Capítulo 1: Hielo compartido
La pista olía a metal frío y a caucho, una mezcla que Valeria no terminaba de aceptar. Ajustó los patines sentada en el banco de madera, apretando los cordones con tirones precisos, y se levantó antes de que los músculos se enfriaran del todo.
Entró al hielo sin mirar hacia el lado donde los jugadores de hockey ya se movían en tandas de velocidad. La zona asignada quedaba a la derecha, cerca del costado, justo donde la línea azul marcaba el territorio que las patinadoras debían ocupar. Valeria se colocó en el centro de ese rectángulo imaginario, girando sobre sí misma para probar el filo de las cuchillas. El hielo estaba más rayado de lo habitual, surcado por marcas de taches que no conocía. Tendría que adaptarse, como todo lo demás en esas tres semanas.
Ignoró el ruido de los sticks golpeando el puck al otro lado de la pista. Las risas entrecortadas, los gritos en francés e inglés, el chirrido de las frenadas bruscas. Se concentró en su propia respiración y empezó a trazar círculos lentos, sintiendo cómo la cuchilla encontraba el agarre adecuado.
Un par de sus compañeras la siguieron al hielo, colocándose en formación detrás de ella. Valeria asintió sin voltearse, marcando el ritmo de los primeros estiramientos dinámicos. El brazo izquierdo extendido, luego el derecho, la pierna hacia atrás con la punta apoyada. Nada que requiriera demasiado equilibrio todavía. El cuerpo necesitaba entrar en calor antes de exigirle algo más complejo.
El sonido del puck cambió de repente. Ya no era el golpe seco contra los sticks, sino un zumbido bajo que atravesaba el aire. Valeria lo registró sin darle importancia al principio —los discos volaban todo el tiempo en esa pista, era parte del paisaje sonoro ahora— hasta que el silbido se hizo más agudo, más cercano, y algo pasó rozando el aire caliente detrás de su nuca.
Se quedó quieta.
El puck golpeó el vidrio de protección a dos metros de distancia, rebotando con un golpe sordo contra el piso de concreto. Valeria sintió el movimiento del aire aún vibrando cerca de su oído. No había sentido el impacto, pero el cerebro ya había procesado el cálculo: había estado a centímetros, quizás menos.
—¡Ey!
La voz de Sofía llegó desde atrás, cortante. Valeria la escuchó frenar junto a ella, las cuchillas arañando el hielo en una detención brusca.
—¿Viste eso? —Sofía ya señalaba hacia el lado de los jugadores, el brazo extendido con el dedo apuntando directo al grupo que seguía moviéndose como si nada—. ¡Eso fue peligroso!
Valeria parpadeó. Giró la cabeza despacio, aunque no hacía falta. Sabía de dónde había salido el disco. Lo había visto venir en el último instante, una sombra negra atravesando su campo visual periférico.
No dijo nada.
—¡Oigan! —Sofía elevó la voz, dando un paso hacia la línea imaginaria que dividía la pista. El sonido se expandió bajo el techo metálico del complejo—. ¡Casi le pegan en la cabeza!
Algunos jugadores siguieron con sus ejercicios, ignorándola. Pero uno se giró. Venía del círculo de saque, con el stick apoyado en el hombro y el casco levantado apenas lo suficiente para mostrar una sonrisa que no prometía nada bueno. Se deslizó unos metros hacia ellas, frenando con un desplazamiento lateral que levantó una nube de hielo picado.
—¿Tan frágiles, princesas? —preguntó, y la sonrisa se ensanchó cuando soltó la frase. Tenía acento quebequés, arrastrando las vocales lo justo para que sonara despreocupado—. Fue sin querer. Relájense.
Sofía abrió la boca para responder, pero Valeria levantó una mano sin mirarla. Todavía no se había movido del lugar donde el puck había pasado. Podía sentir el pulso en el cuello, acelerado, pero se negaba a darle importancia.
Tres semanas. Solo tenía que aguantar tres semanas.
Se sostuvo la mirada del jugador sin apartar los ojos, sin parpadear siquiera, hasta que él se encogió de hombros y regresó deslizándose hacia su grupo. Las risas se reanudaron, ahogadas, como si compartieran un chiste privado que Valeria no necesitaba escuchar.
—No vale la pena —dijo al fin, con la voz plana. Se volvió hacia Sofía, que todavía tenía el puño apretado a los costados—. Vamos. Necesito calentar bien la secuencia de giros.
Sofía la miró unos segundos más, claramente lista para seguir discutiendo. Pero tragó saliva y asintió, girando sobre los tacos para colocarse de nuevo en posición.
Valeria retomó el movimiento, aunque algo en el ambiente había cambiado. Las cuchillas encontraban el hielo igual que antes, el frío seguía igual, el techo seguía igual. Pero ahora sentía el otro lado de la pista de una forma distinta. Más presente. Más consciente del peso que tenía cada desplazamiento de los jugadores en el borde de su campo visual.
