Sebastian llegó a la enfermería con una “torcedura” inventada. Se sentó en la camilla, abrió las piernas más de la cuenta y dejó que el short corto se le subiera hasta mostrar el comienzo de esas nalgas claras y redondas. El doctor Ramírez, de mandíbula cuadrada y pecho que se le marcaba bajo la bata, intentó mantener la compostura. —¿Duele aquí? —preguntó, palpándole el muslo. Sebastian arqueó la espalda, empujó el culo hacia atrás y soltó con voz de perra: —Más arriba, doctor… por ahí se me está hinchando otra cosa. ¿No me va a checar la presión… por detrás? Cinco minutos después la bata estaba abierta, la camilla chirriaba y Sebastian estaba de rodillas sobre ella, short en los tobillos, las dos manos abriéndose las nalgas. El doctor, que juraba nunca haber tocado a un estudiante, le clavó esa verga gruesa y bien formada de un solo empujón. Sebastian soltó un gemido largo y se rio entre dientes: —Ay, doctor… qué profesional se siente usted adentro. ¿Así revisa a todos los pacientes o nada más a las nalgonas? El hombre le agarró las caderas con fuerza y empezó a embestir. Cada golpe hacía que el culo de Sebastian rebotara con un sonido húmedo y obsceno. Las nalgas se movían solas, temblando, abriéndose y cerrándose alrededor de la verga. Sebastian empujaba hacia atrás como la puta que era: —Más duro, doctor… no sea tan delicado. Métamela toda, que este culo aguanta hasta radiografía. Cuando el doctor se corrió profundo, mordiéndole el hombro y sujetándole las nalgas con ambas manos, Sebastian se quedó temblando, el semen resbalándole por el muslo. Se acomodó el short, se limpió con un pañuelito y le guiñó un ojo: —Gracias por la consulta, doctor. La próxima vez traigo mi cartilla de vacunación… por si quiere ponerla completa.-
Comments (0)
No comments yet. Be the first to share your thoughts!