Diego encontró al barbudo detrás de la biblioteca, tocando una canción desafinada. Se sentó a su lado, cruzó las piernas y dejó que el short se le subiera lo suficiente para mostrar la curva inferior de ese culo moreno y pesado. —Tocas bien culero —dijo con voz melosa—, pero tienes cara de que folles rico. ¿O nada más sabes rascar cuerdas? El hippie lo miró, sonrió con esa barba sexy y desordenada, y sin mucho preámbulo lo llevó detrás de los contenedores. Diego se apoyó contra la pared, bajó el short hasta las rodillas y se abrió las nalgas con las dos manos, mostrando el agujero rosado y ya un poco brilloso. —Órale, hippie… échale un taco a esta nalgona. No te hagas el santo que ya se te está parando el instrumento. El hombre escupió, se acomodó y entró de una. Diego soltó un gemido largo y empezó a empujar hacia atrás, el culo rebotando contra la pelvis del hippie con cada embestida. Las nalgas morenas se movían como gelatina, abriéndose y cerrándose alrededor de la verga. —Así, cabrón… úsame como el perro callejero que eres. Métela toda, que este culo no es de adorno. ¡Más duro, que se me está haciendo agua la boca del otro lado! Cuando el hippie se corrió adentro, Diego se quedó un momento con las piernas temblando, el semen bajándole por el muslo. Se acomodó la ropa, se limpió con la mano y regresó al departamento como si nada, moviendo el culo con más exageración que nunca.
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