Era solo hielo, se recordó. El mismo hielo para todos.
Aprietó la mandíbula y siguió girando.
El entrenador de patinaje apareció desde el costado de la pista, caminando con pasos rápidos que resonaban en el concreto. Llevaba las manos en los bolsillos de la chaqueta deportiva, pero al llegar al centro del hielo levantó una palma abierta, cortando el aire como si pudiera detener el ruido con solo ese gesto.
—Alto —dijo, y la voz retumbó bajo el techo metálico—. Todo el mundo quieto.
Valeria frenó, apoyando la punta del patín en el hielo. A su alrededor, las otras patinadoras hicieron lo mismo, formando un semicírculo tenso. El eco de los sticks se fue apagando del otro lado, aunque lento, como si los jugadores decidieran cuándo obedecer.
El entrenador de hockey emergió desde la banca, cruzando la superficie con pasos pesados que no tenían la elegancia de los patinadores pero sí una autoridad que Valeria reconoció al instante. Se detuvo junto al grupo de jugadores, apoyando el stick contra el suelo, y habló en voz baja, inclinándose apenas hacia ellos. No gritó. No señaló a nadie. Movía la cabeza con pequeños gestos, como si estuviera negociando algo en lugar de imponerlo.
Valeria no alcanzaba a oír las palabras, pero veía cómo los hombros de los jugadores se relajaban, cómo algunos bajaban la mirada al hielo. Excepto el que había hablado antes. Ese mantenía la sonrisa torcida, aunque ya no miraba hacia el lado de las patinadoras.
—La pista tiene una división por una razón —dijo el entrenador de patinaje, ahora con la voz más baja pero aún firme—. Vamos a respetarla. Eso incluye la trayectoria de los pucks. ¿Entendido?
No esperó respuesta. Bajó la mano y se volvió hacia su grupo, haciendo un gesto circular con el brazo para que retomaran las rutinas.
Los jugadores regresaron a sus ejercicios. Las risas no se apagaron del todo, pero se volvieron más contenidas, más oblicuas, como si las escondieran entre los movimientos. Algunos intercambiaban miradas por encima del hombro, y Valeria podía sentir el peso de esas miradas aunque no las viera directamente. No hacía falta. El ambiente en el hielo se había vuelto más denso, más cargado, como si el aire mismo estuviera esperando el próximo movimiento en falso.
—Vale —murmuró para sí misma, ajustando la posición de los brazos—. Concéntrate.
Tomó impulso y empezó la secuencia de giros. El primer intento salió trabado, la cuchilla encontró una de esas marcas extrañas en el hielo y el giro perdió fluidez. Lo intentó de nuevo, forzando la rotación desde la cadera, sintiendo cómo el cuerpo encontraba el eje. Mejor. El segundo giro salió más limpio, aunque todavía sentía la rigidez en los hombros.
Respiró hondo.
Desde la línea central, dos jugadores se habían detenido. No estaban haciendo nada, solo mirando. Uno apoyaba el stick en el hielo con las dos manos, el otro tenía los brazos cruzados sobre el pecho. No sonreían. Tampoco hablaban. Solo observaban, como si estuvieran estudiando algo.
Valeria sintió el calor subirle por el cuello. Apretó la mandíbula, sintiendo los dientes presionarse, y continuó con la rutina. Un giro más, luego otro, manteniendo la mirada fija en un punto imaginario frente a ella, negándose a girar la cabeza hacia donde estaban ellos. Si querían mirar, que miraran. El hielo seguía siendo suyo también, de alguna manera.
El tercer giro salió mejor, más suave. La cuchilla trazó un círculo limpio, y Valeria sintió cómo la tensión comenzaba a soltarse desde los hombros hacia abajo, cómo el cuerpo recordaba lo que tenía que hacer incluso cuando la mente quería distraerse. Eso era lo importante. El cuerpo sabía. Solo había que dejarlo hacer.
Oyó el rodar del puck antes de verlo. Un sonido diferente al de los disparos: más grave, más lento, como si alguien lo hubiera empujado sin ganas. Valeria mantuvo el giro, completando la rotación, y cuando abrió los brazos para cerrar la figura, sintió un golpe seco y leve contra la bota derecha.
El puck había rodado desde el lado de hockey, atravesando la línea imaginaria, hasta chocar contra el plástico duro de la bota. Se quedó quieto ahí, apoyado contra la cuchilla, negro y pequeño contra el blanco del hielo.
Valeria lo miró un segundo. Sintió las miradas de los dos jugadores aún fijas en ella, esperando quizás una reacción. Un grito. Un reclamo. Algo que les devolviera la atención que ya habían tenido antes.
Sin detener el movimiento, sin perder el ritmo, inclinó la punta de la cuchilla y apartó el puck con un golpe seco. El disco rodó de vuelta hacia el lado de hockey, describiendo un arco perezoso sobre el hielo. No lo miró mientras se alejaba.
