Servicio completo La residencia en Santa Fe era un nido de cristal y acero, un apartamento de esos que huelen a dinero nuevo y desprecio. Diego caminaba por la sala como un gallo de pelea, su cuerpo corpulento—fruto de años de crossfit y suplementos caros—tenso de indignación. Su novio, Emiliano, estaba recostado en el sofá como un gato indolente. Y qué gato. Tenía el cabello chino, negro como el azabache, que caía en rizos suaves sobre una frente amplia. Pero lo que realmente detenía el tráfico era su cuerpo: una cintura de avispa que se abría a unas caderas generosas, sosteniendo un trasero que era una obra maestra de la genética—redondo, alto, con una curva que parecia desafiar las leyes de la física, siempre realzado por jeans ajustados. Y su pecho… no era el pecho plano y musculado de Diego. Eran un par de pectorales carnosos, suaves, con pezones grandes y oscuros que se marcaban bajo cualquier playera. A todo eso hay que añadir una hermosa piel morena. -Pinche tele de mierda.- escupió Diego, pateando el mueble que sostenía la pantalla plana de 75 pulgadas, ahora negra y silenciosa.- Justo cuando iba a ver el partido. ¡Y esta compañía de seguros me manda a un puto don nadie!- El timbre sonó, estridente. Diego abrió la puerta con un gesto de fastidio. En el umbral estaba Don Chuy. Cincuenta y tantos años que parecían setenta. Panza cervecera que colgaba sobre el cinturón de mezclilla desgastada. Camisa a cuadros sudada bajo los brazos. Cara marcada por el sol y la vida barata, con una nariz bulbosa y unos ojos pequeños, vivaces, que lo escudriñaban todo al instante. Olía a tabaco rancio y a grasa de motor. -¿Reparación?- preguntó Don Chuy, con una voz rasposa como lija. -Si, pásele.- Diego sin mirarlo, haciendo un gesto despectivo con la mano. - Es esa mamada. Apúrate, tengo cosas que hacer.- Don Chuy entró, sus botas de trabajo dejando marcas tenues en el piso de porcelanato pulido. Sus ojos pasaron por encima del rubio engreído y se clavaron, como imanes, en la figura recostada en el sofá. Emiliano. Don Chuy se quedó un segundo paralizado. La boca se le hizo agua. A la verga, pensó. Éste no es un hombre, es un banquete. Emiliano, sintiendo la mirada, se incorporó un poco. Sus ojos grandes, color miel, encontraron los del viejo. No había disgusto en ellos, sólo una curiosidad perezosa. Se estiró, y el movimiento hizo que su playera de algodón se levantara, mostrando un lunar junto al ombligo y que sus jeans se ajustaran aún más a ese trasero monumental. -¿Qué miras, viejo?- gruñó Diego, interceptando la mirada. -Haz tu chamba y vete.- Don Chuy parpadeó, una sonrisa lenta y astuta se dibujó en su rostro. -Claro, jefe. Ahorita le doy su servicio.- Se acercó al televisor, sacando herramientas viejas de su bolsa desgastada. Pero su mente no estaba en los cables. Estaba en el moreno. En ese culo que parecía hecho para ser agarrado por manos callosas. En ese par de pectorales que debían rebotar con cada embestida. Diego, desdeñoso, se fue a la cocina a prepararse un batido de proteínas, dejando a solas a Don Chuy con Emiliano. El viejo no perdió tiempo. Mientras desatornillaba la parte trasera del televisor, habló, su voz un susurro cargado de intención. -Órale, mamacita… digo, joven. Qué paquete trae usted ahí sentado. Parece un melonsote maduro.- Emiliano se río, un sonido suave y melodioso. No se ofendió. Le gustaba la atención. -¿Melón, don?- -¡Claro! Redondito, jugosito… y con ese cabuya que se le marca en los jeans.