Se llamaban Diego, Mateo y Sebastián, y juntos eran el trío de perras más peligrosas de la facultad. Diego era el moreno de piel color café con leche, labios gruesos siempre brillantes de gloss y un culo tan redondo y pesado que cuando caminaba las nalgas se movían solas, como si tuvieran vida propia. Las caderas anchas, la cintura estrecha y esas nalgas altas que rebotaban con cada paso lo hacían parecer una nalgona de video. Mateo, el moreno claro, tenía el culo más “lleno”: dos medias naranjas perfectas, firmes pero suaves, que se le marcaban hasta con el pantalón más flojo. Piernas torneadas, cintura de avispa y esa forma de moverse que parecía que siempre estaba ofreciendo el trasero. Sebastián, el güero de ojos claros y cabello casi platino, era el más alto de los tres. Piernas larguísimas, culo alto y rebotón, de esos que cuando se agachaba se le abrían las nalgas solitas. Voz chillona, manos delicadas y una forma de sentarse con las piernas cruzadas que gritaba “métemela”. Las tres auténticas perras ya se habían comido a medio campus: compañeros, profesores, casados, heteros que “solo esta vez”, y hasta habían tenido sus “juegos de niñas” entre ellas cuando no había verga disponible. Una noche, después de haber dejado a tres basquetbolistas casados hechos un desastre, estaban tirados en el sofá del departamento, shorts bajados hasta media nalga, culos al aire y sudando el último round. Diego se acomodó de lado, dejando que su culo moreno se expandiera sobre el cojín: —Ya no hay nada nuevo, güeyes. Ya nos comimos hasta al del café. ¿Qué nos queda? Mateo se rio y se dio una nalgada a sí mismo, haciendo que la carne rebotara: —A mí me queda mi jefecito. Ese albañil rudo, malencarado, de manos callosas y verga de burro que se le marca hasta con los pantalones de mezclilla. El mismo que se avergüenza de que su hijo sea una nalgona. Imagínate… que me meta esa cosa y me diga “ahora sí te voy a enderezar, hijo de tu puta madre”. Sebastián se tapó la boca, escandalizado y ya duro: —Y a mí el doctor Ramírez. Ese guapo de bata blanca, pecho ancho, brazos fuertes y reputación intachable. Trabaja en la enfermería y siempre me mira como si yo fuera un caso clínico. Quiero que me examine el culo con la verga y me diga “esto no está en el expediente”. Diego sonrió con malicia, moviendo las caderas: —Y a mí el hippie. Ese vagabundo barbudo que se sienta afuera de la biblioteca oliendo a incienso y a sexo. Parece un dios griego que se quedó sin casa. Quiero que me folle contra la pared y me deje el culo hecho mermelada. Se miraron. Las tres perras más putas de la facultad acababan de firmar el pacto más cabrón: cada uno iba a cogerse al imposible del otro. Sin piedad. Sin vergüenza. Solo albures, culos y victoria.
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