo sus palmas.
Él no se movió. Siguió observándola, permitiendo que ella lo desnudara a su propio ritmo. Solo cuando sus dedos llegaron al último botón y la camisa cayó completamente abierta, él alzó una mano y le acarició el cabello. Un gesto suave, casi tierno. Como si estuviera acariciando a un animal pequeño.
Anastasia inclinó la cabeza contra su mano, buscando más contacto. Su cuerpo se movía por voluntad propia, siguiendo impulsos que no cuestionaba. No había miedo. No había duda. Solo una necesidad quieta, sorda, que latía en lo más profundo de su vientre.
—Sabía que vendrías —murmuró él, la voz grave y baja, apenas un rumor—. Sabía que me esperarías.
Ella no respondió. Pero sus brazos se apretaron alrededor de su cuello, y su cuerpo se pegó aún más al de él, buscando fundirse en un solo calor.
La noche apenas comenzaba.
El hombre deslizó una mano por su cintura, rodeándola con firmeza pero sin brusquedad. La levantó del suelo con una facilidad que sorprendió incluso a Anastasia, como si ella no pesara más que una pluma entre sus brazos. Ella dejó que su cuerpo se abandonara, que la gravedad hiciera lo suyo mientras él la llevaba hacia la cama. El colchón cedió bajo su espalda cuando la depositó, y ella quedó ahí, mirando el techo con esa mirada vidriosa que ya no veía el mundo real.
El hombre se irguió junto a la cama, y ella lo observó desde abajo mientras sus manos bajaban al cinturón. El metal raspó contra la hebilla, y luego el pantalón cayó al suelo con un rumor sordo. El calzoncillo le siguió, deslizándose por sus muslos hasta liberar su pene erecto, que se alzó oscuro y tenso contra la penumbra de la habitación. Anastasia lo miró sin parpadear. No sintió miedo. No sintió vergüenza. Solo una expectativa hueca que latía en algún lugar de su vientre.
Él se inclinó sobre ella, colocándose entre sus piernas. Sus dedos encontraron el borde de la tanga y la deslizaron hacia un lado, apartando la tela justo lo suficiente para dejar al descubierto lo que buscaba. Anastasia sintió el roce de la tela contra su piel, el aire fresco rozando su sexo. Luego sintió la presión, el avance lento y constante del miembro del hombre empujando contra su entrada.
No hubo resistencia. Su cuerpo se abrió para él como si hubiera estado esperando ese momento desde siempre. El empuje fue profundo, llenándola por completo, y ella arqueó la espalda al sentir cómo la penetraba. Un gemido escapó de sus labios, bajo y tembloroso, mientras sus manos se aferraban a las sábanas. No opuso resistencia. No apartó la mirada. Simplemente aceptó, abriéndose más a cada embestida, dejando que él marcara el ritmo.
El hombre comenzó a moverse, al principio con lentitud, como si saboreara cada centímetro de su interior. Sus embestidas eran profundas y medidas, y Anastasia respondía a cada una con un gemido que se hacía más audible a medida que pasaban los minutos. Las sábanas se arrugaban bajo sus dedos, y su respiración se volvía más rápida, más errática. Pero no pedía que se detuviera. No quería que se detuviera.
Pasaron varios minutos en esa posición, el cuerpo de Anastasia meciéndose al ritmo de las embestidas. Luego, sin previo aviso, él se retiró y la giró boca abajo con un movimiento firme. Ella quedó con la mejilla hundida en la almohada, el trasero elevado, la tanga aún torcida hacia un lado. Él se colocó detrás de ella, y antes de que pudiera procesar el cambio, sintió la presión en un lugar diferente. Más estrecho. Más intenso.
Empujó, y Anastasia hundió la cara en la almohada, jadeando mientras la penetración anal se completaba. Era más profundo que antes, más lleno, y ella sintió cómo cada músculo de su cuerpo se tensaba alrededor de él. Pero no fue dolor lo que sintió. Fue placer. Un placer abrumador que la envolvía por completo, haciéndola olvidar dónde estaba y quién era.
—Más —jadeó, la voz ahogada contra la almohada—. Por favor, más.
Él obedeció, incrementando el ritmo de las embestidas. Cada empuje la hundía más en el colchón, y ella gemía sin control, las manos aferradas a las sábanas, el cuerpo completamente entregado. No quedaba nada de la comerciante calculadora, de la candidata al trono. Solo una mujer que jadeaba y suplicaba, atrapada en un éxtasis que no quería detener.
En ese momento, un destello blanco emergió de la bufanda que yacía en el suelo. Echidna se materializó, su forma etérea flotando en el aire con los ojos abiertos de par en par. El espíritu artificial alzó una mano, intentando formar un hechizo, pero antes de que pudiera completarlo, el hombre giró la cabeza y susurró una sola palabra.
Un destello violeta envolvió a Echidna, inmovilizándola en el aire. Sus ojos parpadearon, y luego se quedaron quietos, fijos, sin vida. La mano que había alzado cayó a su costado, y su forma comenzó a desvanecerse, replegándose hacia la bufanda hasta desaparecer por completo. El hombre volvió su atención a Anastasia, que seguía hundida en la almohada, ajena a todo.
Continuó embistiéndola, sintiendo cómo el cuerpo de ella se tensaba a su alrededor. Un par de embestidas más, y llegó al clímax, eyaculando profundamente dentro de ella mientras un gruñido escapaba de su garganta. Anastasia sintió el calor llenarla, y un espasmo la recorrió de pies a cabeza, arqueando la espalda una última vez antes de relajarse por completo.
Él se retiró lentamente y se recostó a su lado, estirándose sobre las sábanas revueltas. Anastasia se giró sin pensarlo, buscando el calor de su cuerpo con la misma necesidad con que una cría busca a su madre. Se acurrucó contra su pecho, apoyando la mejilla sobre su piel sudorosa, y cerró los ojos.
Él pasó un brazo alrededor de sus hombros, atrayéndola más cerca. Su mano acarició su cabello suelto, peinando los mechones revueltos con una ternura que contrastaba con todo lo que acababa de ocurrir.
—Eres mía para siempre —murmuró, la voz apenas un rumor en la oscuridad.
Anastasia no respondió. Su respiración se había vuelto lenta y regular, el cuerpo relajado contra el de él, los labios entreabiertos. Se había quedado dormida, envuelta en un cansancio profundo que no recordaba haber sentido antes. No soñó. No se movió. Simplemente existió, acurrucada contra el pecho del hombre que la había reclamado.
La habitación quedó en silencio, roto solo por la respiración de ambos. La noche se cerraba alrededor de ellos, y el mundo exterior, con sus gremios y sus coronas y sus negociaciones, parecía tan lejano como un recuerdo borroso.
Allí, entre sábanas revueltas y cuerpos entrelazados, no había candidatas al trono. Solo una mujer que, por primera vez en mucho tiempo, había dejado de pensar. Había dejado de calcular. Había dejado de ser Anastasia Hoshin, la dueña del imperio comercial.
Y eso, en algún lugar profundo de su ser, era exactamente lo que siempre había querido.
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