- dijo Don Chuy, atrevido, sus ojos brillando. -Debe de andar bien surtido el mercado adelante también, ¿no?- Emiliano se mordió el labio, una sonrisa juguetona en sus ojos. -Podría ser, don.- -Uy, uy… con ese cuerpazo y ese güero mamón que lo trae de adorno.- Continuó Don Chuy, soltando un tornillo que rodó hasta los pies del sofá. - Seguro ni le da su mantenimiento correcto. Lo debe tener ahí, de flan, sin estrenar a fondo.- Desde la cocina, Diego gritó -¿Ya acabaste, viejo?- -¡Nelson! Casi, jefe.- gritó Don Chuy de vuelta. Luego, bajando la voz otra vez para Emiliano: -Mire mijo… yo soy un hombre directo. Y veo un aparato de primera como usted, descuidado. Me da coraje. Yo, con una herramienta vieja pero bien afilada, le daría uso hasta que chirriara." Emiliano sintió un calor inesperado en el bajo vientre. La vulgaridad del viejo era grotesca, pero increíblemente excitante. Era real, sin filtros. Se levantó del sofá y se acercó, como hipnotizado, a donde Don Chuy estaba arrodillado. -¿Y qué… qué haría usted, don?- preguntó Emiliano, su voz ahora un susurro. Don Chuy miró hacia la cocina. El ruido de la licuadora sonaba. Se arriesgó. Alzó una mano callosa y la posó, sin permiso, en la nalga de Emiliano. Apretó. La carne cedía, firme y abundante. Emiliano contuvo un gemido. Primero.- Susurró el viejo, acariciando con el pulgar la curva a través del jean.- Le daría una lavada a presión a todo este equipo. Luego, le revisaría el aceite… a fondo. Con la vara de nivel bien metida, ¿me entiende?- Emiliano asintió, casi sin aliento. La mano del viejo era áspera, dominante. -Y luego.- Continuó Don Chuy, su aliento oliendo a café barato y cigarro.- Le pondría mi motor a trabajar en ese garaje trasero. A ver si prendía la marcha. Le juro que lo haría cambiar de dueño… aunque el titular ande en la cocina.- La licuadora se detuvo. Don Chuy retiró la mano rápidamente, pero el fuego ya estaba encendido. -Ya la armé, jefe.- Anunció el viejo, poniéndose de pie con un gruñido.-Pero necesita un componente especial. Un capacitor. Lo traigo en mi camioneta. Voy y vengo.- Diego salió de la cocina, bebiendo su batido verde. -Apúrese entonces.- Don Chuy salió, pero no fue a su camioneta. Se quedó un momento en el pasillo, sacando un teléfono plegable de su bolsillo. Marcó el número del apartamento, que había visto en la orden de servicio. Dentro, sonó el teléfono fijo. Diego, fastidiado, fue a contestar. Don Chuy, rápido como un zorro, volvió a abrir la puerta con la llave de servicio que nunca había devuelto. Entró en silencio. Emiliano estaba de pie, junto al televisor ahora funcional, su trasero hacia la puerta. Sin una palabra, Don Chuy se le acercó por detrás. Le tapó la boca con una mano y con la otra le bajó los jeans y el calzoncillo de un tirón brusco. El trasero de Emiliano quedó al descubierto, pálido y perfecto, un lunar pequeño en la nalga izquierda. -Quieto, mamacita.- gruñó Don Chuy en su oído. -Llegó la hora del servicio completo.- Emiliano, en vez de resistirse, se arqueó hacia atrás, un gemido ahogado escapando entre los dedos callosos del viejo. Don Chuy no necesitó más invitación. Se escupió en la mano, se lubricó su propia erección—sorprendentemente gruesa y decente para su edad—y la frotó contra el hoyo virginalmente apretado del muchacho. -Ahora vas a saber lo que es un hombre de verdad.-murmuró el viejo.-No ese pinche güero de vitrina.- Y empujó. Emiliano gritó contra su mano, el dolor y el placer mezclándose en una oleada electrizante. Don Chuy lo poseyó contra el mueble del televisor, agarrándole esas caderas estrechas para clavar cada embestida. -¡Toma! ¡Toda mi tuerca oxidada! ¡A ver si le afloja las cachuchas a este chasis tan fino!