Siguió con la rutina como si nada hubiera pasado.
Sofía se deslizó hacia ella desde la izquierda, frenando con un giro corto que levantó una nebulosa de hielo. Abrió la boca, y Valeria ya sabía lo que iba a decir: algo sobre el puck, sobre los jugadores, sobre lo injusto que era todo. Lo había visto en sus ojos desde el primer momento, esa necesidad de ponerle nombre a lo que estaba pasando.
Valeria levantó una mano, los dedos abiertos, y negó con la cabeza. Una vez. Dos veces.
Sofía cerró la boca. La miró un momento, los labios apretados, pero no insistió. Dio media vuelta y regresó a su lugar en la formación, aunque el movimiento tenía algo de resignación, como si estuviera cediendo a regañadientes.
Valeria retomó la posición inicial, apoyando el peso sobre la pierna derecha, los brazos extendidos. El cuerpo temblaba un poco, pero no estaba segura de si era por el ejercicio o por otra cosa. Respiró hondo, sintiendo el frío llenarle los pulmones, y comenzó la cuenta mental para el siguiente movimiento. Uno, dos, tres. Giro. Extensión. Sostén.
El resto de la práctica transcurrió sin más incidentes. Los jugadores se mantuvieron en su lado, aunque Valeria sentía el peso de su presencia en cada desplazamiento, en cada golpe de stick contra el puck. Pero nadie volvió a cruzar la línea. Nadie volvió a reírse demasiado fuerte.
Ella se concentró en la rutina. Giro tras giro, paso tras paso, dejando que el cuerpo encontrara el ritmo que la mente no podía sostener del todo. Había algo en el movimiento repetitivo que la calmaba, que le devolvía una sensación de control que el resto de la tarde le había arrancado.
El silbato sonó como un corte en la tela del aire.
Valeria frenó, apoyando la punta del patín en el hielo. El sonido se expandió por el complejo, rebotando en las paredes metálicas, y a su alrededor las otras patinadoras comenzaron a dispersarse hacia los bancos. Ella se quedó un momento quieta, sintiendo la vibración del silbato aún en los oídos, antes de moverse.
Se agachó junto al banco y recogió la funda de cuchillas, deslizándola sobre la hoja con un movimiento preciso. Luego los protectores de plástico, ajustándolos en su lugar. Las manos se movían solas, mecánicas, mientras la mente seguía en otro lado. Respiró hondo, soltando el aire despacio, sintiendo cómo los hombros bajaban un par de centímetros.
Tres semanas. Eso era todo. Veintiún días. Podía aguantar veintiún días.
Se levantó, ajustando la chaqueta sobre los hombros, y caminó hacia la salida de la pista. Las cuchillas raspaban el concreto con cada paso, un sonido familiar que la acompañaba desde los seis años. Se sujetó a la barandilla metálica al salir del hielo, sintiendo la transición del frío al suelo firme.
Desde los bancos de hockey llegó un cuchicheo. No distinguía las palabras, solo el tono: entrecortado, seguido de risas ahogadas. Sabía que hablaban de ella. No hacía falta girarse para confirmarlo. Podía sentirlo en la forma en que el sonido se cortaba cuando ella se acercaba, en la manera en que las risas se reanudaban justo después de que pasaba.
Apretó el paso sin girar la cabeza. Los dedos se cerraron alrededor de la funda de cuchillas, apretando el plástico con más fuerza de la necesaria. Siguió caminando, pasillo adelante, hacia la puerta del vestuario.
El vestuario estaba vacío cuando entró. Las otras chicas todavía tardarían unos minutos en llegar. Valeria se sentó en el banco frente a los lockers, inclinándose para quitarse los patines. Los dedos temblaban un poco al desatar los cordones, pero ignoró el temblor. Era solo el frío. Solo el cansancio.
Cuando terminó, se levantó y caminó hacia los lavabos. Se apoyó con las manos en el borde del mesón de cerámica, frente al espejo, y se miró.
Tenía el rostro encendido por el ejercicio, las mejillas coloradas, el cabello suelto y desordenado. Pero los ojos estaban firmes. Eso era lo que importaba.
—No voy a dejar que me intimiden —dijo en voz baja, las palabras flotando en el aire vacío del vestuario. Sonó más firme de lo que se sentía por dentro—. No voy a dejar.
Pero mientras se lo decía, una parte de ella sabía que no era tan sencillo. No sabía cómo responder sin empeorar las cosas. No sabía hasta dónde llegaría la paciencia de los entrenadores si ella armaba un escándalo. No sabía si al día siguiente el puck volaría más cerca, o si alguien se reiría más fuerte, o si ella seguiría siendo capaz de morderse la lengua.
Se sostuvo la mirada un momento más. Luego bajó la cabeza, abrió el grifo y se mojó la cara con agua fría.
Todavía no sabía cómo iba a sobrevivir las tres semanas. Pero iba a hacerlo.
Tenía que hacerlo.
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