Published on September 1, 2026

La más cabrona. Mateo inventó que se había “roto una llave” en el departamento para que su padre, el albañil rudo y malencarado, fuera a “arreglarla”. El hombre llegó con cara de pocos amigos, herramientas en la mano y esa verga colosal marcándose bajo la mezclilla como si fuera un tubo de PVC. Diego y Sebastián se escondieron en el cuarto de al lado, escuchando todo con la respiración contenida. Mateo se acercó, se arrodilló “para ayudarle” y, con total descaro, pasó la mano por encima del bulto: —Jefe… siempre me has dicho que sea hombre. Pues hoy voy a ser el hombre que te la chupe hasta que se te olvide el apellido. El albañil se quedó helado. Quiso empujarlo. Quiso gritar. Pero cuando Mateo le bajó el cierre y sacó esa verga gruesa, venosa y pesada, el hombre solo soltó un gruñido bajo. Mateo lo tomó en la boca con ganas, haciendo ruidos obscenos, mientras su propio culo se movía de lado a lado como invitando. Luego se dio la vuelta, se bajó el short y se apoyó en la mesa, abriendo las nalgas con ambas manos: —Métela, papá. Toda. Quiero que me folles como el albañil que eres. Enderézame el camino, que este culo ya está listo para la obra. El hombre, después de un segundo eterno, le agarró las caderas con esas manos callosas y entró de un solo empujón. Mateo gritó de placer, el culo estirándose alrededor de esa verga enorme. El albañil lo folló con fuerza bruta, sin delicadeza, exactamente como Mateo había fantaseado. Cada embestida hacía que las nalgas claras rebotaran y temblaran, el sonido de carne contra carne llenando el departamento. Desde el otro cuarto, Diego y Sebastián se tocaban mutuamente mientras escuchaban: —Pinche Mateo… se está dejando hacer la casa. Cuando el albañil se corrió profundo, soltando un gruñido de animal, Mateo se quedó temblando, lleno, con una sonrisa de victoria en la cara. —Gracias, jefe… ahora sí me dejaste bien cimentado.

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