- jadeaba Don Chuy, su panza golpeando las nalgas de Emiliano con un sonido húmedo. Desde el otro cuarto, se oía la voz de Diego en el teléfono. -¿Sí? ¿Quién habla? ¡No, no pedí una pizza!- Don Chuy, animado por el riesgo, hablaba más fuerte, seguro de que el ruido del televisor (que había dejado encendido en un canal de música a todo volumen) lo cubriría. -¡Así, mi reina! ¡Aprieta ese melón! ¡Uy, qué juguito tiene el durazno! ¡Le voy a dejar el tanque de gas lleno hasta el tope!- Emiliano gemía, perdido en la brutalidad y la vulgaridad del acto. Era sucio, era feo, era lo más excitante que le había pasado. Las manos viejas y ásperas del reparador le apretaban las tetas por encima de la playera, masajeándolas con fuerza. -¡Estas llantas están bien infladitas! ¡Perfectas para el camionero!- Diego colgó el teléfono, frustrado. -¡Emiliano! ¿Qué pasa con esa música?- Comenzó a caminar hacia la sala. Don Chuy lo oyó acercarse. Con un último empujón profundo, se vació dentro de Emiliano con un gruñido animal. Luego, rápido como un rayo, se separó, subiéndose los pantalones. Le dio una palmada fuerte en la nalga a Emiliano, que estaba jadeando, descompuesto, con los jeans alrededor de los muslos. -Quedó reparado.- susurró el viejo con una sonrisa maliciosa. -Y de regalo, le dejé carga nueva.- Cuando Diego entró en la sala, encontró a Emiliano frente al televisor, ajustándose los jeans con manos temblorosas. La pantalla mostraba un video musical. Don Chuy estaba recogiendo sus herramientas. -¿Todo bien?- preguntó Diego, con sospecha. -Perfecto, jefe.- dijo Don Chuy, limpiándose las manos en su pantalón. -El aparato ya quedó al cien. Transmite perfecto. Aunque…- hizo una pausa, mirando directamente a Emiliano, cuyos ojos estaban vidriosos.- A veces estos modelos tan finos necesitan un ajuste más… personalizado. De esos que uno da a domicilio, ya sabe.- Diego, ignorante, asintió con fastidio. -Cuánto le debo.- Don Chuy le dio un precio ridículamente bajo. -Nada más. Con ver el equipo en buenas manos… digo, en buen estado, me doy por pagado.- Su mirada se encontró otra vez con la de Emiliano. Un relámpago de complicidad pasó entre ellos. El viejo salió, dejando atrás el olor a tabaco, a sexo y a traición. Diego se acercó a Emiliano, poniéndole un brazo sobre los hombros. -Al fin ese viejo asqueroso se fue. Qué alivio, ¿no?- Emiliano, sintiendo todavía el ardor y el calor del semen del reparador dentro de él, se recostó contra el pecho musculado de su novio. Una sonrisa pequeña y secreta jugueteaba en sus labios. -Sí, amor.- murmuró, mirando hacia la puerta por donde había salido Don Chuy. -Qué alivio.- Pero esa noche, cuando Diego quiso tocarlo, Emiliano se quejó de dolor. -Me lastimé haciendo ejercicio hoy, güero. Otro día.- Diego, engreído y satisfecho de sí mismo, asintió. -Descansa, mi rey.- Mientras el rubio roncaba a su lado, Emiliano sacó de debajo de la almohada un pedazo de papel arrugado. Un número telefónico escrito con letra temblorosa. Y una nota: "Para cuando necesite otro ajuste. Don Chuy. Servicio 24 hrs. Se lo dejo bien aceitadito." Emiliano sonrió en la oscuridad, acariciando su propio trasero, que todavía le ardía. El güero era guapo, sí. Pero el viejo feo… ese sí sabía repararlo de verdad. Y tenía toda la intención de llamar para una visita de mantenimiento muy, muy pronto.
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